JURÍDICO ARGENTINA
Doctrina
Título:Orígenes históricos y desenvolvimiento del estado occidental
Autor:Sarmiento García, Jorge H.
País:
Argentina
Publicación:Revista del Foro - Número 179
Fecha:01-07-2019 Cita:IJ-CMXIV-929
Índice Citados Relacionados Ultimos Artículos
I. Grecia
II. Roma
III.A. El cristianismo
III.B. San Agustín
IV.A. La Edad Media
IV.B. Cristianismo y cristiandad
IV.C. Las Cruzadas
V. El Renacimiento y la Reforma
VI. La Contrarreforma
VII. La masonería
VIII. Inglaterra
IX. La revolución de las colonias inglesas y la francesa
X. La reacción absolutista
XI. La independencia de América del Sur
XII. Las revoluciones europeas
XIII. Recuperación del constitucionalismo liberal y la cuestión social
XIV. Justicia social y constitucionalismo social
XV. El nuevo estado autoritario
XVI. Rusia
XVII. Italia
XVIII. Alemania
XIX. Jacobinismo, nazismo, comunismo y Dios
XX. Más sobre el siglo XX y algo sobre el actual
XXI. Sobre la Iglesia y el Estado
XXII. Estado y enseñanza
XXIII. La educación sexual y el neomarxismo
XXIV. La ideología americana
XXV. El neomarxismo
XXVI. Katorga
XXVII. Género, familia y educación
XXVIII. «Mayo del 68»
XXIX. El populismo
XXX. El populismo y Laclau
XXXI. Política postmodernista
XXXII. La comunidad internacional
XXXIII. El derecho internacional
XXXIV. Derecho natural internacional
XXXV. Derechos y deberes fundamentales del Estado
XXXVI. Realización del bien común internacional y «civitas maxima»
XXXVII. Las uniones regionales
XXXVIII. Pacíficos, no pacifistas
XXXIX. La globalización
XL. Guerras civiles y guerras revolucionarias
XLI. El terrorismo
Notas

Orígenes históricos y desenvolvimiento del estado occidental

Por el Dr. Jorge H. Sarmiento García

A la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Cuyo.

En este vademécum haremos un breve resumen sobre los orígenes históricos y el desenvolvimiento de lo que hoy podría calificarse como actual Estado occidental, como forma de encarnar la perenne comunidad política y sus evoluciones ulteriores, lo que a la vez nos permitirá aprehender los grandes rasgos del pensamiento político contemporáneo, siendo ya lugar común que el pasado no explica todo nuestro presente, pero sí gran parte de él, y quien quiera estudiar y comprender el presente, no puede quedarse en él, sino que tiene que recurrir al pasado.

Como explica Luciana Marangone, la clave del estudio histórico es descubrir la relación entre el pasado y el presente, puesto que conociendo mejor el pasado se entiende mejor el presente y, de esa forma, se puede actuar con mayor compromiso con lo que nos rodea. La incomprensión del presente nace de la ignorancia del pasado. Es decir, la historia interroga el pasado para comprender el presente y plantear posibilidades para el futuro.

De lo que antecede surge que partimos de la base de que es un fenómeno históricamente constante, que es a la vez una exigencia ontológica, esencial de la persona humana («zoon politikon»), vivir en sociedad, la que siempre ha tenido alguna organización política que llamamos Estado, particular manera de ser política que tiene la convivencia social, cualquiera sea el tipo histórico que adopte.

Gierke no había vacilado en sostener que no existe comunidad humana donde no se pueda descubrir el carácter estatista, porque el Estado –como el derecho– son tan viejos como la maldad humana y se dan aun en las hordas errantes; y con esa cita queremos destacar la constante histórica de la formación política que llamamos genéricamente Estado.

Sin embargo, hemos de partir en este breve trabajo de la politicidad de la que participa la polis griega, alta asociación autoritaria de una época que es suficientemente conocida por la historia.

I. Grecia [arriba] 

Empezamos entonces por la polis griega, la que significa, políticamente, un fenómeno nuevo en el mundo de su época.

Las primitivas tribus griegas integraron los pueblos de raza aria que, con anterioridad al año 1000 a. C. doblegaron a los pueblos habitantes de la península y de las islas egeas. Así fueron apareciendo las ciudades o «Estados» griegos, en cuya consideración tiene fundamental importancia la disposición geográfica de Grecia, donde el suelo montañoso determinó el aislamiento de esas ciudades, al par que su carácter de país marítimo facilitó la formación de comerciantes y marinos que relacionaron a su patria con Oriente y con Europa, y su clima templado sirvió para forjar espíritus sobrios y artísticos.

Cuando se afianza el concepto de la polis, la filosofía griega parte de una concepción del universo como producto de la razón y de las fuerzas de la naturaleza, noción susceptible de una interpretación sistemática, llegándose así a la consideración del hombre como animal social por naturaleza, integrante de una sociedad política o Estado que le es al mismo tiempo absolutamente necesario para lograr el pleno cumplimiento de los altos ideales que debe perseguir conforme a la razón: hombre y Estado se unen para integrar un sistema de vida social donde no caben aspiraciones e intereses contrarios y así es como la organización política representa la forma suprema de la vida.

Se concretó entonces, en el campo de la política, la idea del Estado como entidad donde se condensa toda la actividad de los individuos, incluso en los órdenes social, moral y religioso, que exige una participación activa del ciudadano en la vida política, resultando así que la teoría griega del Estado conduce, lógicamente, a una embrionaria democracia.

Se introduce así la noción y la realidad de la participación de los ciudadanos en la política. Es la «democracia» griega, o la libertad política. Pero no se alcanza a conocer la libertad civil del hombre como tal frente al Estado.

En tal orden de ideas destacamos, en primer lugar, que por ejemplo en la organización social de Atenas se distinguían tres clases. Los eupátridas o ciudadanos atenienses constituyeron la primera, que en número reducido eran los únicos encargados del poder político, diferenciándose sus componentes en aristócratas (las principales familias de la ciudad) y plebeyos; la segunda clase era la de los esclavos, hombres sin derecho alguno; y la tercera estaba formada por los metecos o extranjeros que ejercieron el comercio y la industria alejados de toda función política.

Los ciudadanos intervenían en las asambleas y votaban la ley, teniendo acceso al desempeño de las magistraturas. En la ley se fundaba el gobierno, pero la ley votada por la asamblea no conocía limitaciones: cualquier aspecto de la vida individual o social podía ser legislado.

En definitiva, la vida del hombre se desarrollaba y agotaba en la polis, concebida como comunidad política perfecta porque debía satisfacer todas las necesidades del hombre. El fin de la polis era, por eso, el bien común, pero ninguna dimensión del hombre o de su vida escapaba a esa integración total en la polis.

Es importante destacar que los griegos veían bien el engaño y la astucia, y sólo se obligaban por escrito.

II. Roma [arriba] 

Muerto Alejandro Magno (323 a. C), luego de la gran dispersión del vasto imperio que aquél conquistara, aparece un nuevo poder, el romano, que como el imperio del macedonio desarrollará su esplendor bajo la influencia preponderante de la cultura aportada por Grecia.

En el año 753 a. C. aparece, a orillas del Tíber, la ciudad de Roma, gobernada por reyes etruscos hasta el establecimiento de la república, que contempla las largas luchas entre patricios y plebeyos y la creación y evolución de sus magistraturas (Senado, Comicios, Tribunado, Dictadura), así como al despotismo militar, hasta que nace el Imperio con Octavio Augusto -sobrino de Julio Césarquien finalmente queda dueño absoluto del poder.

Es importante destacar que, en el tránsito del Imperio las magistraturas van perdiendo sus atribuciones, incluido el Senado, al que los emperadores dominan por sus potestades que le permiten influir decisivamente en la apertura de las sesiones de ese cuerpo y dictar decretos con fuerza legal, poderes amplísimos que, como todos los demás que poseen, se justifican primeramente por la denominada Lex Regia y, luego, al atribuírseles origen divino. El «cesarismo» instaura el poder absoluto (quod principi placuit legis habet vigorem), y el príncipe hace la ley pero no está sujeto a ella.

Las reformas que en el año 300 d. C. emprenden los emperadores Diocleciano y Constantino eliminan los últimos resabios del antiguo régimen afianzando el Imperio Romano, hasta que la desaparición de Roma como ciudad Estado con la concesión de la ciudadanía romana a las provincias conquistadas, conduce al establecimiento de un derecho ecuménico mediante el sometimiento de pueblos distintos a un mismo poder.

Ahora bien, Roma fue la base del derecho y de las instituciones jurídicas. Con su «res publica», la política y el Estado encuentran su sitio en el derecho público, en tanto el hombre halla el suyo en el derecho privado.

Aparecen los elementos de la personalidad jurídica con los que, más tarde, se puede armar la construcción que integra al hombre en el Estado como persona investida de derechos que aquél debe reconocer y respetar.

Es digno de mencionar que comenzando con la práctica generalizada de algunos magistrados de hacerse asesorar en materia jurídica por personas entendidas o «prudentes», convertida luego en una especie de concesión otorgada por los emperadores (el ius publice respondendi), se llegó a que los dictámenes de los «prudentes» tuvieran fuerza de ley.

Pudieron entonces culminar un esfuerzo iniciado por Cicerón los grandes juristas romanos (como Papiniano, Gayo, Ulpiano, Paulo y Modestino), quienes bajo la forma de textos jurídicos dieron realidad a los principios fundamentales de la razón y de la equidad, suavizando de tal modo lo que tenía de riguroso el derecho civil primitivo (como la Ley de las Doce Tablas); y es así como Ulpiano fija aquellos principios que son verdaderos preceptos morales que dan vida y vigencia al derecho: «Vivir honestamente, no dañar a nadie, dar a cada uno lo suyo».

Se han señalado como algunas consecuencias de la obra de los juristas de la época imperial (los de los tres primeros siglos del Imperio, y los posteriores, pertenecientes a la época del Bajo Imperio, los que nos han legado el Digesto publicado en el año 533 por el emperador Justiniano):

1. Separación entre el Estado y los individuos, considerando a aquél como una personalidad jurídica investida de autoridad limitada legalmente, como organismo necesario cuya existencia no necesita ser justificada en manera alguna, y al individuo como anterior al Estado y también en la condición de persona jurídica.

2. Separación entre la política y la religión o separación entre el ius (o derecho humano) y el fas (o derecho divino), y de las cosas humani iuris de las divini iuris.

3. Separación del ius civile, del ius gentium o derecho de las naciones y del ius naturale Integrado por normas de validez universal.
Concluimos con que los romanos implantaron la «fides», esto es, la fidelidad a la palabra dada, tanto en los negocios como en la guerra.

III.A. El cristianismo [arriba] 

El cristianismo introduce pautas ideológicas totalmente nuevas en el mundo, que irradian su influencia a la política.

Desde que Nerón prendió fuego a Roma gozando del espectáculo de una ciudad incendiada, ni los sacrificios a los dioses, ni las órdenes a los magistrados, ni la profusión de dinero, ni la promesa de una reconstrucción más bella disminuyeron la indignación del pueblo contra él. Teniendo por más terrible aquel odio que cualquiera reclamación del Senado, pensó darle una cruel satisfacción inculpando a los cristianos, llamados así por un Cristo muerto en Palestina en tiempo de Tiberio, los que desaprobaban la vergonzosa corrupción y la humillación pusilánime, y no viendo en los romanos una raza de naturaleza superior a las demás, ni por consiguiente el derecho de oprimirlas, se hacía odiosa a la tiranía del mundo.

