JURÍDICO ARGENTINA
Doctrina
Título:Un arbitrio ejemplar en el imaginario del recaudador Cervantes
Autor:Leonetti, Eduardo
País:
Argentina
Publicación:Revista de Tributación de la Asociación Argentina de Estudios Fiscales - Número 10 - 2022
Fecha:15-07-2022 Cita:IJ-MMMCCLXXXI-303
Índice Voces Ultimos Artículos
Advertencia de un ex recaudador
Don Quijote y los tributos
Las Novelas ejemplares y el tema tributario
El arbitrio ejemplar
Una conclusión posible aquí y ahora
Bibliografía
Notas

Un arbitrio ejemplar en el imaginario del recaudador Cervantes

Por Eduardo Leonetti*

Desta gloria y desta quietud me vino a quitar
una señora que, a mi parecer, llaman por ahí
“razón de estado”; que, cuando con ella se
cumple, se ha de descumplir con otras
razones muchas.
Miguel de Cervantes, Novelas Ejemplares –
El coloquio de los perros.

Advertencia de un ex recaudador [arriba] 

Extrañará a quien esto lea que alguien asuma para sí el rol de recaudador de impuestos desde el comienzo de un trabajo que pretende centrar el discurso en la obra literaria de Cervantes, y dentro de ella en el llamado El coloquio de los perros de sus Novelas ejemplares, editadas en 1613.

Sin embargo, los más de treinta años de actuación en el fisco argentino, como un pivotante más de la función recaudadora, inducen a que así se lo pueda motejar al autor de estas líneas, por más disruptiva que parezca la auto referencia respecto del tema a tratar.

También en la vida de Cervantes el recaudar tributos no fue un mero hecho circunstancial, como por lo general se cree, tanto que puede decirse que la parte más activa de su existencia la ocupó como soldado primero, donde templó su carácter, y como funcionario fiscal después, con las consiguientes tribulaciones que coexistieron con ello, como cuando fue cautivo por dilatado tiempo en Argel, al caer prisionero luchando contra los turcos, o por algunas inconsistencias en las que incurrió luego como recaudador que lo llevaron varias veces a prisión.

Con los empleos públicos que tuvo, incluyendo un pretendido viaje a las Indias para el que no resultó elegido, procuró el escritor medrar para obtener un pasar que siempre fue ajustado, mientras que, en los ratos libres que sus ocupaciones no vocacionales lo permitían, avanzaba como podía en el mundo de las letras, hasta que en sus últimos años, ya desembarazado por completo de sus compromisos con los poderes públicos, supo alcanzar la cima de la literatura en lengua castellana de todos los tiempos.

A guisa de mero ejemplo diremos que a sus cuarenta y ocho años lo encontramos participando de un concurso de poetas en ocasión de unas fiestas celebradas en mayo de 1595 en Zaragoza, festejando la canonización de san Jacinto −el dominico polaco− haciéndose del primer premio que consistía en tres cucharas de plata, resultando que la segunda recompensa eran dos varas de tafetán dorado, lo que hace decir, a uno de sus biógrafos del siglo XIX, que ello “demostraba cuán míseras y poco apreciables serían las [obras] que entraron en competencia”.[1]

El ilustrísimo cervantista contemporáneo Martín de Riquer (1914-2013), nos confirma esta participación, aunque afirma que el premio aludido no fue el primero, sino el segundo, lo que sin duda no deja de probar la presencia de Cervantes en una justa literaria no relevante.[2]

Hasta entonces había escrito, como obras dignas de mención, El cerco de Numancia (1582), El trato de Argel (1582), y La Galatea (1585) de la que se anunció una segunda parte que nunca se concretó. Hubo además algunos entremeses y más de un poema que sostenían su vocación de poeta, logrando cierto reconocimiento en los círculos que frecuentaba.

Don Quijote y los tributos [arriba] 

El título de este acápite quiere evocar al artículo que escribiera nuestra compañera en el Fisco Nacional, Celia Digon, a poco de comenzar juntos nuestras investigaciones sobre los tributos en el Siglo de Oro Español, las que se vieron interrumpidas quince años más tarde por su prematuro fallecimiento el 9 de febrero de 2020.[3]

Cervantes dio a conocer la primera parte del Quijote en 1605 y la segunda en 1615, un año antes de su muerte. En ambas, las alusiones a los tributos son más que elocuentes y fueron señaladas con precisión por nuestra extinta colega en el trabajo citado a cuyo texto remitimos.

Ínterin a esas dos partes, debe señalarse la aparición en 1613 de las Novelas Ejemplares, con las que, entendemos, terminó de consolidar un género nuevo para la narrativa literaria del Siglo de Oro Español: el relato que podría ser tenido luego como cuento en palabras del mismo escritor.

Decía así Cervantes en la dedicatoria a su protector de entonces, Don Pedro Fernández de Castro, Duque de Lemos:

“Sólo suplico que advierta V.E. que le envío, como quien no dice nada, doce cuentos que, a no haberse labrado en la oficina de mi entendimiento, presumieran ponerse al lado de los más pintados”.[4]

Unos renglones antes, en su Prólogo al lector, decía Cervantes describiéndose a sí mismo en un texto que iría al pie de un hipotético retrato pictórico:

“Éste que veis aquí, de rostro aguileño, de cabello castaño, frente lisa y desembarazada, de alegres ojos y de nariz corva, aunque bien proporcionada; las barbas de plata, que no ha veinte años que fueron de oro, los bigotes grandes, la boca pequeña, los dientes ni menudos ni crecidos, porque no tiene sino seis, y ésos mal acondicionados y peor puestos, porque no tienen correspondencia los unos con los otros; el cuerpo entre dos extremos, ni grande, ni pequeño, la color (sic) viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas, y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de La Galatea y de Don Quijote de la Mancha, y del que hizo el Viaje del Parnaso, […] y otras obras que andan por ahí descarriadas y, quizá, sin el nombre de su dueño. Llámase comúnmente Miguel de Cervantes Saavedra. Fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo, donde aprendió a tener paciencia en las adversidades. Perdió en la batalla naval de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa, por haberla cobrado en la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros, militando debajo de las vencedoras banderas del hijo del rayo de la guerra, Carlo Quinto, de felice (sic) memoria.”[5]

Esta combinación de conceptos y sensaciones antagónicas en una misma estructura semántica, que a su vez originan un nuevo sentido, nos recuerdan al Borges de “El Zahir”[6], y se hizo carne en Cervantes, según su panegirista Francisco Navarro y Ledesma (1869-1905).

Dice este autor [refiriéndose a una de las estancias de Cervantes en la cárcel de Sevilla donde estuvo preso tres meses ante la quiebra de un banco donde depositó, cumpliendo su deber como funcionario fiscal, lo recaudado por alcabalas cobradas de distintos morosos:

“En aquel mundo chico y bajo de la cárcel de Sevilla estaban, pues, compendiadas todas las ansias, altezas y pequeñeces del mundo grande; y todas ellas importaban, conmovían, hacían reír, sangraban, estremecían, excitaban; todas eran por igual interesantes como los hechos heroicos que el historiador y el poeta épico ensalzan.