Sobre los cristianos1 entonces se descargó la venganza e imitando lo que con ellos hacía su señor, los romanos unieron la atrocidad al insulto, cuando Cristo había enseñado a sus seguidores: «Dios es uno; todos los hombres son iguales, amaos, pues, los unos a los otros, como os ama vuestro Padre celestial».

Cuando la mujer de Zebedeo le pide que sus hijos tengan un lugar en su reino, uno a la derecha y el otro a su izquierda, le responde Cristo: «No sabéis lo que pedís: el que quiera ser el primero, será siervo de los demás, como el Hijo del hombre que vino, no para ser servido, sino para servir, y dar su vida para la redención de todos los hombres», palabras que indican la regeneración de la sociedad, sustituyendo a la tiranía, en la que pocos gozan y muchos padecen, el gobierno en beneficio de todos, y haciendo que sea un deber, no un placer, la dirección de los hombres.

También Jesús, el Cristo, distingue y separa dos jurisdicciones que hasta entonces estaban confundidas: deslinda lo espiritual y lo temporal, la comunidad religiosa y la política, cada una con su autoridad y ámbito propios, con lo que se sustrae al Estado la vida espiritual y religiosa de los hombres, lo que significa una limitación al poder del Estado en beneficio de la libertad personal.

El cristianismo valora al hombre en su dimensión de persona. Le reconoce el libre albedrío, y con esa libertad debe hacer el bien y merecer la salvación. Aquella palabra: «Sed perfectos, como mi Padre que está en los cielos», destruye la inmovilidad antigua, exigiendo que la actividad humana se ejerza libremente en el afecto, en el sentimiento y en las obras; impone la misión de progresar y de luchar, para desarrollar y efectuar mejor la ley de justicia y de amor, y como en ésta consiste también el perfeccionamiento temporal, será indefectible el progreso.

También enseña el cristianismo que todos los hombres son iguales en cuanto creados por Dios y redimidos por Cristo, lo que exige una breve referencia a la esclavitud, la peor y la más universal de las tiranías. Romper sin embargo las terribles cadenas de pronto, sería una obra inconsiderada, como lo sería la del que rompiese de pronto los diques de un lago porque infestase una ciudad. Cristo hace reformas, no revoluciones, y arroja entre los esclavos el germen que producirá al cabo de los siglos un fruto que jamás hubiera producido ninguna doctrina de los sabios antiguos, esto es, la libertad2. El espíritu general del cristianismo, más poderoso que cualquier ley escrita, desterró la esclavitud de la tierra, con preceptos que dan tal dignidad a la naturaleza humana, que la liberaron de la deshonrosa servidumbre en que estaba sumergida.

Por otra parte, el cristianismo asevera fundadamente que el poder deriva de Dios, y debe ser obedecido en cuanto no mande algo contrario a su ley: hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

III.B. San Agustín [arriba] 

Se impone decir a esta altura algo sobre San Agustín, por la repercusión ideológica que tuvo y por representar la transición más importante entre el pensamiento antiguo y el medieval.

San Agustín (354-430), argelino, nació de padre pagano, Patricio, y de madre cristiana, Mónica. Se educó en las ciudades norteafricanas de Tagaste, Madaura y Cartago. La Iglesia católica lo acogió mediante el bautismo en 387. Fue ordenado presbítero de Hipona en 391 y obispo de la ciudad en 395. El día 24 de agosto de 410 entraron en Roma, por la puerta Salaria, las tropas de Alarico, saqueándola a hierro y fuego. Esta desgracia motivó que Agustín predicase su Sermón sobre la caída de Roma y escribiera La ciudad de Dios. Dos decenios después, las huestes de Genserico asediaron Hipona, donde su obispo murió en 430.

Escribió su obra principal, La Ciudad de Dios, con el fin de refutar a los paganos que atribuían la caída de Roma en manos de los godos al hecho del reemplazo de la antigua religión por el cristianismo; y, entonces, esa obra es una crítica del paganismo, afirmando la idea de que los dioses antiguos fueron impotentes para evitar los males que azotaron a Roma.

En la visión política de San Agustín subyace la cuestión escatológica. A la Ciudad de Dios se opone la ciudad del diablo, que coexisten en este mundo adoptando diversas formas según las épocas.

Ellas se distinguen por sus apetencias, por una tensión dialéctica entre el amor de Dios y el amor de sí. Tales amores se enfrentan en la historia, en agrupamientos dinámicos teocéntricos y antropocéntricos, respectivamente; lucha que se prolongará hasta el final de los tiempos.

Reafirmando y continuando el pensamiento de San Agustín, se ha entendido que en aquel drama de antagonismos, cada sector procura aglutinar por un principio a sus seguidores.

Los principios de la Ciudad de Dios son las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), con la cual se puede buscar su instauración en la tierra. De esa visión, Cristocéntrica, surgirá la cristiandad medieval. Tal cual como, a partir del Renacimiento, la concepción antropocéntrica generará la Modernidad, racionalista y naturalista.

IV.A. La Edad Media [arriba] 

Bien se ha dicho que la denominación de Edad Media no tiene propiamente sentido alguno. Tomada en su acepción etimológica, supone una división tripartita del tiempo: se trataría de una edad intermedia entre otras dos edades, una pasada, la Antigûedad clásica, y otra futura, la Modernidad.

Pero las cosas no son tan sencillas, como lo demuestran los diversos criterios que se han expuesto para configurarla en el tiempo, ninguno de los cuales puede considerarse completamente exacto, más cuando los procesos históricos que provocan las grandes mutaciones, en general comienzan mucho antes que éstas y se prolongan después.

No obstante, se deben establecer límites, aunque sean meramente convencionales, por ser necesarios para una demarcación práctica.

En consecuencia, puede decirse que lo que se denomina Edad Media abarca desde la caída del Imperio romano de Occidente (en el año 476, en que el último emperador romano de Occidente, Rómulo Augústulo, es depuesto por los hérulos del rey Odoacro en la ciudad de Roma) hasta la toma de Constantinopla por los turcos en 1453.

También es bastante común distinguir entre la Temprana Edad Media, que se extiende hasta la muerte de Carlomagno (rey de los francos y emperador de Occidente, «el padre de Europa», falleció en Aquisgrán, al oeste de Alemania, el 28 de enero de 814), la Alta Edad Media, desde los siglos IX al XIII, y la Baja Edad Media en el curso de los siglos XIV y XV.

Pues bien, en esta labor consideraremos las características de la Alta Edad Media, por ser el período en que las virtudes de la civilización medieval culminaron y aquellas características se acusaron con mayor vigor.

La Edad Media, en principio, no conoce el absolutismo político, ni en la teoría ni en la práctica. Tan sólo algunas expresiones que aparecen en la baja edad media, estimuladas muchas de ellas por el retorno al estudio del derecho romano, vuelven a reeditar las nociones románicas del poder absoluto, pleno y rotundo.

Se concibe al gobernante como príncipe justo, con un ministerio servicial para la comunidad. Monarquía templada y rey virtuoso son el reverso del régimen injusto y del tirano.

El fin de la comunidad política es atender al bien común.

La comunidad debe obediencia y fidelidad al gobernante, mientras éste actúa con justicia. Si se convierte en tirano es posible resistirle y deponerlo, forjándose por primera vez sistematizado el «ius resistendi».

Son elementos de contención política: el derecho natural, la moral, la religión y el derecho canónico.

La idea de que el derecho positivo es únicamente expresión de la costumbre vigente, es determinante de que aquél no deba sufrir cambios ni alteraciones repentinas o arbitrarias.

Ahora bien, la Baja Edad Media termina siendo un período de decadencia que desde el punto de vista de la política es de transición, caracterizado por acontecimientos tales como la decadencia del feudalismo3, el desarrollo de las monarquías nacionales, la debilidad histórica del Papado, el hecho de que el Sacro Imperio4 comenzara un proceso de decadencia5, condensando la idea nacional aquél aspecto político e imperando por doquier.

Inglaterra, después de fracasar ante la resistencia francesa en la Guerra de los Cien Años6, y después de desangrarse en la guerra de la Dos Rosas7, había de llegar a la centralización con la dinastía de los Tudor8. Los reinos ibéricos, en la tarea de expulsar totalmente de la península a los últimos árabes, marchaban a su prodigioso destino. Francia, salvada de la dominación extranjera por Santa Juana de Arco, había de obtener su unidad con Luis XI, rey de Francia entre 1461 y 1483.

Con esos caracteres, propios de la Baja Edad Media, comienza el período que se denomina Edad Moderna, que se hace arrancar un tanto arbitrariamente de la toma de Constantinopla por los turcos en 1453.

Hay que destacar a esta altura que la Iglesia unió todas las partes del mundo medieval en la armoniosa unidad de la cultura cristiana; sus sabios doctores desarrollaron los grandes y concordantes sistemas de teología y filosofía, recogiendo todo cuanto había de bueno en la filosofía antigua, especialmente griega y árabe. Cuando la reforma –enseña Rommen– empezó a disolver el «orbis cristianus», la unidad de la cristiandad se fue gradualmente perdiendo en la era de las guerras de religión, hasta que surgió una nueva civilización occidental meramente secular. Durante este tiempo la Iglesia y la filosofía, que había hallado en ella sus fundamentos, tuvieron que resistir los arbitrarios ataques del absolutismo de los príncipes que pretendían obligarla, bajo el yugo del «erastianismo», a legitimar el absolutismo autocrático.

En tal período se producen doquiera en Europa importantes documentos. Escribe Friedrich que «Desde Inglaterra hasta Hungría, desde España hasta Polonia y Suecia, encontramos en todas partes cartas parecidas a la Carta Magna, que establecen restricciones al poder de los príncipes y una división del poder gubernamental entre diversos estamentos o estados, es decir, grupos o clases de la comunidad», siendo de destacar los «fueros» españoles. Los «fueros» o «cartas pueblas», se formalizaban entre el rey y los señores o los vecinos de una villa o región y se convertían, a veces, en verdaderos estatutos locales, donde se reconocían deter-minados derechos a sus pobladores y se estructuraba el funcionamiento de sus instituciones políticas –refiriéndose al origen de los cuales, ha escrito Sánchez Viamonte que «España es el país de Europa en donde se advierte una mayor vocación por el Derecho, ya no como simple ordenamiento de las relaciones privadas, propio del Derecho romano, sino también como una organización de la sociedad y del gobierno, dentro de la cual los individuos adquieren una personalidad amparada por la legislación»– y, entre ellos, los fueros de Aragón y de Navarra, que tuvieron valor análogo a las leyes supremas ante las cuales cedía el poder real y a las que debían obediencia funcionarios y habitantes.

IV.B. Cristianismo y cristiandad [arriba] 

Creemos fundamental distinguir entre cristianismo y cristiandad, como lo hace Alfredo Sáenz.

El término cristiandad apareció por primera vez hacia fines del siglo IX, cuando el papa Juan VIII, ante peligros cada vez más graves y acuciantes, apeló a la conciencia comunitaria que debía caracterizar a los cristianos. Hasta entonces la palabra sólo había sido utilizada como sinónimo de doctrina cristiana o aplicada al hecho de ser cristiano, pero al superponerle aquel papa el sentido de comunidad temporal, proyectó la palabra al significado que pasamos a exponer.

Desde entonces se habló de la cristiandad, de los peligros que se cernían sobre ella y de las empresas que alentaba. Gregorio VII introdujo la idea de que la cristiandad decía relación a determinado territorio en que vivían los cristianos, de modo que había cristiandad allí donde se reconocía prácticamente el Evangelio. Urbano II, al convocar la Cruzada, entendió que unificaba a la cristiandad en una gran empresa común, orientándola hacia un fin heroico. Pero fue sobre todo Inocencio III quien llevó la idea de cristiandad a su culminación al tratar de convertirla en una suerte de Naciones Unidas, sobre la base del reconocimiento de una sola doctrina y una misma moral.

La cristiandad encontraba su fundamento en el bautismo común de quienes la integraban. Donde hubiera bautizados habría cristiandad, o al menos su esbozo. Los desgarros provocados por los cismas o herejías no prevalecieron sobre esta idea básica, hasta el punto de destruirla.

La cristiandad quiso heredar, si bien en un nivel más elevado, la unidad del desaparecido Imperio Romano, sobre la base del cristianismo compartido. Pero, ¿quién había de regir la cristiandad? Es fácilmente perceptible el peligro y la tentación de confundir a la Iglesia, sociedad sobrenatural, con la cristiandad, sociedad temporal iluminada por la doctrina de Cristo, confusión que estuvo en el origen de las grandes luchas doctrinales e incluso políticas que sacudieron a la Edad Media. En vez de dejar que cada una obrase en su ámbito propio, surgió la tentación de identificarlas, sea porque los jefes políticos pretendieron manejar a la Iglesia, subordinándola a sus intereses terrenos, sea porque los dirigentes de la Iglesia se inclinaron a salir del plano espiritual para actuar indebidamente en el orden temporal.

IV.C. Las Cruzadas [arriba] 

Ha escrito el cardenal Giacomo Biffi, luego de citar una opinión según la cual es necesario que nos demos cuenta de una vez del cúmulo de opiniones arbitrarias, deformaciones sustanciales y auténticas mentiras que gravitan sobre todo lo que históricamente concierne a la Iglesia: «Nos encontramos literalmente sitiados por la malicia y el engaño: los católicos en su mayoría no reparan en ello, o no quieren hacerlo. Si recibo un golpe en la mejilla derecha, la perfección evangélica me propone ofrecer la izquierda. Pero si se atenta contra la verdad, la misma perfección evangélica me obliga a consagrarme para restablecerla: porque allá donde se extingue el respeto a la verdad, empieza a cerrarse para el hombre cualquier camino de salvación».

Lo que antecede nos lleva a ocuparnos, con la mayor objetividad, de un tema íntimamente vinculado a la cristiandad y sobre el que tanto se ha mentido: las Cruzadas, reiterando como punto de partida de su análisis, que los sucesos históricos sólo pueden juzgarse atendiendo a sus circunstancias.

En las Cruzadas se levanta Europa como un solo hombre y corre presurosa a librar de la esclavitud a sus hermanos, creyendo hacer otro tanto con los infieles, salvándolos del infierno, todo con el ánimo de conseguir el premio eterno; de ahí que el Concilio de Clermont – donde en 1095, se hicieron presentes los principales prelados y nobles de la Cristiandad, pidiéndoles el Papa Urbano II la formación de un cuerpo expedicionario contra el Islam, a lo que la asamblea, de pie, prorrumpió en un grito clamoroso: «¡Deus lo volt!» (¡Dios lo quiere!), que se convirtió en divisa de la tarea– no fue el motor de aquellas empresas, sino el efecto de la opinión pública.

Nació de entre las parciales revueltas del feudalismo un pensamiento de gloria, de porvenir, de santidad, un resplandor de lo bello y de lo infinito entre los pueblos y los ejércitos; y es una multitud la que se lanza a la muerte por el triunfo de lo que cree ser buena causa y verdad.

Los tiempos hacían que los musulmanes fueran considerados como enemigos de la fe, a la que trataban de extirpar en todas partes, desde las orillas del Ebro hasta las del Éufrates; teniendo los cristianos la firme creencia en una obligación de socorro para sus hermanos, y de reprimir la tiranía del Islam, además de la de ayudar al Imperio de Oriente a recobrar las provincias perdidas. Las papas y príncipes que conducían o aconsejaban a los pueblos, tenían noticias ciertamente de las nuevas amenazas de los árabes, que ya habían tomado Jerusalén, ocupado España, obstruido la mitad de Italia; y sabían también que para ellos era santa la guerra contra los cristianos.

Cabe entonces preguntarse: ¿eran ignorantes y fanáticos los papas y príncipes de la Edad Media, llevando al Jordán y al Nilo guerras que de otro modo se hubieran efectuado junto al Danubio y al Sena?

Insistimos en el decidido entusiasmo de los pueblos y su intrépida seguridad de obtener la palma del martirio cuando se exponían a morir de hambre, a hierro o de fatiga, pero cantando himnos al Señor, sintiendo sólo no poder fijar su última mirada en la Ciudad Santa.

Por otra parte, las Cruzadas calmaban los odios intestinos, y dirigían su impetuosidad indomable a la conquista de la Tierra Santa; los hombres que vivían con la sangre y el estrago, dejaron de hacer la guerra así en los caminos y en las poblaciones, para llevar a Palestina su feroz actividad; y los blasones de guerra quedaban cubiertos con el uniforme blasón de la Cruz.

En un tiempo en que se predicaba una moral pura, vigorosa, sin condescendencia, se sentía el pecado, aun cometiéndolo, y nacía inmediatamente la necesidad de expiarle; y así, las almas atormentadas por los remordimientos, y también las personas deshonradas pero a quienes era necesaria la estimación y el honor, iban a combatir para volver en paz consigo mismos y con los demás.

Mientras que la diferencia de razas y las jerarquías feudales separaban en los hechos a gran distancia un hombre de otro, el sentimiento de la fraternidad inspiraba a los guerreros de la Cruz, prometiendo los príncipes al marchar tener gran cuidado de los que los seguían.

Las mujeres tuvieron también su parte de heroísmo y de desgracias: Adela, condesa de Blois, obligó a su marido a que volviese a la guerra santa, echándole en cara la cobardía de su deserción, y una heroína que en el cerco de Tolemaida trabajaba en cegar un foso, sintiéndose herida de muerte, suplicó que se la arrojase en él, para que su cadáver fuera al menos de algún provecho…

Floreció el instituto de la caballería, animada de nobles sentimientos, no respirando más que amor por la gloria y celo por la justicia, y llamada por su profesión a contribuir a todo lo que era generoso y desinteresado. Se revistió esta institución de las más bellas formas cuando quedó ligada a las órdenes eclesiásticomilitares, que unidas para un fin común, y emancipadas de toda dependencia feudal y nacional, fueron los inmediatos guerreros de la Cruz, y ofrecieron en sus filas a los nobles un asilo trabajoso en tiempo de paz, y una escuela de heroísmo en tiempo de guerra. De este modo la que sería la nobleza, que hasta entonces se había mostrado feroz, se fue acomodando al espíritu caballeresco que después constituyó su carácter, y supo asociar con el valor la delicada galantería, el fervor religioso, el amor y el entusiasmo.

Al llamamiento cruzado, el siervo de desplegó del terruño, el peregrino fue protegido por las leyes de la Iglesia, mirado como cosa sagrada, Sacó ventajas la industria: se crearon nuevas manufacturas, se establecieron multitud de telares, los vidrios de Tiro fueron imitados en Venecia, que bien pronto fabricó espejos de cristal destinados a reemplazar a los de planchas metálicas, se adelantó en el arte de bruñir el acero. Los molinos de viento usados en el Asia Menor por falta de aguas corrientes, se extendieron por Europa.

Se acusa a las Cruzadas de haber elevado a su apogeo el poder de los papas, y hasta se las quiere considerar como el resultado de sus artificios para tiranizar al mundo. Pero lejos de aumentarse el poder de los papas con tantos países conquistados en Asia, se vieron por el contrario comprometidos en las dimensiones de las nuevas colonias. No fueron pocas las veces en que los cruzados se negaron a escuchar sus consejos, los venecianos no hicieron ningún caso de las amenazas de un legado papal y muchas veces la imprudencia de éstos, pretendiendo dirigir las batallas, causaban que se perdieran, comprometiendo así el concepto de sabiduría y previsión de que gozaba la corte de Roma. Estas cosas coadyuvaron a rebajar la idea sublime que la Edad Media se había formado de los papas, con el consiguiente desmedro de su autoridad.

Ciertamente que Asia se benefició de su comunicación con Europa y, recíprocamente, ésta se aprovechó de esas relaciones: aprendieron de los árabes conocimientos, de ellos y de los que los mismos conservaban de indios, griegos y persas, aumentó la farmacopea con nuevas drogas y nuevos compuestos, se beneficiaron con la caña de azúcar, el ciruelo y la morera, el uso del azafrán, del alumbre y del añil. Por las Cruzadas el comercio tomó una nueva dirección y un inmenso desarrollo, mas antes era preciso que la navegación mejorase, y esto se consiguió con aquéllas.

En cuanto al arte de la guerra, la que cuando dejó de ser el ímpetu ciego de una turba fanatizada, se hicieron grandes preparativos para dirigirla según cierto plan, y hubo almacenes, transportes, trenes de equipajes, cosas no usadas anteriormente en las cortas y cercanas campañas feudales, ni aún en las expediciones de los emperadores a Italia, en atención a que los señores estaban obligados a proporcionar los víveres. Se introdujeron otras reformas: aseo y buen orden en los campamentos; primeros ensayos de los ejércitos permanentes al darse numerosas tropas mantenidas por sus caudillos durante mucho tiempo; disciplinar a las muchedumbres en una guerra en que no bastaban los caballeros cubiertos de hierro; hacer uso de máquinas antes desconocidas tanto para el ataque como para la defensa de plazas, y para la protección de las personas; las máquinas incendiarias empleadas por los árabes aceleraron la aplicación del descubrimiento de la pólvora.

Hubo, por cierto, en el desarrollo de las Cruzadas, acciones realmente deplorables, como parece ser inevitable en el obrar humano, con la natural corrupción del hombre que pervierte las cosas más santas. No extraña, entonces, que S. S. Juan Pablo II haya pedido perdón por los pecados cometidos por «los hijos de la Iglesia» en sus 2000 años de historia, con claras alusiones, entre otras, a las Cruzadas. Pero el impulso fue noble y ennoblecedor y, como escribe Daniel-Rops«Que la misma palabra de Cruzada tenga todavía hoy el sentido de empresa heroica realizada con una intención pura y noble al servicio de una gran idea, es cosa que no carece de significación»…

V. El Renacimiento y la Reforma [arriba] 

A fines del siglo XV y en los comienzos del siglo XVI, Europa conoce un período que se presenta en la historia como el Renacimiento, que no se trata de un movimiento puramente artístico, sino de un fenómeno de múltiples alcances; y así, la Reforma constituye uno de los grandes hechos del Renacimiento, influyendo en las muy importantes transformaciones políticas y sociales.

La primera parte del siglo XVI se llena con la Reforma protestante, la que vuelve a revivir la antigua controversia entre el poder del papa y el del emperador, referida ahora concretamente a las entidades Iglesia y Estado.

Considerando más detenidamente los antecedentes inmediatos de la Reforma protestante, ellos serían -según Hillaire Belloclos siguientes:

1. Un odio especial personal contra la fe que implica oposición a la Iglesia Católica, con un espíritu que surge invariablemente en cualquier movimiento cismático y aun de crítica.