Aquel contraste fecundo notado por Miguel entre las nieves del Veleta y la lujuriosa vega granadina encerraba el secreto del vivir y del arte. Y entonces, sumido en las repugnancias de la cárcel, sintiendo correr por su cuerpo la miseria, viendo en los ajenos y en las paredes y en el suelo otro menudo y espantoso cosmos de chinches, pulgas, ladillas, piojos, reznos y garrapatas, remembraba Miguel sus pasados días de gloria, recordaba el sol de oro que le alumbró en Lepanto y que le acarició en Nápoles y en Lisboa, y pensó que ni era otro el sol, ni tampoco él había variado, pero que en la vida nos engañábamos inocentemente pensando que es grande lo grande y chico lo chico.

No hacía Miguel estas reflexiones a solas, ni quizá las hubiera hecho a no hallarse también allí en la cárcel preso, como él y por razones análogas de rendición de cuentas, otro empleado del fisco, que había sido oficial mayor de la Contaduría en pasados tiempos, el cual, mejor aún que Miguel, conociera las ficciones de la Corte española y las lozanías de Italia y de su libre vida. […] El libro que su interlocutor le leía en la cárcel sevillana, en aquellos días en que Miguel cumplió los cincuenta años, se llamaba La atalaya de la vida humana, aventuras y vida del pícaro Guzmán de Alfarache. El amigo que mejor trato tuvo con Miguel en aquella negra prisión se llamaba Mateo Alemán. Antes que lo dijera el contador Hernando de Soto, conoció Miguel que era aquel libro donde ni más se puede enseñar… ni más se debe aprender...

Muchos otoños fértiles había tenido Miguel: ninguno más que aquel pasado en la cárcel de Sevilla, donde engendró el libro único. ¡Quién pintará su alegría cuando salió de ella y se vio de nuevo en la anchurosa plaza de San Francisco, paseando los soportales, con unos cuantos pliegos manuscritos bajo el brazo […] Lo que de aquellos meses de la cárcel había sacado, fuera de las canas que entre lo rubio de las barbas se le aparecían, era, y de ello Miguel estaba seguro, la más alta ganancia y el más rico hallazgo de su existencia.”[7]

Era diciembre de 1597, y faltaban ocho años para que apareciera la Primera Parte de Don Quijote.

Las Novelas ejemplares y el tema tributario [arriba] 

Y así, volviendo ahora al Prólogo al Lector de sus Novelas ejemplares de 1613, dirá Cervantes: “…yo he quedado en blanco y sin figura, será forzoso valerme por mi pico, que, aunque tartamudo, no lo será para decir verdades, que, dichas por señas, suelen ser entendidas”, aclarando que a esas doce novelas

“… Heles dado nombre de ejemplares, y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso; y si no fuera por no alargar este sujeto, quizá te mostrara el sabroso y honesto fruto que se podría sacar, así de todas juntas como de cada una de por sí. Mi intento ha sido poner en la plaza de nuestra república una mesa de trucos, donde cada uno pueda llegar a entretenerse, sin daño de barras; digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables antes aprovechan que dañan. […] A esto se aplicó mi ingenio, por aquí me lleva mi inclinación, y más, que me doy a entender, y es así, que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas: mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa. […] No más, sino que Dios te guarde y a mí me dé paciencia para llevar bien el mal que han de decir de mí más de cuatro sotiles y almidonados. Vale”.[8]

La versión más difundida de este conjunto comprende doce historias diversas, aunque la última, El coloquio de los perros, aparezca inserta, muy al modo cervantino, en El casamiento engañoso, siguiendo la senda que, por ejemplo, aparece en el Quijote, con la Novela del curioso impertinente que ocupa los capítulos XXXII a XXXV, o bien la de la Historia del capitán cautivo que ocupa los capítulos XXXIX y XLII, siempre de la Primera Parte de la obra señera.

Siguiendo el orden de la edición de Harry Sieber, para una más rápida ubicación para quien esto lea, diremos que en la Novela de La Gitanilla, la primera de las doce que aparece, hay sólo una alusión al tema tributario, cuando, con forma de depurados versos, Cervantes escribe:

Sobre el más exento pecho[9]

tienes mando y señorío,

de lo que es testigo el mío,

de tu imperio satisfecho. (T.I, pág. 80).[10]

En la Novela del amante liberal encontramos interesantes referencias que reflejan la realidad de los juicios de residencia como los que tuvo que soportar a Cervantes al final de las comisiones que como funcionario fiscal se le asignaron, pero que él, prudentemente, describe como una costumbre entre los turcos.

“−Yo te satisfaré brevemente −respondió Mahamut−; y así, has de saber que es costumbre entre los turcos que los que van por virreyes de alguna provincia no entran en la ciudad donde su antecesor habita hasta que él salga della y deje hacer libremente al que viene la residencia; y, en tanto que el bajá nuevo la hace, el antiguo se está en la campaña esperando lo que resulta de sus cargos, los cuales se le hacen sin que él pueda intervenir a valerse de sobornos ni amistades, si ya primero no lo ha hecho. Hecha, pues, la residencia, se la dan al que deja el cargo en un pergamino cerrado y sellado, y con ella se presenta a la Puerta del Gran Señor, que es como decir en la Corte, ante el Gran Consejo del Turco; la cual vista por el visirbajá, y por los otros cuatro bajaes menores, como si dijésemos ante el presidente del Real Consejo y oidores, o le premian o le castigan, según la relación de la residencia; puesto que si viene culpado, con dineros rescata y escusa el castigo. Si no viene culpado y no le premian, como sucede de ordinario, con dádivas y presentes alcanza el cargo que más se le antoja, porque no se dan allí los cargos y oficios por merecimientos, sino por dineros: todo se vende y todo se compra. (T. I, pág. 151).[11]

En la Novela de Rinconete y Cortadillo, ambientada en el hampa de la ciudad de Sevilla, leemos que

“a la entrada de la ciudad, que fue a la oración, y por la puerta de la Aduana, a causa del registro y almojarifazgo que se paga, no se pudo contener Cortado de no cortar la valija, o maleta, que a las ancas traía un francés de la camarada; y así, con el de sus cachas le dio tan larga y profunda herida, que se parecían patentemente las entrañas, y sutilmente le sacó dos camisas buenas, un reloj de sol y un librillo de memoria, cosas que, cuando las vieron, no les dieron mucho gusto; […] y quisieran volver a darle otro tiento; pero no lo hicieron, imaginando que ya lo habrían echado menos y puesto en recaudo lo que quedaba”.