2. La resistencia o exasperación causada por factores como el poder espiritual del clero, el poder económico del papa y de las órdenes monásticas y el privilegio que correspondía a los miembros del clero de quedar excluidos de la justicia general civil y criminal.

3. La condición gravemente corrompida en que había llegado a encontrarse la Iglesia oficial, y especialmente la Corte Pontificia, por obra de la burda ineptitud de los responsables del buen nombre de la Iglesia.

4. El antagonismo de nuevas doctrinas, preconizando una de ellas el absolutismo de los príncipes y apoyando la otra la acción de los concilios generales como suprema autoridad de la Iglesia, sumado todo ello al debilitamiento del papado, que precipitan las rivalidades de los mismos papas, traducidas en el gran cisma de oriente 9.

5. La oportunidad que el movimiento daba a los terratenientes, y aun a los reyes y señores, para saquear los bienes de la Iglesia.
Hay otros factores que nos parecen importantes, a saber:

1. El movimiento reformista protestante comienza en Alemania, entonces integrada por ciudades organizadas sobre la base de un espíritu de independencia política que había impedido la integración de una monarquía, como Inglaterra.

2. El renacimiento de la antigua cultura germánica y el advenimiento de un individualismo alemán distinto al humanismo italiano.

3. Un anti italianismo en el mundo económico, tanto como en lo político e intelectual, representativo de un verdadero consorcio de los señores alemanes contra el poder de los romanos y aun del papa10.

Como bien ha reconocido Chesterton, muchas de las fallas denunciadas eran verdaderas, siendo perfectamente cierto que podemos encontrar males reales que provocaban la rebeldía en la Iglesia Romana anterior a la Reforma, pero agregando enseguida que lo que no podemos encontrar es que uno solo de esos males reales fuera reformado por la Reforma.

Lo cierto es que la Reforma, yendo más allá de la mera denuncia de desórdenes y falencias morales en la Iglesia, atentó contra su misma doctrina, cuando antes, sin llegar a ello y con lenguaje fuerte, inusual hasta en nuestros días, por ejemplo Santa Brígida no vacilaba en denunciar a un papa relajado en términos desmedidos, como

«asesino de almas, más injusto que Pilato y más cruel que Judas», y el Dante, apuntando a las graves falencias de la Iglesia, hablaba como si ésta hubiese apostatado y se hubiera visto privada de la dirección divina.

También es verdad que Reforma y protestantismo no son favorables en su primitiva perspectiva ideológica a la libertad, sino al absolutismo político, pues:

- Enseñan la obediencia pasiva.

- Restauran en las iglesias nacionales la confusión de los poderes espiritual y temporal.

- Su ruptura con la Iglesia Católica elimina la fuerza moral de contención que para el exceso del poder político había significado hasta entonces el Papado.

Al producir una profunda división religiosa en Europa, ahondan divisiones y tensiones políticas que desatan cruentas guerras de religión, en las que se entremezclan cuestiones políticas y económicas. En muchos países europeos las minorías religiosas fueron perseguidas y muchas guerras religiosas ocurrieron, frutos del radicalismo. La guerra de los treinta años (1618-1648), por ejemplo, colocó a católicos y protestantes en guerra por motivos no puramente religiosos. En Francia, el rey mandó asesinar a miles de calvinistas en la llamada Noche de San Bartolomé.

En algunos Estados la existencia de iglesias reformadas con carácter de iglesias oficiales llevará a negar a los católicos una libertad amplia y similar a la de los protestantes, p. ej., en Inglaterra.

La teoría del derecho divino de los reyes es, originariamente, de filiación protestante (lo que no se confunde con la verdad de que todo poder deriva de Dios, quien quiso el Estado y, por ende, el poder).

La idea de que los protestantes defendían la libertad de expresión, eran tolerantes y pacifistas, y que fueron víctimas inocentes de los ataques de la Iglesia, es radicalmente falsa. Solo pidieron libertad de expresión hasta que se hicieron con el poder, para después perseguir con saña no solo a los católicos, sino a todos los «disidentes», o sea, otros protestantes que no pensaban igual. Su tolerancia fue nula, y en cuanto dominaban un territorio lo primero que hacían era eliminar el catolicismo, por presión, por expulsión o con el asesinato. Como sus territorios en un principio estaban llenos de católicos, sus persecuciones y matanzas harían palidecer a cualquier acto equivalente de los países católicos. Aunque ellos no tenían Inquisición, sí tuvieron tribunales eclesiásticos equivalentes, pero más dedicados a purgar y atormentar que a investigar. Sus métodos de tortura superaban con mucho a los de la Inquisición y las garantías procesales de los acusados eran mucho menores. Si la Inquisición buscaba salvar almas, los tribunales protestantes buscaban purificar la sociedad expulsando o matando a quienes no compartían sus mismas ideas. Suena duro decir todo esto pero es lo que pasó, especialmente durante el siglo XVI. Y sin embargo fueron ellos quienes crearon la actual leyenda sobre las crueldades de la Inquisición católica. Sólo más tarde, consumado el protestantismo, aparece una política de tolerancia religiosa y de libertad de cultos; asimismo, se supone la existencia de un pacto como base de la comunidad política, así como el derecho del pueblo a resistir al gobernante injusto.

VI. La Contrarreforma [arriba] 

La Reforma protestante se difundió en los países del continente europeo con notable celeridad, trasuntando un poder expansivo que es realmente elocuente.

Pero la reacción no se hizo esperar demasiado, como ha sucedido siempre que surgieron movimientos contrarios a la Iglesia Católica; y así campeó el movimiento llamado de la Contra-reforma o de la Reforma católica, sustentada merced a hechos como la acción firme y decidida de monarcas fieles como Felipe II de España, el fortalecimiento del poder papal por intermedio del Concilio y el desempeño de los integrantes de la orden de los Jesuitas, que fundare San Ignacio de Loyola, reforzada por otras órdenes religiosas como las de los capuchinos, carmelitas, benedictinos y agustinos.

El Concilio de Trento, convocado en 1545 por el papa Paulo III y que duró hasta 1563, restauró la doctrina y la moral, sentando las principales conclusiones finales, como:

1. Las fuentes de la fe son las Sagradas Escrituras y la tradición de la Iglesia, interpretadas por ésta.

2. Para la salvación son necesarias la fe y las buenas obras. 3. El pan y el vino consagrados son el Cuerpo y la Sangre de Cristo.

4. Se puede rendir culto a los santos11.

5. El pecado original se borra con el bautismo.

6. Los obispos deben vivir en diócesis y visitar las parroquias con frecuencia.

7. Los aspirantes al sacerdocio se formarían en seminarios que se construyeron con este fin.

8. Se dio la debida importancia a los sacramentos.

9. Los sacerdotes no debían acumular bienes.

10. Se reafirmó el credo niceno-constantinopolitano.

11. Se reafirma la existencia del purgatorio y la veneración de reliquias.

12. Se hace una reforma de las órdenes monásticas, de exenciones y asuntos legales del clero.

En razón de lo expuesto más arriba referido a los protestantes, debemos aquí dedicar unas líneas a la Inquisición, particularmente a la española, esgrimida como la cara más terrible y despiadada de la Iglesia Católica, como la prueba más clara del oscurantismo católico en general y español en particular, con la finalidad de ilustrar basados en fuentes objetivas, cuánto hay de verdad en ello.

El Tribunal del Santo Oficio, más comúnmente conocido como La Inquisición española (con jurisdicción en España y América), ha sido usado por los países protestantes como el súmmum de todos los horrores. Es hoy comúnmente aceptado, incluso por los católicos, que la Inquisición española torturaba sistemáticamente durante horas o días, y quemó en la hoguera a miles y miles de herejes y brujas. Se nos habla de instrumentos de tortura de todo tipo, a cual más horrible, de reos que sobrevivían mutilados de por vida, y de inquisidores sádicos que tenían a toda la sociedad aterrorizada.

No vamos a decir aquí que la Inquisición fue algo maravilloso, pues la justicia –toda la justicia– de aquellos siglos de maravilloso no tenía nada, pero a cada uno lo suyo, y los países del norte de Europa, con sus tribunales eclesiásticos, torturaron y quemaron en la hoguera a muchas más brujas y herejes que las inquisiciones del sur de Europa, y particularmente la española.

La Inquisición ha sido objeto de una desmedida exageración y una flagrante falsificación de la realidad hasta el punto de que la visión que aún hoy se tiene de ella (incluso dentro de España y América) en muy poco se corresponde con la realidad. El actual imaginario popular está más alimentado por películas, novelas y documentales que por datos históricos reales, y en esos medios los anglosajones, protestantes, dominan por completo el panorama. Nuestra actual visión de la historia es la que ellos nos están dando hasta el punto de que una visión radicalmente diferente nos parecerá ya falsa.

Los tribunales de la inquisición aparecen con los judíos medievales y sus tribunales para mantener la pureza de la fe. Posteriormente fueron copiados por los musulmanes y también por los cristianos.

Hubo una Inquisición medieval formada por tribunales episcopales, pero cuando se habla de la Inquisición normalmente se refiere a la que empieza a finales del siglo XV en Portugal e Italia, pero sobre todo a la de España y sus territorios, considerada con enorme diferencia la más sanguinaria: de hecho, se presenta a menudo como la organización humana más cruel de la historia.

La Inquisición española, aunque formada principalmente por funcionarios eclesiásticos, no dependía del papa, sino de la corona, siendo por tanto un organismo religioso al servicio del Estado, no de la Iglesia.

El que los eclesiásticos formaran estos tribunales dio como resultado una suavización de la crueldad y arbitrariedad que caracterizaba frecuentemente la justicia de la época y no lo contrario.

Los fines del Santo Oficio no eran la administración de una justicia rígida y automática, sino la reconciliación del delincuente. Confesarse culpable con el Santo Oficio era obtener el perdón, porque el inquisidor era tanto confesor como juez, que pretendía no una condenación, sino acabar con un extravío y devolver al rebaño la oveja descarriada, por lo cual se instaba constantemente al acusado a que recordase la diferencia fundamental entre la Inquisición y los tribunales ordinarios y que su finalidad no era el castigo del cuerpo, sino la salvación del alma y por lo mismo se le imprecaba a que tratara de salvarse por medio de la confesión sacramental.

Por otra parte, el Tribunal no fue una traba para el progreso intelectual de España como lo demuestra el hecho contundente, ampliamente documentado y fuera de toda discusión, de que la época de su mayor acción coincidió con la del apogeo hispano en la política, economía, cultura y artes.

Se ha destacado que la Inquisición fue mucho más benigna que los tribunales de la época pues, entre otras cosas, conmutó la pena de muerte por penitencias canónicas cuando el reo se arrepentía, cosa que no ocurría ni ocurre en los tribunales civiles; abolió la pena de azotes para las mujeres y los fugados de las cárceles; suprimió la argolla para las mujeres; limitó a cinco años la pena a galeras imponiéndola siempre dentro de un marco aceptable de edad (la pena a galera era perpetua en lo civil); suavizó el tormento mucho más que los tribunales civiles.

Por cierto que siempre podremos hallar excepciones, pues los abusos y excesos eran moneda no inusual en aquella época, no solo en la Inquisición sino en todos los ámbitos.

En el caso de las Américas, la Inquisición fue aún más laxa que en la España europea, especialmente con los aborígenes, los cuales quedaron fuera de la jurisdicción de la Inquisición española y no fue hasta el siglo XVII que se creó una especie de Inquisición paralela esclusivamente para ellos, con penas generalmente mucho más leves y casi sin casos de torturas o penas de muerte.

Ha anotado Maurice Birckel que a pesar de la insistencia de encumbrados personajes, el indio quedó definitivamente al margen de la jurisdicción inquisitorial. Así las cosas, después de setenta años largos de evangelización, se descubría, en 1609, que los indios del arzobispado de Lima estaban «tan infieles e idólatras como cuando se conquistaron». Para resolver este problema se inició la Visita de las idolatrías, que podría definirse como una Inquisición adaptada a los indios, y se limitó a ciertos sectores del virreinato peruano. Aunque en ocasiones aplicó penas severas (reclusión perpetua), casi nunca condenó a muerte y sus autos de fe tan sólo consumían en la hoguera los objetos del culto idolátrico. Las campañas de «extirpación» repitiéronse con intensidad hasta 1610; más tarde, se prosiguieron en forma más bien rutinaria. Por supuesto, el Santo Oficio miraba con muy malos ojos semejante competencia, máxime cuando los jesuitas tomaban parte activa en tales visitas.

VII. La masonería [arriba] 

Con buenas fuentes, conviene no marginar cuando se inicia el estudio del Estado moderno, una corta referencia a la masonería, una seudo religión paralela e incompatible con el cristianismo, al que antes nos hemos referido.

La masonería es una de las sociedades «secretas» más conocidas, y seguramente sea la más famosa. En la actualidad muchos claman que los masones manejan tras bambalinas las cuerdas de la política mundial y que todos los eventos importantes no son más que parte de su agenda. Sea o no así, lo cierto es que a partir del siglo XVIII se encuentran cada vez más menciones de la influencia de la masonería en los eventos importantes alrededor del mundo, teniendo los masones un papel fundamental por ejemplo en la transición política de las monarquías a las repúblicas en los siglos XVIII, XIX y XX, y su influencia dista mucho de ser marginal en la historia de las naciones europeas y americanas, inclusive en los tiempos que corren.

Sus elementos cuasi religiosos incluyen: templos, altares, oraciones, un código moral, culto, vestimentas rituales, días festivos, la promesa de retribución después de la muerte, jerarquía, ritos de iniciación y ritos fúnebres.

La masonería tomó su nombre del antiguo gremio de los masones o artesanos que trabajaban la piedra en la construcción de grandes obras. Con el declive de la construcción de las grandes catedrales en Europa y la propagación del protestantismo, los gremios de masones comenzaron a decaer y para sobrevivir comenzaron a recibir miembros que no eran masones de oficio. Con el tiempo, estos últimos se hicieron mayoría y los gremios perdieron su propósito original, pasando a ser fraternidades con el fin de hacer contactos de negocios y discutir las nuevas ideas que se propagaban en Europa.

La fundación formal de la masonería ocurre en 1717 con la unión en Londres de cuatro gremios para formar la Gran Logia Masónica como liga universal de la humanidad. De aquí pronto pasó a Francia donde se fundó «El Gran Oriente de Francia» en 1736.

Los primeros masones, protestantes ingleses, se sentían liberados de una Iglesia dogmática que exige asentimiento a verdades reveladas. El objetivo era crear una nueva «gnosis» propia de personas ascendidas a un nivel superior y, como parte de su sincretismo, la masonería no tiene reparo en incluir también a la Biblia, la cual ponen sobre su «altar». Las logias pueden también recibir miembros de cualquier religión, quienes traen sus propios libros sagrados a los que se les da el mismo valor que a la Biblia.

La masonería se propone como la nueva religión universal mientras que las Iglesias cristianas son relegadas a la categoría de meras «sectas»; no solo explota la animosidad contra la Iglesia y el anticlericalismo, sino que los fomenta e institucionaliza.

El corazón de la masonería está en su mandato de ayuda mutua, su simbolismo, su hermetismo y sus ritos secretos. Ella niega que se trate de una doctrina y se define como un sistema particular de moral enseñada por un método que permite el libre pensamiento y la libre discusión acerca de cualquier tema, excepto el método en sí, con tal de que se respete la opinión de la mayoría.

Esta teórica «tolerancia total» termina por traducirse en un «relativismo total», es decir: no existe nada (verdad, error, pecado, norma, ética, moral, etc.) absoluto e inmutable. Más aun, tampoco interesan la verdad ni el bien moral en sí, lo realmente importante es su búsqueda. Por ello el masón rechaza cualquier verdad dogmática o moral objetiva.

Para los masones aquel que intenta vivir una fe revelada es sencillamente un intolerante. No es de extrañar por tanto su anticlericalismo, su oposición a los sacramentos cristianos y su lucha por una educación laica.

La verdadera filosofía masónica es el «humanismo secular», una ideología meramente humana proponente del racionalismo y el naturalismo. Según ella, la «naturaleza» está guiada por la razón que lleva por si sola a toda la verdad y, consecuentemente, a una utopía de «libertad, igualdad y fraternidad». Este debía ser el «novus ordo seculorum» (nuevo orden secular).

Tal filosofía es precursora de la Revolución Francesa y subsiste más tarde en la filosofía marxista y neomarxista. No tiene lugar para el Dios de la revelación, el cual aparece como un concepto y no como persona.

Desde el 24 de abril de 1738 (21 años después de la fundación de la masonería), Clemente XII escribió «In eminenti», la primera encíclica contra la masonería, y desde entonces ha estado prohibido para los católicos entrar en ella. Los cristianos ortodoxos y algunos grupos protestantes también han prohibido en diversas ocasiones la entrada de sus miembros en la masonería.

La influencia masónica ha sido y es muy poderosa, tanto en la política como en los negocios, lo que explica que cuando los masones han tomado el control de un gobierno, han establecido leyes para restringir en especial las actividades de la Iglesia Católica.

El continente americano ha sido –igual que en Europa– también profundamente afectado por la masonería. En los siglos XVIII y XIX muchos líderes –tanto de la corona española como de los movimientos independentistas– fueron masones.

Y la masonería sigue muy presente en los grupos de poder, habiendo escrito León Zeldis en el «Diario Masónico» que la Masonería tendrá en este siglo «que prestar atención a los siguientes aspectos:

- Profundizar la educación masónica dentro de las Logias, aprovechando los avances de la tecnología aplicada a la pedagogía.

- Perfeccionar la organización administrativa aprovechando los nuevos elementos de la electrónica.

- Atraer elementos de valor a la Orden, profesionales e intelectuales, políticos y científicos, artistas y escritores, y capacitar cuadros de líderes jóvenes y enérgicos.

- Estimular el estudio de la filosofía y el liberalismo.

- Dar solución al problema del papel de la mujer en la Masonería regular.

- Solucionar el problema de la «regularidad» masónica, tendiendo a estrechar la unidad masónica en todo el mundo, entre todas las instituciones masónicas que cumplan ciertos principios básicos pero sin imponer una visión determinada del sentimiento religioso.

- Evolucionar hacia una Francmasonería abierta, transparente y universalista, libre de toda discriminación religiosa o racial. Establecer mecanismos de relaciones públicas para refutar las malévolas acusaciones de nuestros enemigos.

- Prestar especial atención a la educación laica en todos los niveles de la enseñanza».

VIII. Inglaterra [arriba] 

Cuando, a fines de la Edad Media, se atenúa el poder de la Iglesia, adviene en general el absolutismo, desempeñando Inglaterra un papel preponderante en la historiografía del constitucionalismo por la eficacia y trascendencia de los esfuerzos realizados en procura de las limitaciones del poder.

Recordamos que «Con la conquista normanda se introduce el feudalismo en Inglaterra, sin destruir, sin embargo, la autoridad real. La tiranía de los reyes normandos tuvo que estrellarse contra el espíritu inglés cuando, en el año 1215, la nobleza arrancó al monarca Juan sin Tierra la llamada Carta Magna, documento trascendental, no por su originalidad, sino porque inicia el proceso ininterrumpido del constitucionalismo británico. Todo el pueblo inglés se unió contra el despotismo del rey, y los nobles, que habían respetado a Enrique II y soportado a Ricardo Corazón de León, no toleraron los abusos de un monarca derrotado, excomulgado y universalmente despreciado. Después de dirigirle un ultimátum, los barones obligaron al rey Juan a suscribir la ‘Charta libertatum’, ‘Charta baronum’ o ‘Charta Magna’... el día 15 de Junio de 1215... El contenido de este documento es muy heterogéneo. Después de una concesión hecha por el monarca a la Iglesia (confirmación de las viejas libertades eclesiásticas), la Carta se refiere a diversos privilegios y libertades concretas» (Xifra Heras).

Esta «Charta libertatum» inicia, reiteramos, un proceso cuyos principales hitos son:

a) La «Petición de Derechos» («Petition of Rights») de 1628, exigida por el Parlamento al Rey Carlos I, solemne ratificación de la
«Charta Magna» y de sus propósitos de limitar la potestad real; Carlos I intentó sojuzgar al Parlamento y lo disolvió en dos oportunidades, pero el tercer Parlamento le exigió y obtuvo la «Petición de Derechos» de 1628. Sucede más tarde un período de guerra civil, siendo ejecutado el rey Carlos I el 19 de Enero de 1649 y, dueño el Parlamento del gobierno, se implanta la república.

b) El «Acuerdo del Pueblo» («Agreement of the People»), que el ejército de Cromwell presentó a la Cámara de los Comunes y cuya idea principal era establecer, como fundamento estatal, una ley suprema superior al Parlamento, la cual reconocía derechos que ninguna autoridad podría desconocer o violar, principios consagrados en el.

c) «Instrumento de Gobierno» («Instrument of Government») de 1653, única constitución escrita que Inglaterra tuvo, rápidamente aventada por la restauración de Carlos II Estuardo en 1660;

d) la ley de Habeas Corpus («Habeas Corpus Act») de 1679 – según la cual nadie podía ser detenido más de veinticuatro horas sin ser llevado a presencia de un juez que decidía la libertad o la prisión; no se podía reencarcelar a una persona sobre el mismo cargo; se prohibía también el traslado de un preso a una prisión fuera del Reino, y se sancionaba a los funcionarios que faltasen a sus deberes– continúa el proceso que culmina con

e) la «Carta de Derechos» («Bill of Rights») de 1689, establecida en las siguientes circunstancias: en conflicto Jacobo II –sucesor de Carlos II– con el Parlamento, se vio obligado a huir a Francia, declarando aquella asamblea, entonces, el trono vacante y proclamando reyes de Inglaterra a Guillermo de Orange y su esposa María, celebrando con el Príncipe de Orange llamado al trono un pacto «para prevenir que su religión, su de-recho y sus libertades no corran nuevamente el riesgo de ser subvertidos».

Se advierte entonces que la historia política de Inglaterra se desarrolla en gran parte alrededor de la lucha entre el rey y el parlamento, y con altibajos de absolutismo y reacciones opuestas a él.

Las monarquías absolutas de los Tudor y los Estuardo12 tienen expresiones importantes en:

- Enrique VIII, que da origen al cisma anglicano13 y establece una iglesia nacional reformada.

- Isabel I, que oficializa el anglicanismo.

- Jacobo I, el teórico del derecho divino de los reyes.

- Carlos I, que se enfrenta con el parlamento.

- Carlos II, en la restauración posterior a la república.