Sigue Cervantes, poco más adelante, con su descriptivo relato:

“Hecho esto [vendidas en un baratillo las dos camisas robadas] se fueron a ver la ciudad, y admiroles la grandeza y sumptuosidad de su mayor iglesia, el gran concurso de gente del rio, porque era en tiempo de cargazón de flota, y había en él seis galeras, cuya vista les hizo suspirar, y aun temer el día que sus culpas les habrían de traer a morar en ellas de por vida; echaron de ver los muchos muchachos de la esportilla, que por allí andaban; informáronse de uno dellos que oficio era aquel, y si era de mucho trabajo y de qué ganancia. Un muchacho asturiano, que fue a quien le hicieron la pregunta, respondió que el oficio era descansado y de que no se pagaba alcabala, y que algunos días salía con cinco y con seis reales de ganancia, con que comía y bebía y triunfaba como a cuerpo de rey, libre de buscar amo a quien dar fianzas, y seguro de comer a la hora que quisiese, pues a todas lo hallaba en el más mínimo bodegón de toda la ciudad. (T. I, pág. 214).

Ya adentrados los dos personajes en el submundo de la germanía asistimos a este diálogo:

«¿No lo entienden?», dijo el mozo, «pues yo se lo daré a entender y a beber con una cuchara de plata. Quiero decir, señores, si son vuesas mercedes ladrones. Mas no sé para que les pregunto esto, pues se ya que lo son; mas díganme, ¿cómo no han ido a la aduana del señor Monipodio?»

«¿Pagase en esta tierra almojarifazgo de ladrones, señor galán?», dijo Rincón.

«Si no se paga», respondió el mozo, «a lo menos regístrense ante el señor Monipodio, que es su padre, su maestro y su amparo, y así, les aconsejo que vengan conmigo a darle la obediencia, o si no, no se atrevan a hurtar sin su señal, que les costará caro.»

«Yo pensé», dijo Cortado, «que el hurtar era oficio libre, horro de pecho y alcabala, y que si se paga es por junto, dando por fiadores a la garganta y a las espaldas. Pero, pues, así es, y en cada tierra hay su uso, guardemos nosotros el désta, que por ser la más principal del mundo, será el más acertado de todo él, y así puede vuesa merced guiarnos donde está ese caballero que dice, que ya yo tengo barruntos, según lo que he oído decir, que es muy calificado y generoso y, además hábil en el oficio.» (T. I, pág. 221).

Rinconete, que de suyo era curioso, pidiendo primero perdón y licencia, preguntó a Monipodio que de qué servían en la cofradía dos [circunstantes] personajes tan canos, tan graves y apersonados. A lo cual respondió Monipodio, que aquellos, en su germanía y manera de hablar, se llamaban abispones, y que servían de andar de día por toda la ciudad, abispando en qué casas se podía dar tiento de noche, y en seguir los que sacaban dinero de la Contratación, o Casa de la Moneda, para ver dónde lo llevaban, y aun donde lo ponían; y, en sabiéndolo, tanteaban la groseza del muro de la tal casa, y diseñaban el lugar más conveniente para hacer los guzpátaros, que son agujeros, para facilitar la entrada. En resolución, dijo que era la gente de más o de tanto provecho que había en su hermandad, y que de todo aquello que por su industria se hurtaba, llevaban el quinto, como su Majestad de los tesoros; y que con todo esto eran hombres de mucha verdad, y muy honrados, y de buena vida y fama, temerosos de Dios y de sus conciencias, que cada día oían misa con extraña devoción. «Y hay dellos tan comedidos, especialmente estos dos que de aquí se van ahora, que se contentan con mucho menos de lo que por nuestros aranceles les toca». (T. I, págs. 242/3).

En el final del Tomo I, en la Novela de la española inglesa no se señalan pasajes relativos al tema fiscal que hayamos podido advertir.

Ya en el Tomo II, según la edición que estamos siguiendo para fijar la estructura de esta exposición, vemos que en la Novela del Licenciado Vidriera, así como en la Novela de la fuerza de la sangre, no se señalan pasajes relativos al tema fiscal, pero no dejamos de señalar que en la primera de ellas las referencias al debido proceso merecen destacarse.[12]

En el tercer título que aparece –Novela del celoso extremeño–Cervantes comienza diciendo:

“No ha muchos años que de un lugar de Extremadura salió un hidalgo, nacido de padres nobles, el cual, como un otro Pródigo, por diversas partes de España, Italia y Flandes anduvo gastando así los años como la hacienda; y, al fin de muchas peregrinaciones, muertos ya sus padres y gastado su patrimonio, vino a parar a la gran ciudad de Sevilla, donde halló ocasión muy bastante para acabar de consumir lo poco que le quedaba. Viéndose, pues, tan falto de dineros, y aun no con muchos amigos, se acogió al remedio a que otros muchos perdidos en aquella ciudad se acogen, que es el pasarse a las Indias, refugio y amparo de los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvo conducto de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores (a quien llaman ciertos los peritos en el arte), añagaza general de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de pocos”.[13]

“La flota estaba como en calma cuando pasaba consigo esta tormenta Felipo de Carrizales, que éste es el nombre del que ha dado materia a nuestra novela. […] Y, por concluir con todo lo que no hace a nuestro propósito, digo que la edad que tenía Felipo cuando pasó a las Indias sería de cuarenta y ocho años; y en veinte que en ellas estuvo, ayudado de su industria y diligencia, alcanzó a tener más de ciento y cincuenta mil pesos ensayados.”[14]

“Viéndose, pues, rico y próspero, tocado del natural deseo que todos tienen de volver a su patria, pospuestos grandes intereses que se le ofrecían, dejando el Pirú, donde había granjeado tanta hacienda, trayéndola toda en barras de oro y plata, y registrada, por quitar inconvenientes, se volvió a España. Desembarcó en Sanlúcar; llegó a Sevilla, tan lleno de años como de riquezas; sacó sus partidas sin zozobras; buscó sus amigos: hallólos todos muertos; quiso partirse a su tierra, aunque ya había tenido nuevas que ningún pariente le había dejado la muerte. Y si cuando iba a Indias, pobre y menesteroso, le iban combatiendo muchos pensamientos, sin dejarle sosegar un punto en mitad de las ondas del mar, no menos ahora en el sosiego de la tierra le combatían, aunque por diferente causa: que si entonces no dormía por pobre, ahora no podía sosegar de rico; que tan pesada carga es la riqueza al que no está usado a tenerla ni sabe usar della, como lo es la pobreza al que continuo la tiene. Cuidados acarrea el oro y cuidados la falta dél; pero los unos se remedian con alcanzar alguna mediana cantidad, y los otros se aumentan mientras más parte se alcanzan”.

“Contemplaba Carrizales en sus barras, no por miserable, porque en algunos años que fue soldado aprendió a ser liberal, sino en lo que había de hacer dellas, a causa que tenerlas en ser era cosa infrutuosa, y tenerlas en casa, cebo para los codiciosos y despertador para los ladrones”.