Como hemos visto, dos reyes pierden el trono: Carlos I es ejecutado en 1648 y Jacobo II es depuesto en 1688.

La única república y la única constitución escrita conocidas en Inglaterra suceden a la caída de la monarquía en 1648: Cromwell gobierna como Lord Protector, y en 1653 se dicta el «Instrumento de Gobierno». La república dura hasta 1660, en que se restaura la monarquía.

Resulta entonces que trascendentales documentos van incorporándose a la constitución no escrita de Inglaterra: la Petición de Derechos (1628), el Bill de Habeas Corpus (1679) y el Bill de Derechos (1689), etc.

La forma de gobierno parlamentaria se consolida durante la dinastía de los Hannover14 en el siglo XVIII.

IX. La revolución de las colonias inglesas y la francesa [arriba] 

Los precitados «bill» ingleses se aplicaron en las colonias inglesas de la costa atlántica de América del Norte, constituyendo –junto con las cartas especiales concedidas a los colonos por los monarcas, tales como la de Connecticut (1662) y Rhode Island (1644), que les aseguraron la libertad civil y política y les reconocieron el derecho de establecer y organizar un gobierno propio– la esencia de las constituciones de las colonias sancionadas luego de la Declaración de Independencia (4 de julio de 1776), fundada ésta «en las leyes naturales y de Dios».

Tales constituciones coloniales, escritas e integradas por declaraciones de derechos, son antecedentes de la sanción –en 1787– de la Constitución Federal de los Estados Unidos de Norte América, difundida en Francia por obra de Benjamín Franklin y Samuel Adams.

Los impuestos con que el rey Jorge III quiso hacer participar a los colonos norteamericanos de las cargas de la guerra de Inglaterra contra Francia, hizo que todas las colonias se reunieran en Filadelfia en el Gran Congreso Continental, y que las milicias que habían luchado contra Francia se organizaran de nuevo y en Lexington derrotaran a los ingleses, hecho de armas con el que comienza en América del Norte el movimiento secesionista que había de extenderse como una mancha de aceite por todas las colonias, derivando en la guerra y en la emancipación el 4 de julio de 1776.

Posteriormente, con la Constitución de 1787, se da origen formal a un Estado que, con el transcurso del tiempo, se convierte en una de las más grandes potencias internacionales, a la vez que expande su tipología política en el constitucionalismo contemporáneo.

Por otra parte Francia, a la que se suele considerar como la cuna originaria de las constituciones escritas, en rigor imitó el ejemplo de aquellas obscuras colonias inglesas.

La Revolución Francesa de 1789 es el gran movimiento que caracteriza al siglo XVIII, lo que hace necesario el conocimiento del ambiente en el cual ella se desarrolló, y que puede resumirse en pocas palabras referidas a lo político, a lo social y a lo económico.

En lo político hay que señalar que la mayor parte de los Estados europeos de aquel siglo se caracterizan por un poder ilimitado del gobierno, autocrático, con un absolutismo que pareció alcanzar su mayor expresión en la Francia de esa época, donde la voluntad real no admite contrapesos de ninguna especie y con un desconocimiento casi absoluto de los derechos individuales.

La organización social y económica que existió en Francia hasta la Revolución consistía en una división en tres grandes cuerpos o estados: el clero, la nobleza y el tercer estado.

A su vez, el clero se dividía en alto y bajo; la nobleza en de sangre o rancia, burocrática, militar, cortesana y campesina; y la población que no pertenecía a los otros estados formaba el tercer estado, desde luego el más numeroso y de más variada composición.

A esa desigualdad social debe unirse la económica, que afectaba especialmente al estado más numeroso, agobiado por los impuestos del Estado y las cargas feudales que correspondían a los aldeanos, a más de las contribuciones locales y municipales y los diezmos eclesiásticos.

Ante ello, nació una tendencia cada vez mayor hacia el rechazo del absolutismo, propiciando un nuevo sistema en base a la libertad y a la igualdad, que no significaba el rechazo de la autoridad real, pero sí su limitación por la existencia de una asamblea general, representante de la nación y encargada de compartir la potestad legislativa.

Así estalla la Revolución durante el reinado de Luis XVI, al convocar éste a los Estados Generales, o asamblea convocada por el Rey de manera excepcional y a la que acudían representantes de cada estamento, que no se reunían desde 1614.

Con la Revolución francesa surge un período de fervor constitucionalista traducido en constituciones escritas y sistematizadas, integradas con una declaración de derechos y con los presupuestos de la distinción entre poder constituyente y poder constituido, de la división de poderes y de la supremacía de la ley, que se extiende durante el siglo XIX por América y Europa.

Y aquí es menester destacar los distintos aportes fundamentales norteamericano y francés al constitucionalismo clásico, conforme lo hace Bidart Campos.

La corriente norteamericana, cuya filiación doctrinaria proviene fundamentalmente de Montesquieu, da preponderancia fáctica, en la estructura constitucional del Estado, al poder ejecutivo sobre todos los otros, organizándolo en forma unipersonal, e independiente del órgano legislativo. El ejecutivo personalista, típico de Estados Unidos y de los Estados hispanoamericanos, se ubica en un sistema rígido de división de poderes, dentro del cual el presidente como jefe del Estado es también jefe del gobierno; el ministerio es casi un cuerpo de consejo del presidente, sin relación con el parlamento (salvo excepciones, como la Argentina); por último, la corriente americana se confunde con la república y el federalismo.

Contrariamente, la corriente francesa está más bien imbuida del pensamiento de Rousseau, que gira principalmente en torno al dogma de la voluntad popular; de ahí que la ley como expresión de esa voluntad, y que el parlamento como órgano legislativo, adquieran supremacía y configuren un sistema parlamentario de predominio de la asamblea. Como consecuencia, el órgano ejecutivo aparece como un agente del legislativo, y el gabinete o cuerpo ministerial como un órgano colegiado o plural. La división de poderes es más flexible que en la corriente norteamericana, en cuanto se produce esa conexión del ejecutivo con el parlamento y en cuanto el primero gobierna con el apoyo del segundo y responde ante él a través de los ministros. La corriente francesa va encaminada al centralismo, a la monarquía y a la forma unitaria.

La Revolución Americana, que comprende la emancipación de las colonias y su organización –primero en una confederación y luego en un Estado federal–, institucionaliza un ideario de libertad en un régimen político. La Constitución de 1787 es la primera constitución escrita de tipo moderno. El modelo republicano y federal que acoge, desempeña un rol de ejemplaridad y de imitación en todo el mundo. Por su ideología y por su praxis, la Revolución Americana es más importante que la Francesa, debiendo destacarse que aquélla:

- no fue atea.

- no incurrió en excesos.

- no desató persecuciones.

- no reemplazó el absolutismo monárquico por ningún otro.

- el curso político subsiguiente fue estable.

- no tuvo un Napoleón que se adueñara del poder con sueños imperiales.

Sin duda que Francia aporta la limitación del poder mediante constituciones escritas, pero es un aporte que en su momento no consiguió evitar el abuso del poder: por muchas décadas Francia sucumbe bajo el terror, el despotismo y la dictadura de grupos o de uno solo.

X. La reacción absolutista [arriba] 

La coalición que derrotó a Napoleón en Leipzig y Waterloo lleva al Congreso de Viena de 1815, que delimitó las grandes naciones, concediendo nueva fisonomía al mapa de Europa. Ese Congreso inicia la reacción contra las ideas revolucionarias, tratando especialmente de restaurar la monarquía en el continente europeo y de lograr la reintegración de las instituciones anteriores a la Revolución.

La Santa Alianza, formada por Rusia, Prusia y Austria, persigue aquella finalidad, restaurar el absolutismo monárquico y sentar el principio de legitimidad, que consiste en devolver el trono a las dinastías desplazadas por obra de la Revolución y de las conquistas napoleónicas.

En materia religiosa precisamente es donde se nota con claridad la reacción, oponiendo una valla a las ideas revolucionarias que atacaban la Iglesia. Y lo mismo en el campo político, con respecto al concepto de los derechos naturales y a la idea del contrato como base de la organización del Estado.

XI. La independencia de América del Sur [arriba] 

Después de la independencia de las colonias inglesas de América del norte en 1776, el siglo XIX asiste a la desmembración de los territorios de América ligados a la Corona de España.

La instalación de las Juntas en la península, que ejercen el poder durante la invasión napoleónica, pretende ser imitada en América, donde también se constituyen órganos de gobierno propio. Los criollos o patriotas van incubando la idea de independencia, entrando en lucha armada con España, prolongando la guerra aun después de la restauración de Fernando VII.

A las revoluciones por la independencia siguen los intentos por la organización de los nuevos Estados que se han declarado libres.

Brasil, la gran colonia portuguesa, con el Grito de Ipiranga, sin revolución ni guerra se emancipa de Portugal en 1822 e instaura el Imperio, que dura hasta 1889, siendo sustituido por la república.

El clima de agitación que se respira en el continente durante el período de las guerras de la independencia se ve acompañado también por luchas civiles entre distintos bandos y facciones que disputan internamente acerca del poder y de la organización de los Estados emancipados.

Y a lo que antecede corresponde agregar la lucha contra la invasión portuguesa en el Río de la Plata.

Ahora bien, si se encaran rápidamente las ideas políticas en esta parte de América dentro de la primera mitad del siglo XIX, se destaca ante todo que las manifestaciones integrantes de ese ideario carecen de mayor originalidad, trasuntando siempre reflejos o repercusiones del movimiento general de ideas que caracteriza a Europa en el siglo XVIII, siendo así que los primeros hombres de la revolución sudamericana aparecen como discípulos del gran movimiento francés de 1789, aun cuando luego amplíen sus horizontes, por más que con ello no lleguen a constituirse jefes de ninguna escuela de pensamiento en los órdenes político, económico filosófico y social.

No hubo entonces originalidad, ni tampoco especulación filosófica, en forma que, estrictamente, el pensamiento de tales hombres se discierne de la acción que ellos pudieron desarrollar como verdaderos políticos militantes.

XII. Las revoluciones europeas [arriba] 

Durante la primera mitad del siglo XIX, casi todos los países europeos vivieron una época de transición sumamente agitada, enfrentados a dos grandes problemas: el primero, la restauración absolutista, de la que nos hemos ocupado supra; y el segundo, la revolución industrial, de la que trataremos más adelante.

De esta manera, Europa vivió un clima de tensión que en repetidas oportunidades culminó en sangrientos estallidos de violencia, unos, tendentes a lograr la caída del absolutismo y su reemplazo por regímenes liberales, y otros, de marcado tinte social en pro de satisfacer reclamos populares.

La Restauración, tras la caída de Napoleón I en 1814, había devuelto el trono de Francia a los Borbones: Luis XVIII y su sucesor Carlos X intentaron reprimir violentamente los principios liberales que habían prendido en el pueblo, pero sólo lograron fomentar el descontento general y el deseo mayoritario de dar al país un gobierno democrático basado en una Constitución.

En julio de 1830 estalló la revuelta; en pocas horas París se cubrió de barricadas como en 1789 y durante tres días –las «Jornadas Gloriosas»– los rebeldes, enarbolando la bandera tricolor, sostuvieron una lucha encarnizada contra las fuerzas policiales. El gobierno no pudo dominar la rebelión y entonces Carlos X, en medio del júbilo general abdicó al trono y, junto con su familia, huyó a Inglaterra. Con él concluía la dinastía de los Borbones y el liberalismo triunfaba nuevamente en Francia contra el absolutismo.

Esta victoria conmovió a Europa y poco después, en numerosos países estallaron movimientos revolucionarios similares –principal mente en Polonia, Bélgica y España– que contribuyeron a dar el golpe de gracia a la Santa Alianza.

Fue entonces cuando en Francia los republicanos, que parecían ser mayoría, pensaron proclamar la república, pero al no ponerse de acuerdo aceptaron conservar la monarquía y ofrecieron la corona al duque de Orleáns, Luis Felipe, primo del anterior monarca y de ideas aparentemente democráticas.

El reinado de Luis Felipe coincidió con una de las etapas más borrascosas de la historia francesa. El panorama político era sumamente confuso dada la existencia de grandes partidos opuestos entre sí (legitimistas, republicanos y bonapartistas) y además enemistados con el monarca. Pero con todo, las mayores dificultades las causaba el naciente movimiento obrero y el hecho de que las clases populares veían con desesperación que la monarquía liberal se demostraba incapaz de remediar su miseria.

En ese ambiente de disconformidad nuevamente se levantaron las barricadas en febrero de 1848 y, luego de dos días de combate, Luis Felipe abandonó las Tullerías, huyendo también a Inglaterra junto con su familia. El Conde de París, nieto del monarca, se presentó ante las Cámaras reclamando el trono, pero la Asamblea, copada por los republicanos, desconoció sus derechos y proclamó la república.

Esta revolución, al igual que la de 1789, tuvo resonancia mundial: numerosos países, entre ellos Alemania, Austria e Italia, se vieron sacudidos en ese mismo año por graves revueltas populares.

XIII. Recuperación del constitucionalismo liberal y la cuestión social [arriba] 

Tras la reacción que significó aquel retorno a los gobiernos absolutistas, para mantener el orden europeo y oponerse a las reivindicaciones liberales y nacionales, el constitucionalismo se recuperó en la segunda mitad del siglo XIX, aunque inspirándose en una concepción abstracta, negativa, burguesa e individualista de la libertad.

Y esta concepción entró en crisis bajo el fantástico desarrollo del industrialismo. Existe un proceso de cambio que se inició hace más de doscientos años, que va sufriendo toda sociedad que pasa de ser de tipo agrario a de tipo urbano e industrial y que se está llevando a cabo en todo el mundo, aunque por cierto no de modo uniforme (de ahí la tan mentada clasificación de países «subdesarrollados», «en vías de desarrollo» y «desarrollados»).

A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, y especialmente en Inglaterra, comienza el reemplazo, en forma sistemática y progresiva, de la potencia muscular –humana y animal– por la de las máquinas en el proceso productivo, fenómeno conocido como «industrialización», la que influye grandemente sobre la movilidad funcional, por el paso de la población activa desde las actividades primarias (agricultura y ganadería, caza y pesca, extracción de minerales, etc.) a las secundarias (industrias para la transformación de las materias primas) y, sobre todo, a las terciarias (transportes y comunicaciones, comercio y finanzas) y cuaternarias (los servicios en general, públicos y privados).

Por lo mismo, en razón de ser el campo el lugar propio de las actividades primarias y la ciudad el de las otras, se produce una mayor concentración de la población en las ciudades o «urbanización», la que por las injusticias que posibilitaba al permitir el avance del capitalismo dominador e imperialista, profundiza la llamada «cuestión social» en términos cada vez más graves y premiosos.

Desde un punto de vista nominal, puede definirse la cuestión social diciendo que es la que propone el desorden o mal social para que sea estudiado y discutido con el fin de hallar la verdad sobre su naturaleza, sus causas y sus remedios. Desde un punto de vista real, como el desorden o mal social es múltiple, la cuestión social tiene diversas acepciones o sentidos:

a) Sentido amplísimo: comprende todos los arduos problemas de la sociedad humana, de cualquier naturaleza que sean (religiosos, morales, económicos, políticos, etc.).

b) Sentido amplio: es el malestar y descontento de los hombres que componen la clase pobre, víctima de una desigualdad social injusta, por excesiva.

c) Sentido estricto: es la cuestión obrera; también las clases medias, los pequeños comerciantes, industriales y agricultores, se hallan más de una vez en situación precaria y en peligro de ser absorbidos por el gran comercio, industria y agricultura, pero, en general, es la clase obrera la que más sufre los efectos de las injusticias.

Ahora bien, atendiendo al uso común de la locución «cuestión social», pensamos con Bidart Campos que por ésta debe entenderse el problema –y su solución– en torno de las relaciones entre capital y trabajo, clases sociales y factores de la producción, con particular referencia a los sectores más pobres y desprotegidos de la sociedad y al trabajo de los obreros. El término «cuestión social» denota que no se trata de una mera cuestión económica, aunque lo económico esté comprometido en ella, sino de algo mucho más amplio, que incluye lo espiritual, cultural, etc.

XIV. Justicia social y constitucionalismo social [arriba] 

Ahora bien, como hemos visto los años 1830 y 1848 marcan dos hitos en la historia política de Europa, porque en ambas fechas se producen movimientos revolucionarios de recepción inusitada. Los dos tienen origen en Francia. La revolución de 1830 (contra Carlos X), fue de los liberales contra los absolutistas, mientras que la explosión de 1848 (contra Luis Felipe de Orleáns) fue una revolución social más que política, ya que lo que se pretendía eran reformas sociales que pusieran fin a la oposición de pobres y ricos.

Surgen, entonces, regímenes de fuerza distantes y rivales, que buscan su justificación en concepciones diversas, pero igualmente absurdas e inadmisibles; nos referimos, por ejemplo, al comunismo ruso que, como régimen político, continuó en cierto modo la tradición absolutista del zarismo, sacrificando a la persona humana bajo el pretexto de que la revolución proletaria necesitaba dotarse de una organización que estructurase la «dictadura del proletariado» y eliminase la causa de la explotación del hombre por el hombre, o sea, la propiedad privada de los medios de producción; pero también a sistemas como el nacionalsocialista y el fascista, caracterizados, en cuanto regímenes políticos, por las siguientes notas: a) asumen una ideología oficial o cuerpo de doctrinas, que importa una cosmovisión y que se ofrece a las masas bajo aspecto de mito político (el de la pureza de la raza en Alemania, y el de la nación en Italia); b) acogen un nacionalismo extremo, donde al igual que en el mito, prevalece lo irracional; c) tienen un jefe o conductor carismático (Führer o Duce) que se reputa intérprete del pueblo; d) utilizan el sistema de partido único; e) el Estado monopoliza la propaganda política y forja la opinión pública oficial, cuya ortodoxia vigila con medios policíacos; y f) el Estado interviene y dirige la economía. pero también el denominado «constitucionalismo social» –que aparece con la constitución mexicana de 1917 y alcanza difusión mundial con la alemana de Weimar de 1919–, positivo en cuanto respete los principios eternos del Derecho y busque resolver aquella cuestión a la luz de la justicia social.

Sobre la «justicia social», transcribimos a Menéndez Reigada:

«¿Se confunde entonces la justicia social con alguna de esas partes de la justicia, de antiguo conocidas y estudiadas?... Confundirse del todo, no; pero entra dentro del ambiente de la justicia distributiva, ya que tiene por objeto hacer que el bien común venga a serlo de veras; que de él participen en mayor o menor grado hasta los más incapaces y los más desheredados, tan sólo por ser miembros de la sociedad; y que, en fin, venga a ser una verdad que el hombre nace con derechos, que para ser efectivos tienen que hallar enfrente deberes, y que el hombre nace en sociedad y para vivir en sociedad, la cual tiene por fin y objeto ayudar al hombre, a todo hombre, y suplir sus naturales deficiencias en orden a la consecución de su fin. Su función (de la justicia en trato) es función distributiva, en proporción acomodada a sostener mejor el equilibrio social... Su sujeto activo o deudor es la Sociedad misma, la cual no sólo está representada por el Estado o Poder Público, sino que también puede estarlo circunstancialmente por otras instituciones de Derecho público y aún de Derecho privado y aún por simples particulares (el dueño de una empresa, por ejemplo), a los cuales pueden en ciertos casos competir esa función distribuidora. Su diferencia, respecto de la justicia distributiva en sentido clásico o vulgar de dar a cada uno su merecido, y de la que viene a ser como una subespecie de superior y más amplio sentido, es que la razón de deuda se afloja y se amplía, transfiriéndose, no a hechos o merecimientos personales concretos, sino a la persona misma, como miembro de la sociedad. Y su razón de ser y su fundamento, en fin, consiste en el ser del hombre, por naturaleza, miembro de una sociedad de hombres, de algún modo iguales y obligados moralmente entre sí a la ayuda mutua, como ya había visto Aristóteles y había dado por bueno santo Tomás al comentarle».

«La justicia social -escribe Pedro J. Fríasestá más allá d la conmutativa que se satisface con el equilibrio de las contraprestaciones y de la justicia distributiva que sólo atiende al mérito de las partes. La justicia social exige también lo que es debido a la condición de persona, aunque careciera de méritos». Para ello es menester, a nuestro juicio, que se recepte la doctrina de los derechos naturales del iusnaturalismo clásico, la cual, a diferencia de la concepción dominante en las constituciones del siglo pasado, antes referida,

a) Afirma la compenetración entre derecho y deber.

b) Por lo general no utiliza la expresión «derechos individuales», la que se presta a equívocos por la posibilidad de darles una interpretación individualista, egoísta, en pugna con la radical sociabilidad del hombre; y de contemplar a éste sólo en abstracto, olvidando los organismos sociales en los que naturalmente actúa y sin reconocer, por tanto, los derechos de estos últimos relativos a su constitución, defensa y cumplimiento de sus fines (superación de la concepción individualista de la libertad).

c) No entiende que sólo se trata de declarar los derechos a la vez que limitar al Estado, quien debería reducirse a omitir todo daño a aquéllos y depararles protección suficiente, pues considera que la sociedad política debe poner las condiciones para que los derechos o libertades se concreten (superación de la concepción abstracta y negativa).

d) No se limita a confeccionar un catálogo de derechos apropiado para quien haya superado las exigencias vitales primarias, para quien goza de una cierta independencia económica, omitiendo derechos naturales tan evidentes como el atinente a la vida o, mejor, a una vida humana digna (superación de la concepción burguesa).

e) No pretende establecer para todos los tiempos una tabla de derechos ya que, siendo las declaraciones de derechos «puestas» por los hombres en el campo de la historia (aunque registrando, desenvolviendo y sancionando el orden natural), aparecen en ciertos aspectos condicionadas por las circunstancias de tiempo y lugar, de donde al variar éstas puede resultar de rigor el ajuste de aquéllas, por estrechas o innecesarias para el nuevo contorno.