“Habíase muerto en él la gana de volver al inquieto trato de las mercancías, y parecíale que, conforme a los años que tenía, le sobraban dineros para pasar la vida, y quisiera pasarla en su tierra y dar en ella su hacienda a tributo, pasando en ella los años de su vejez en quietud y sosiego, dando a Dios lo que podía, pues había dado al mundo más de lo que debía. Por otra parte, consideraba que la estrecheza de su patria era mucha y la gente muy pobre, y que el irse a vivir a ella era ponerse por blanco de todas las importunidades que los pobres suelen dar al rico que tienen por vecino, y más cuando no hay otro en el lugar a quien acudir con sus miserias.” (T. II, págs. 109/112).

“Hecho esto, dio parte de su hacienda a censo, situada en diversas y buenas partes, otra puso en el banco, y quedóse con alguna, para lo que se le ofreciese”. (T. II, pág. 114).

Es decir que Carrizales se puso al día con el fisco, se decidió a percibir cierta renta poniéndola “a censo” [o sea a interés], otra parte la arriesgó en un banco, y guardó otra para los gastos que se le ocurriesen. El ex funcionario fiscal Cervantes no nos informa en la novela cuáles fueron las proporciones que correspondían en cada caso ni el monto total al que la hacienda ascendía.

Por fin, ni en la Novela de la ilustre fregona, ni en la Novela de las dos doncellas, ni en la Novela de la Señora Cornelia, se señalan pasajes relativos al tema fiscal que hayamos podido advertir.

Tampoco aparece referencia alguna a la temática tributaria en una polémica pieza literaria que figura en algunas ediciones de las Novelas Ejemplares, aparecidas cerca de los cien años de la muerte de Cervantes, titulada La tía fingida cuya autoría fue atribuida a éste. Incluida en un principio en el fondo editorial de la Biblioteca Virtual Cervantes, fue excluida en la última revisión efectuada en el siglo XXI que nosotros venimos siguiendo.[15]

Debe aclararse que, de las dos novelas aún no mencionadas en este acápite, el llamado El coloquio de los perros, está inserto por Cervantes como parte destacada de El casamiento engañoso, pero que adquirió “autonomía literaria” propia, conteniendo en ella el pasaje más importante para nuestro tema.

Lo hizo bajo el título de Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza, perros del hospital de la Resurrección, que está en la ciudad de Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, a quien comúnmente llaman “los perros de Mahudes”.

La obra se desarrolla a través de un diálogo entre dos perros, el que, en lo que hace al tema que le da el título a este trabajo, hace recomendable repasar algunos párrafos previos que nos pondrán en contexto de la situación política y económica del momento, aunque no tengan aparente relación directa con el tema fiscal.[16]

BERGANZA: “Cada semana nos tocaban a rebato, y en una escurísima noche tuve yo vista para ver los lobos, de quien era imposible que el ganado se guardase. Agachéme detrás de una mata, pasaron los perros, mis compañeros, adelante, y desde allí oteé, y vi que dos pastores asieron de un carnero de los mejores del aprisco, y le mataron de manera que verdaderamente pareció a la mañana que había sido su verdugo el lobo. Pasméme, quedé suspenso cuando vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar. Al punto, hacían saber a su amo la presa del lobo, dábanle el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos lo más y lo mejor. Volvía a reñirles el señor, y volvía también el castigo de los perros. No había lobos, menguaba el rebaño; quisiera yo descubrillo, hallábame mudo. Todo lo cual me traía lleno de admiración y de congoja. ‘¡Válame Dios! −decía entre mí−, ¿quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?’” (T. II, págs. 339/340).

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CIPIÓN.− “Ese es el error que tuvo el que dijo que no era torpedad ni vicio nombrar las cosas por sus propios nombres, como si no fuese mejor, ya que sea forzoso nombrarlas, decirlas por circunloquios y rodeos que templen la asquerosidad que causa el oírlas por sus mismos nombres. Las honestas palabras dan indicio de la honestidad del que las pronuncia o las escribe”. (T. II, pág. 349).

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BERGANZA “...Con todo esto, aunque me quitaron el comer, no me pudieron quitar el ladrar. Pero la negra, por acabarme de una vez, me trujo una esponja frita con manteca; conocí la maldad; vi que era peor que comer zarazas[17], porque a quien la come se le hincha el estómago y no sale del sin llevarse tras sí la vida.” (T. II, pág. 353).

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CIPIÓN.− “Sí, que decir mal de uno no es decirlo de todos; sí, que muchos y muy muchos escribanos hay buenos, fieles y legales, y amigos de hacer placer sin daño de tercero; sí, que no todos entretienen los pleitos, ni avisan a las partes, ni todos llevan más de sus derechos, ni todos van buscando e inquiriendo las vidas ajenas para ponerlas en tela de juicio, ni todos se aúnan con el juez para «háceme la barba y hacerte he el copete», ni todos los alguaciles se conciertan con los vagamundos y fulleros, ni tienen todos las amigas de tu amo para sus embustes. Muchos y muy muchos hay hidalgos por naturaleza y de hidalgas condiciones; muchos no son arrojados, insolentes, ni mal criados, ni rateros, como los que andan por los mesones midiendo las espadas a los extranjeros, y, hallándolas un pelo más de la marca, destruyen a sus dueños. Sí, que no todos como prenden sueltan, y son jueces y abogados cuando quieren”. (T. II, pág. 358).

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BERGANZA “…La codicia y la envidia despertó en los rufianes voluntad de hurtarme, y andaban buscando ocasión para ello: que esto del ganar de comer holgando tiene muchos aficionados y golosos; por esto hay tantos titereros en España, tantos que muestran retablos, tantos que venden alfileres y coplas, que todo su caudal, aunque le vendiesen todo, no llega a poderse sustentar un día; y, con esto, los unos y los otros no salen de los bodegones y tabernas en todo el año; por do me doy a entender que de otra parte que de la de sus oficios sale la corriente de sus borracheras. Toda esta gente es vagamunda, inútil y sin provecho; esponjas del vino y gorgojos del pan.”

CIPIÓN.− “No más, Berganza; no volvamos a lo pasado: sigue, que se va la noche, y no querría que al salir del sol quedásemos a la sombra del silencio”. (T. II, págs. 364/5).

Acudiremos ahora, si todavía el lector persiste en seguir leyendo, a un fragmento del diálogo al que Martín de Riquer califica de

“verdadera obra maestra, por su fina observación, por los tan diversos trances que en él se relatan, por la aguda crítica de la sociedad y de los hombres e incluso por lo que podríamos llamar la ‘psicología’ de los dos interlocutores…”,

un sesudo y reflexivo Cipión, y un parlanchín y gracioso Berganza.[18]

En él se abordará, por primera vez en el ámbito literario, el tema del arbitrismo.

El arbitrio ejemplar [arriba] 

Ciñéndonos ya a los dos conceptos con los que comienza el título de este trabajo, diremos, comenzando por el adjetivo, que las dos primeras acepciones de la palabra “ejemplar” que enuncia María Moliner en su monumental Diccionario de uso del español (DUE) se aplican a lo que puede servir de ejemplo o de escarmiento; en ese orden.

Cuando Cervantes, en el Prólogo al lector de las Novelas ejemplares, nos dice: “y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso”, a nuestro juicio no está excluyendo a las que puedan servir de advertencia respecto de determinadas conductas de ciertos individuos. Al contrario.

Tal es lo que sostenemos que hace, a modo de prevención, cuando en El coloquio de los perros bajo análisis, satiriza a cuatro personajes que dialogan entre ellos, ubicándolos en sendas camas de la enfermería de un hospital de misericordia, las que ocupaban un alquimista, un matemático, un poeta, “y en la otra uno de los que llaman arbitristas”.

Aquí el fragmento del texto cervantino:

BERGANZA.− «Digo, pues, que una siesta de las del verano pasado, estando cerradas las ventanas y yo cogiendo el aire debajo de la cama del uno de ellos, el poeta se comenzó a quejar lastimosamente de su fortuna, y, preguntándole el matemático de qué se quejaba, respondió que de su corta suerte. ''¿Cómo, y no será razón que me queje −prosiguió−, que, habiendo yo guardado lo que Horacio manda en su Poética, que no salga a luz la obra que, después de compuesta, no hayan pasado diez años por ella, y que tenga yo una de veinte años de ocupación y doce de pasante, grande en el sujeto, admirable y nueva en la invención, grave en el verso, entretenida en los episodios, maravillosa en la división, porque el principio responde al medio y al fin, de manera que constituyen el poema alto, sonoro, heroico, deleitable y sustancioso; y que, con todo esto, no hallo un príncipe a quien dirigirle? Príncipe, digo, que sea inteligente, liberal y magnánimo. ¡Mísera edad y depravado siglo nuestro!''.

Cervantes, con sarcasmo e ironía a la vez, se refiere a sí mismo, y a muchos poetas como él que ruegan por un mecenas que afronte la edición de sus obras.

''A mí −respondió el alquimista− poco se me entiende de poesía; y así, no sabré poner en su punto la desgracia de que vuesa merced se queja, puesto que, aunque fuera mayor, no se igualaba a la mía, que es que, por faltarme instrumento, o un príncipe que me apoye y me dé a la mano los requisitos que la ciencia de la alquimia pide, no estoy ahora manando en oro y con más riquezas que los Midas, que los Crasos y Cresos''.

''¿Ha hecho vuesa merced −dijo a esta sazón el matemático−, señor alquimista, la experiencia de sacar plata de otros metales?'' ''Yo −respondió el alquimista− no la he sacado hasta agora, pero realmente sé que se saca, y a mí no me faltan dos meses para acabar la piedra filosofal, con que se puede hacer plata y oro de las mismas piedras''.

''Bien han exagerado vuesas mercedes sus desgracias −dijo a esta sazón el matemático−; pero, al fin, el uno tiene libro que dirigir y el otro está en potencia propincua de sacar la piedra filosofal; más, ¿qué diré yo de la mía, que es tan sola que no tiene dónde arrimarse? Veinte y dos años ha que ando tras hallar el punto fijo, y aquí lo dejo y allí lo tomo; y, pareciéndome que ya lo he hallado y que no se me puede escapar en ninguna manera, cuando no me cato, me hallo tan lejos dél, que me admiro. Lo mismo me acaece con la cuadratura del círculo: que he llegado tan al remate de hallarla, que no sé ni puedo pensar cómo no la tengo ya en la faldriquera; y así, es mi pena semejable a las de Tántalo, que está cerca del fruto y muere de hambre, y propincuo al agua y perece de sed.”

“Había hasta este punto guardado silencio el arbitrista, y aquí le rompió diciendo: …Yo, señores, soy arbitrista, y he dado a Su Majestad en diferentes tiempos muchos y diferentes arbitrios, todos en provecho suyo y sin daño del reino; y ahora tengo hecho un memorial donde le suplico me señale persona con quien comunique un nuevo arbitrio que tengo: tal, que ha de ser la total restauración de sus empeños; pero, por lo que me ha sucedido con otros memoriales, entiendo que éste también ha de parar en el carnero. Mas, porque vuesas mercedes no me tengan por mentecapto, aunque mi arbitrio quede desde este punto público, le quiero decir, que es éste:

Hase de pedir en Cortes que todos los vasallos de Su Majestad, desde edad de catorce a sesenta años, sean obligados a ayunar una vez en el mes a pan y agua, y esto ha de ser el día que se escogiere y señalare, y que todo el gasto que en otros condumios de fruta, carne y pescado, vino, huevos y legumbres que han de gastar aquel día, se reduzca a dinero, y se dé a Su Majestad, sin defraudarle un ardite, so cargo de juramento; y con esto, en veinte años queda libre de socaliñas y desempeñado. Porque si se hace la cuenta, como yo la tengo hecha, bien hay en España más de tres millones de personas de la dicha edad, fuera de los enfermos, más viejos o más muchachos, y ninguno déstos dejará de gastar, y esto contado al menorete, cada día real y medio; y yo quiero que sea no más de un real, que no puede ser menos, aunque coma alholvas. Pues ¿paréceles a vuesas mercedes que sería barro tener cada mes tres millones de reales como ahechados? Y esto antes sería provecho que daño a los ayunantes, porque con el ayuno agradarían al cielo y servirían a su Rey; y tal podría ayunar que le fuese conveniente para su salud. Este es arbitrio limpio de polvo y de paja, y podríase coger por parroquias, sin costa de comisarios, que destruyen la república''. Riyéronse todos del arbitrio y del arbitrante, y él también se riyó de sus disparates; y yo quedé admirado de haberlos oído y de ver que, por la mayor parte, los de semejantes humores venían a morir en los hospitales.» (T. II, págs. 389/391).

Llegó el momento ahora, y tal vez haya debido ser antes de nombrar a “uno de los que llaman arbitristas”, de definir la palabra “arbitrio”.

Según el Diccionario Medieval Español, en el cual ya aparece, es la facultad que tenemos de adoptar una resolución con preferencia a otra; o bien voluntad no gobernada por la razón sino por el antojo o capricho; o bien la sentencia del juez árbitro; o por fin una que se acerca al concepto de tributo, cuando se dice: “E otrosí, que el pleito de don Alfonso que los arbitrios avía de librar que muy pequeña fuerza les fasía a ellos en darle de lo del rey los más que ellos pudiesen”. Esta última acepción habría sido utilizada en el siglo XIV en las Crónicas de Fernando IV (c.1340-52).[19]

En el Tesoro de la Lengua Castellana de Covarrubias de 1611 se dice que “arbitrio proviene del nombre latino arbitrium, que en puro castellano llamamos alvedrío, del verbo latino arbitror, y de allí juez árbitro”.[20]

La misma fuente dice que “alvedrío” también proviene de la voz latina “arbitrium” a la que

“comúnmente le tomamos de la voluntad regulada con razón o con propio apetito. Y así decimos libre alvedrío por voluntad libre… A alvedrío de buen varón se juzgan algunas cosas para atajar pleitos, concurriendo en ello las partes, que del nombre latino arbitrium le llamamos juez, árbitro, y arbitrio su sentencia. Y otras veces arbitrio vale tanto como parecer que uno da; y el día de hoy [comienzos del siglo XVII] ase estrechado a sinificar una cosa bien perjudicial que es dar trazas como sacar dineros y destruir el Reyno…”.[21]

Tal como lo observa Jean Vilar, en una obra específica sobre el arbitrismo,[22] la voz “arbitrista” no figura en el Tesoro de Covarrubia aunque si en el de Autoridades de la Real Academia Española de 1726. De esto colige para el vocablo la confluencia posible de dos sentidos: “poder de decisión arbitral” por un lado, y “mal consejo dado al rey” por el otro.

Digamos como llega hoy a nosotros la voz “arbitrista” que para el Diccionario de la Real Academia Española, en acepción única, significa “Persona que inventa planes o proyectos disparatados, para aliviar la Hacienda pública o remediar males políticos”; y en el Diccionario de uso del español de María Moliner, también en acepción única, “Persona que imagina sistemas, que él cree infalibles, pero que no tienen fundamento sólido, para resolver las dificultades públicas, económicas o de otra clase”.

Con algunos de estos personajes nos ha tocado dar en la función pública, y aunque en la mayoría de los casos no nos queden dudas aún hoy de su buena fe, todavía recordamos aquellas recetas con sabor amargo, a quienes la alma mater de la lexicografía castellana describe en su obra magna.

Escribe Vilar que

“De limitarse a los textos literarios, como hace el fichero de la Academia, la palabra ‘arbitrio’, en el sentido de ‘remedio propuesto a los problemas del Rey’, aparece impresa con Cervantes, en el Coloquio de los Perros, en 1613”.[23]

Advertimos también que la palabra “arbitrista”, tal como lo señala Vilar, encuentra su “partida de nacimiento” en el ámbito literario en la obra mencionada, existiendo usos esporádicos en la correspondencia de la Corte que pueden datarse entre 1606 y 1611.[24]

Cabe señalar que el rasgo disparatado que Cervantes reserva para el arbitrista lo aleja a nuestro juicio de que pueda ser tenido sin más como un pobre hombre, un “pobre hombre ridículo” como lo entiende Vilar[25], para alcanzar por la vía de la sátira los rasgos tenebrosos más tardes explicitados por Quevedo en La Hora de Todos (1623), o, si aún mejor se quiere, en el Chitón de las Tarabillas (1630).

El arbitrio que el personaje de Cervantes propone no es en modo alguno lenitivo para quien debe cumplirlo: se trata de ayunar doce días al año, a pan y agua, para toda la población entre los catorce y los sesenta años, una vez al mes, y oblar lo que se haya dejado de consumir en beneficio de la caja real, suma esta que podría ser recogida en parroquias “sin costa de comisarios, que destruyen la república.”

El recaudador Cervantes, tal como lo advierte Vilar,[26] está presente en este rasgo en que el patético arbitrista del Hospital de la Resurrección de Valladolid manifiesta su propuesta para un nuevo arbitrio.

Sabía de lo que hablaba el escritor, pues había pasado por la función de ejecutar disparatados arbitrios, que transformados en órdenes reales, él debió hacer cumplir. Esto aun a sabiendas de que sólo una quinta parte, o menos, llegaba a las cajas reales, distrayéndose lo más significativo en la ganancia de los arrendadores de impuestos, y otros logreros que lucraban con los aportes de los que pagaban, que eran los llamados “pecheros”.[27]

Cervantes fue nombrado para cobrar lo muy difícil de percibir en una época plagada de exentos y de prebendas, debiendo invocar la inflexible ley de la razón de estado, malquistándose con los que veían disminuir su patrimonio, ya sea en especies, como cuando fungió de oficial de bastimentos destinados a la llamada “Armada Invencible” requisando cereales y aceite, de incierto recupero, para terminar recaudador de alcabalas impagas.

Este desempeño comenzó, según Martín de Riquer, en septiembre de 1587, acotando el nombrado académico que “En dos ocasiones por lo menos, cumpliendo con su obligación, embargo partidas de trigo de propiedad eclesiástica, lo que le valió sendas excomuniones”.[28]

El recaudador, en sus ansias de obtener obvenciones basadas en una mayor colecta compulsiva, que algunos llamarán “derrama”, había pasado por alto aquello de que al clero y a los nobles no se le debía cobrar impuestos, ni requerirles nada en forma compulsiva.

El mismo autor, mencionado párrafo por medio, y en la misma fuente allí citada, dice que Cervantes, en mayo de 1590, presentó un memorial volviendo a pedir un empleo en las Indias, a lo que otra vez se le niega tal posibilidad; a la vez que en septiembre de 1592, con el pretexto de haber vendido trescientas fanegas de trigo sin autorización un Corregidor de Écija lo encarceló en Castro del Río. Cervantes apeló y fue liberado.

En 1594 obtuvo la comisión de cobrar atrasos de alcabalas y otros impuestos en el reino de Granada, ocurriendo lo del depósito en un banco de Sevilla ya aludido que lo llevó a la cárcel en 1597, poniendo fin a una década de desempeño como funcionario fiscal.[29]

En el capítulo XXXII de la obra de Francisco Navarro y Ledesma citada en la nota N° 7 de este trabajo, bajo el rótulo “Psicología del recaudador de impuestos”, hay una aproximación muy lograda al perfil de estos funcionarios públicos en la época de Cervantes, a cuya lectura remitimos.[30]

No iban a terminar allí las tribulaciones de nuestro recaudador. Tras la muerte en El Escorial de Felipe II, el 13 de septiembre de 1598, se inicia en la España del Siglo de Oro una nueva era, y como de ordinario así sucede, se iban a revisar más o menos a fondo, según convenga, las cuentas que pudieran haber quedado de la gestión anterior.

Las de Cervantes frente al fisco objetivamente poco importaban, y por eso mismo tal vez es que hayan sido elegidas para ser revisadas con acribia.

Así, según Navarro y Ledesma, el 15 de septiembre de 1601, los contadores revisores, instalados en la Corte que desde comienzos de año habíase mudado a Valladolid bajo la influencia del Duque de Lerma, le hacen cargo al ex recaudador de 136.000 maravedíes que le pagó Francisco Pérez de Victoria en Málaga, y al no poder trasladarse para defenderse ante ellos, pidieron su detención hasta que rindiese cuentas u otorgara fianza. Volvió así a la cárcel de Sevilla a finales de 1602.

En enero de 1603 los contadores se hicieron cargo de que lo no cubierto por Cervantes era una suma poco relevante, tal vez “partidas fallidas y no cobradas”, y fue puesto en libertad, pero con cargo de presentarse en Valladolid, donde luego de múltiples vericuetos burocráticos fueron convalidadas las cuentas por él presentadas.[31]

Ya editado el Quijote por dos veces, Martín de Riquer nos recuerda que a mediados de junio de 1605 en ocasión de celebrarse en Valladolid las fiestas por el nacimiento de quien sería Felipe IV, pudieron verse por las calles caballeros disfrazados de Don Quijote, y otros de Sancho Panza, lo cual –acota de Riquer– “Constituye una prueba del éxito del Quijote a los cinco o seis meses de haberse publicado”[32]

La misma fuente da cuenta de la última entrada a la cárcel de Cervantes, cuando, en un confuso episodio, el día 29 de junio de 1605, acaece la muerte de Gaspar de Ezpeleta, famoso torero acuchillado en la puerta de la casa familiar del escritor, quien junto a los suyos y varias personas más, resultaron detenidos por dos días, sometidos a sumarísimo proceso y absueltos recién el dieciocho de julio.

En 1607 volvió a radicarse junto a su familia en Madrid, donde el año anterior había vuelto a establecerse la Corte, y donde tuvo por fin la protección del Duque de Lemos, virrey de Nápoles, y del arzobispo de Toledo, don Bernardo de Sandoval y Rojas, que le ayudaron a vivir la última década de su vida, la más proficua literariamente, en la que da a conocer en 1613 las Novelas ejemplares, en 1614 su Viaje del Parnaso [aunque ya aparece mencionado en el prólogo de aquéllas], en 1615 Ocho comedias y ocho entremeses nuevos, nunca representados, que habían sido escritos antes pero que ahora el éxito permitía su difusión, y por fin, en diciembre de 1615 la segunda parte de Don Quijote.

El 22 de abril de 1616 (y no el 23, aclara de Riquer) muere Cervantes en su casa de la calle León de Madrid, llegando a dedicarle al Duque de Lemos su obra póstuma Los trabajos de Persiles y Segismunda, publicada con privilegio a favor de su viuda doña Catalina de Salazar en 1617.

Una conclusión posible aquí y ahora [arriba] 

Padecimos y aun tememos para los pueblos libres, o sea para los que creen en los valores republicanos, el afianzamiento de un discurso arbitrista. No debemos olvidar que el auge de estos personajes, en la Corte del Siglo de Oro, tuvo lugar cuando España fue sacudida por las crisis de fines del siglo XVI y primeras décadas del XVII.

Analizamos en varios de nuestros trabajos los efectos perversos del envilecimiento de la moneda por un lado, a la vez de la proliferación de las exenciones tributarias, que se sumaban a las de la nobleza y el clero, y que devenían de mercedes reales repartidas irresponsablemente.

Como consecuencia de esta situación fácilmente palpable, que afectaba al funcionamiento de la economía del imperio “donde nunca se escondía el sol”, el 6 de junio de 1618, dos años después de la muerte de Cervantes, Felipe III le ordenó al Consejo de Castilla que propusiera remedios para aliviar la situación del Reino.

La respuesta a la consulta del monarca le fue elevada a éste el primero de febrero de 1619, y sobre los lineamientos generales de ella el canónigo Pedro Fernández Navarrete (1564-1632) publicó en 1626 su obra Conservación de monarquías y discursos políticos, sobre la gran consulta que el Consejo de Castilla hizo en 1619 al Señor Rey Don Felipe Tercero[33].

Se manifestó en contra de la situación reinante que hacía recaer el peso de los impuestos en los sectores productivos de la sociedad, sobre cuyas espaldas “se cortan siempre las cavilosas plumas de los escribanos, se afilan las espadas de los soldados, y se encaminan las perjudiciales quimeras de los arbitristas”.

Así también dirá

“…porque dejando aparte que las guerras se hacen con hierro manejado con brazos de hombres, no pueden ser gravosos los tributos que para ello se pagan, cuando la gente es poca, no pudiendo salir de pequeño rebaño mucha lana para enriquecer al Fisco”.

Más adelante:

“y débese ponderar que además de ser pocos los vecinos que han quedado para las cargas de los pechos y tributos, son muchos los exentos que se excusan de pagarlos”.

Y que se alistaban [alistan] para recibir mercedes que cusan repugnancia decimos ahora.

Estas palabras, varias veces repetidas por nosotros en diversos trabajos acerca de este tema, suponen una realidad que Cervantes, con exquisita ironía, puso en boca del arbitrista cuando recomendaba dejar de comer para pagar el tributo, junto a los sesudos proyectos sobre la cuadratura del círculo, por parte del matemático, o de la transformación del hierro en metal precioso, que anhelaba el alquimista.

Él mismo se incluyó en el cuarteto, a través del personaje del poeta que buscaba un mecenas que le ayudara a hacer pública su quijotesca y esperanzada quimera.

Bibliografía [arriba] 

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VILAR, Jean, Literatura y Economía, La figura satírica del arbitrista en el Siglo de Oro, Revista de Occidente S.A., Selecta 48, Madrid, 1973.

 

 

Notas [arriba] 

* UCA-AAEF.

[1] Fernández de Navarrete, Martín, Vida de Miguel de Cervantes, Edición de Pedro Gómez Carrizo para la Editorial Desván de Hanta, Madrid, 2016, pág. 87. La obra original fue publicada por la Real Academia Española, en la Imprenta Real de Madrid, en 1819. Desde 2017 la obra puede consultarse en la Biblioteca Virtual Cervantes tomada directamente de la edición original que se encuentra en la Universidad de Murcia. http://www.cer vantesvir tual.com/obra /vida-de-miguel-d e-cervantes-sa avedra--escrita-e-i lustrada-por-mart in-fernandez-de-na varrete/
[2] Riquer, Martín de, Para leer a Cervantes- Aproximación al Quijote, Acantilado, Barcelona, 2010, pág. 67.
[3] Digon Varela, Celia, “Don Quijote y los tributos” en Biblioteca Virtual Cervantes, Universidad de Alicante (2006) http://www.cerv antesvirtual.com/ obra- visor/don-quijote-y -los-tributos-0/html/00 aebc38-82b2-11d f-acc7-00218 5ce6064_7. html#I_0_ El programa de investigaciones aludido tuvo lugar en el marco de la Maestría en Derecho Tributario de la Universidad Católica Argentina, bajo la dirección del Dr. Alberto Tarsitano, con el impulso del nombrado, y fueron expuestas en el marco de las Jornadas De Iustitia et Iure, que organiza anualmente la UCA desde 2006 junto a la Universidad de Navarra, y la Universidad de los Andes de Chile, sumándose en 2015 la Universidad Panamericana de México. En El Derecho (Suplemento Tributario), Diario de Doctrina y Jurisprudencia de la Universidad Católica Argentina, también dirigido por el Dr. Tarsitano, fueron publicados “De Soto, los impuestos y la acepción de personas. La visión presente de un texto de 450 años”(N° 11.600 del 25-09-2006); “El incumplimiento tributario y la causa impositionis en el pensamiento ius filosófico del Siglo de Oro”(N° 12.575 del 30-08-2010) ambos en coautoría con la Dra. Celia Digon; y “El impuesto inconsulto y el bastardeo de la moneda en el pensamiento de Juan de Mariana” (N° 12.471 del 26 de marzo de 2010) por el autor de este trabajo.
[4] Cervantes, Novelas ejemplares, prólogo y dedicatorias, Edición de Harry Sieber, Tomo I, 28° Edición, Cátedra, Colección Letras Hispánicas, Madrid, 2015, pág. 59. El destacado es propio. Hay versión revisada de este texto cervantino en https://www.cervant esvirtual.c om/obra-visor/nove las-ejemplares --0/html/ff32b242 -82b1-11df-acc7 -002185ce606 4_5.html, Biblioteca Virtual Cervantes.
[5] Cervantes, Novelas ejemplares, prólogo y dedicatorias… págs. 55/6.
[6] Cfte. Significado de la voz “oxímoron” en Viviana H. Fernández, Diccionario Práctico de Figuras Retóricas y Términos Afines. Editorial Albricias, Buenos Aires, 2007, pág. 62. Puede consultarse en línea en la Biblioteca Virtual Cervantes: http://www. cervant  esvirtual.com/ nd/ark:/59 851/ bmc 0924724
[7] Navarro y Ledesma, Francisco, El Ingenioso Hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra, Segunda edición, Espasa Calpe Argentina S.A., Buenos Aires 1948, págs. 226-228. Puede consultarse en línea en Biblioteca Virtual Cervantes http://www.ce rvantesvirtua l.com/nd/ark:/5 9851/bmcm32r3
[8] Cervantes, Novelas ejemplares, prólogo y dedicatorias… págs. 56-58.
[9] La alusión a lo tributario en el equívoco sentido de la palabra “pecho”, es evidente. Vide nota N° 25.
[10] Al final de cada cita se consignará el Tomo y la página de la edición utilizada como fuente de referencia estructural en este artículo. La obra fue editada en dos tomos.
[11] Sendos destacados en letra negrita e itálica son nuestros. De aquí en adelante, ante idénticos señalamientos, no se formulará aclaración.
[12] Lo hicimos en el proemio de nuestro artículo “Barataria, una ínsula de ficción para el debido proceso”, en Biblioteca Virtual Cervantes, año 2021, http://www.cerva nte svirtual .com/nd/a rk:/59851/b mc1053018
Escrito y publicado in memoriam al cumplirse en 2021, el primer aniversario del fallecimiento de Celia Digon Varela.
[13] Recordemos que Cervantes, como se dijera, luego de sus esquivas primeras experiencias como recaudador, quiso embarcarse hacia las Indias, pedido para el que no fue seleccionado, lo que al parecer volvió a intentar con idéntica suerte.
[14] Es decir certificados en su ley por expertos.
[15] Para profundizar el tema puede verse el acápite “Criterios de Edición” en el comienzo de la versión digital citada en nota al pie N° 3 de este trabajo.
[16] En relación con el tema de la seguridad social en esta obra ver: Digon, Celia y Leonetti, Eduardo, en el artículo “La seguridad social en el pensamiento clásico”, en Naturaleza y Teoría Política en el pensar Medieval y Renacentista, Virginia Aspe Armella y Laura Corso de Estrada (compiladoras), De Iustitia et Iure 2019, Colección Filosófica, Universidad Panamericana de México, México DF, 2020, págs. 301/328.
[17] En la edición a cargo de Harry Sieber existe una nota al pie (la N° 61) remitiendo al Diccionario de Autoridades definiendo “zarazas” como una masa que se hace mezclando vidrio molido, veneno, y agujas para matar perros, gatos, ratones, u otros animales semejantes. Cfte. Autoridades, Tomo VI, (O-Z), edición facsimilar del año 1739, Gredos, Madrid, 1979, pág. 562. Hoy, el DRAE y el Diccionario de uso del español de María Moliner refieren, en singular, a una tela de algodón estampada. Se anota dado el uso coloquial actualmente en boga en la sociedad argentina.
[18] Riquer, Martín de, Para leer a Cervantes- Aproximación al Quijote…, pág. 83.
[19] Alonso, Martín, Diccionario Medieval Español (Desde las Glosas Emilianenses y Silenses (s. X) hasta el siglo XV), Universidad Pontificia de Salamanca, Salamanca, 1986 (dos tomos). Tomo 1, pág. 365.
[20] Covarrubias y Orozco, Sebastián, Tesoro de la Lengua Castellana o Española, Edición facsimilar - Ediciones Turner - Madrid, s/d, pág. 138.
[21] Covarrubias y Orozco, Sebastián, Tesoro de la Lengua Castellana o Española… pág. 108.
[22] Vilar Jean, Literatura y Economía, La figura satírica del arbitrista en el Siglo de Oro, Revista de Occidente S.A., Selecta 48, Madrid, 1973, págs. 24 y 55.
[23] Vilar Jean, Literatura y Economía, La figura satírica del arbitrista en el Siglo de Oro, pág. 32.
[24] Vilar Jean, Literatura y Economía, La figura satírica del arbitrista en el Siglo de Oro, págs. 48-50.
[25] Vilar Jean, Literatura y Economía, La figura satírica del arbitrista en el Siglo de Oro, pág. 65.
[26] Vilar Jean, Literatura y Economía, La figura satírica del arbitrista en el Siglo de Oro, pág. 205.
[27] Cfte. Juan de Valdés, Diálogo de la lengua, donde leemos que “dezir pecho es lo mesmo que PECTUS, y es un certum quid que pagan al rey los que no son hidalgos, por donde los llamamos pecheros”. Según texto original de 1533 (circa), en la edición de Cristina Barbolani, Cátedra, Letras Hispánicas, 12° edición, Madrid, 2017, pág. 217.
[28] Riquer, Martín de, Para leer a Cervantes- Aproximación al Quijote…, pág. 64.
[29] Riquer, Martín de, Para leer a Cervantes- Aproximación al Quijote…, pág. 66.
[30] Navarro y Ledesma, Francisco, El Ingenioso Hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra, Segunda edición, Espasa Calpe Argentina S.A., Buenos Aires 1948, págs.170-176. Puede consultarse en línea en Biblioteca Virtual Cervantes http://www.cer vantesvirtual.c om/nd/ark:/598 51/bmcm32r3
[31] Navarro y Ledesma, Francisco, El Ingenioso Hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra, págs. 242-255.
[32] Riquer, Martín de, Para leer a Cervantes- Aproximación al Quijote… pág. 77.
[33] Fernández de Navarrete, Pedro, Conservación de monarquías, Clásicos del Pensamiento Económico Español, Madrid, Instituto de Estudios Fiscales, Ministerio de Hacienda, 1982, págs. 29-30.