En estos momentos angustiosos que vive la humanidad el constitucionalismo, abonado por la gravitación de la justicia social, es medio imprescindible en orden a la necesidad de lograr una efectiva paz, social y política, marcando la función social de los derechos y permitiendo estructurar un orden social y económico que permita a los hombres igualdad de oportunidades y el ejercicio real y efectivo de sus libertades para el cumplimiento de sus auténticos fines. Escribe Bidart Campos que «Dikelógicamente, las aspiraciones del constitucionalismo social merecen valorarse como justas. No sólo se encarga de señalar las injusticias del orden de repartos, sino de encontrar cómo atribuir a alguien el deber personal de actuar para remediarlas. Ahora bien: también dikelógicamente la justicia señala que el bienestar social no puede lograrse en detrimento de la democracia, o sea, con violación de la libertad y los derechos personales. El estado totalitario no es un estado de bienestar social, aunque formalmente se enrole acaso en los cuadros del constitucionalismo social. Tampoco la intervención estatal ha de sofocar la libre iniciativa privada de los hombres y de los grupos sociales; el principio de subsidiariedad –que predica la coordinación, la ayuda, el estímulo y la suplencia de aquella iniciativa privada por parte del estado– juega como una justa distribución de competencias entre la acción gubernativa y la libertad de los particulares. Que el estado acuda en auxilio de los hombres cuando la actividad de éstos acusa insuficiencia, falencia o ineficacia, es un imperativo de la justicia; pero que directamente asuma por sí lo que la actividad privada es capaz de realizar con eficiencia, no sólo hiere a la justicia, sino que trastorna el orden social, embotando la energía y la capacidad de la persona humana y de los grupos sociales.

XV. El nuevo estado autoritario [arriba] 

El conflicto bélico que envolvió al mundo durante el período extendido de 1914 a 1918 provoca importantes alteraciones en el mapa de Europa, creando un nuevo orden político, sobre la base de la caída de algunos imperios y el nacimiento de varios Estados, determinando asimismo en el período inmediato a la paz, ciertos hechos que pueden significarse como consecuencia directa de las restricciones que en distintos aspectos impone el estado de guerra. Así, en la esfera de lo moral se produjo un verdadero desenfreno como obligada antítesis de la larga cadena de privaciones sufridas, produciéndose también un desenfreno en el campo de la política provocado por el fortalecimiento del poder durante la guerra y que marca una evidente tendencia hacia los gobiernos populares en base a formas directas y la Constitución alemana de Weimar es ejemplo en tal sentido.

Esa Constitución sirvió como modelo para otras que caracterizan esa era constitucional por la que atravesó Europa a partir de 1920. Pero las circunstancias de la postguerra eran muy críticas y difíciles de enfrentar para cualquier forma de organización de la autoridad, pues la guerra hizo agudizar problemas sociales y económicos existentes ya desde la última etapa del siglo XIX. De todas maneras, lo real ha sido que las democracias no revelaron aptitud suficiente para encarar las soluciones que eran tan necesarias como urgentes en esos momentos cruciales para la humanidad y cedieron el paso a nuevas formas de organización estadual, opuestas a sus principios, como la soviética, la italiana y la alemana.

XVI. Rusia [arriba] 

Este país era, en los comienzos del siglo pasado, el Imperio de los Zares, con un régimen autocrático cuyos caracteres representan un antecedente directo de su propia caída en 1917, y de la radical transformación que tanta trascendencia alcanza aun en nuestra época.

Cuando la Revolución de febrero de 1917 derrocó al zar Nicolás II y llevó al gobierno al socialista Alexander Kerenski, Lenin (sobrenombre de Vladimir Ilich Ulianov) regresó de Suiza velozmente a Rusia con la ayuda del Estado Mayor alemán, que lo consideraba un agitador capaz de debilitar a Rusia, uno de los enemigos del Imperio germano en la Primera Guerra Mundial.

Ya en Rusia, Lenin ordenó a los bolcheviques cesar en el apoyo al gobierno provisional de Kerenski y preparar su propia revolución mediante la reclamación de «todo el poder para los sóviets»15.

Un primer intento fracasado en julio le obligó a refugiarse en Finlandia, dejando que fuera Lev Davídovich Bronshtein, conocido como León Trotsky, quien dirigiera al partido para tomar el poder mediante un golpe de Estado. En los primeros días de noviembre de
1917 (conforme al calendario occidental), el golpe se convirtió en la triunfante Revolución de Octubre gracias a la estrategia bolchevique16 de centrar sus demandas en el fin de la guerra (lo que les atrajo el apoyo de los soldados y las clases populares) y el reparto de tierras (que les permitió contar con la simpatía del campesinado).

Lenin regresó enseguida para presidir el nuevo gobierno o Consejo de Comisarios del Pueblo.

Como líder indiscutido del Partido (que en 1918 pasó a llamarse Partido Comunista), dirigió desde entonces la edificación del primer Estado socialista de la historia. Cumplió sus promesas iniciales al apartar a Rusia de la guerra por la Paz de Brest-Litowsk (1918) y repartir a los campesinos tierras expropiadas a los grandes terratenientes. Pero, consciente del carácter minoritario de sus ideas radicales, demostrado por los resultados electorales, despreció la tradición democrática del socialismo occidental y adoptó una violenta dictadura de partido único, empleando métodos brutales de represión: disolvió la Asamblea Constituyente (1918), proscribió a la oposición y creó una policía política para perseguir a los disidentes.

A la muerte de Lenin, en 1924, el poder supremo de Rusia fue disputado durante varios años por su brazo derecho, Trotzky, Comisario de Guerra, y por el georgiano José Vissarionovich (a) Stalin, Secretario del Partido Comunista. En realidad, la rivalidad entre ambos, más que personal, se refería a la conducción del comunismo. Trotzky, intelectual e idealista, era partidario de extender la revolución por la violencia y de un modo inmediato a todos los países, apoyándose en sus masas obreras. Stalin, más astuto y realista, confiaba en el elemento campesino y sostenía la necesidad de consolidar al régimen primeramente en Rusia, ante de llevarlo a los países extranjeros.

Al final, luego de una larga lucha, se impuso Stalin, quien obligó a Trotzky a exilarse, hasta caer asesinado en 1940 en México, por un esbirro de aquél, a pesar de cuya muerte el trotskismo siguió siendo la corriente violenta del Partido y siempre contó con simpatizantes en el comunismo de todos los países.

Stalin, más extremista que el mismo Lenin, reformó en 1936 la Constitución del Estado, suprimiendo los aspectos democráticos que aun restaban, entyre ellos la división o separación de poderes y el sufragio universal, otorgado en adelante solo a los trabajadores.

Disconforme con los resultados de la Nueva Economía Política proclamada por Lenin, desde un comienzo impuso una férrea dictadura, siendo su primer proyecto completar la colectivización de la agricultura, para lo cual desató una violenta persecución de exterminio contra los campesinos ricos o kulaks, resueltos a conservar sus propiedades.

También intentó lograr las metas de producción y desarrollo que el régimen se había propuesto, apelando a las más drásticas medidas; y en pocos años Rusia se vio dueña de una gran industria pesada.

La instrucción pública, en todos sus niveles, recibió un vigoroso impulso, aunque obviamente el mismo era para obtener el adoctrinamiento marxista de la juventud.

La legislación laboral, la asistencia social y otras medidas dotaron a la clase trabajadora de mejoras y de una sensible elevación de su nivel de vida. Pero ellas no se lograron sino a costa de la pérdida de la libertad con el consiguiente total sometimiento al Estado. El espionaje, la delación, etc., fueron impuestos a la población mediante una actividad policial científicamente organizada con capacidad para recurrir a cualquier método.

Stalin se mantuvo en el poder hasta su muerte, acaecida en 1953, habiendo sido su mayor éxito el logrado con el triunfo en la Segunda Guerra Mundial.

Con el régimen soviético Rusia se convirtió en el centro de irradiación del marxismo hacia el mundo, apoyando e incluso sosteniendo económicamente a los partidos izquierdistas, hecho que configura una indudable intromisión en la vida interna de los Estados. Así, el comunismo estuvo a punto de triunfar e incluso triunfó en varios países, como en Cuba.

XVII. Italia [arriba] 

A pesar de haber sufrido casi un millón de bajas durante la Primera Guerra Mundial, finalizada la misma sus aliados se negaron a acceder a sus reclamaciones, como a la entrega de Fiume en Dalmacia o a darle participación en el reparto de las colonias alemanas y turcas.

Apareció entonces el descontento político del pueblo italiano por los Tratados de Paz, a lo que se unió la deplorable situación económica, la desocupación y la miseria, todo lo cual creó un ambiente de desórdenes callejeros, huelgas y un gran avance de las ideas marxistas.

Un experiodista y exsocialista, Benito Mussolini, se convirtió en adversario tanto del capitalismo que había defraudado a Italia como del comunismo que pretendía subordinarla a Rusia, y obsesionado por el mantenimiento del orden fundó en marzo de 1919, en Milán, el Partido Fascista, opuesto a ambas tendencias.

Arreciaron las luchas, verdaderamente feroces, entre comunistas, socialistas y fascistas, predominando poco a poco estos últimos en virtud de su cuidadosa organización; y todo ello en medio de la desorientación que la impotencia del gobierno generaba. Mussolini juzgó llegado el momento de quebrar el viejo liberalismo italiano y así se organiza la marcha sobre Roma. El rey Victorio Manuel III se opuso a las medidas de fuerza por las cuales se pensaba intentar la contención de los fascistas en marcha, actitud que ocasiona la renuncia del gabinete ministerial, ante la inminente llegada de los revolucionarios que ya comenzaban a concentrarse en las cercanías de Roma; y como fracasase la organización de un nuevo ministerio, el rey optó por confiar la misión a Mussolini, el 29 de octubre de 1922.

Las elecciones que siguieron otorgaron al Duce una mayoría de cuatro millones de votos contra dos y medio de la oposición (socialistas, católicos y liberales). Por la violencia, pero también por la convicción, la oposición fue disminuyendo y el poder del fascismo afirmándose hasta dar lugar a la concepción del Estado totalitario.

El movimiento fascista se basaba en la teoría del Estado totalitario, dueño de todos los derechos y al que todo tiene que estar sometido, propiciando la implantación de la dictadura estatal. Como emblema del Partido se adoptaron los «fascios romanos», esto es, las hachas rodeadas de varas que acompañaban a los antiguos cónsules como símbolo de su poder.

Mussolini, proclamado Duce (Conductor) disolvió todos los partidos políticos fuera del fascismo y estableció una verdadera dictadura. El rey sólo conservó una autoridad nominal, ya que el ejercicio real del poder correspondía al Duce, Jefe del Gobierno, asesorado por el Gran Consejo Fascista, compuesto por treinta de los más antiguos miembros del Partido. Una Cámara de Corporaciones, integrada por representantes de diversos grupos sociales preparaba las leyes.

La Policía Política (OVRA) limitó irrazonablemente las actividades privadas y organizó una sistemática persecución a los opositores.

Obtenido así el sometimiento general, el fascismo dedicó entonces sus esfuerzos al intento de lograr el progreso técnico y económico. Durante el fascismo las industrias, sobre todo las pesadas, tuvieron gran desarrollo; se realizaron grandes obras públicas, se cuidó la educación física e intelectual de la juventud, pero empapándola de los principios fascistas; etc.

Los obreros y sus organizaciones contaron con la Carta del Laboro, verdadera Constitución del Trabajo que, aunque les otorgaba numerosos beneficios, les restringía a la vez la libertad.

Se crearon unas modernas y poderosas Fuerzas Armadas, que si bien convirtieron a Italia en una potencia militar, la incitaron a embarcarse en aventuras de conquistas y en la Segunda Guerra Mundial.

La cuestión romana o pontificia, que desde la época de Víctor Manuel II y Garibaldi había sido fuente inagotable de suspicacia y aun de hostilidad entre el Vaticano y el gobierno, fue resuelta por el Duce en forma hábil merced al Tratado de Letrán, del 11 de febrero de 1929, el cual comprende tres acuerdos: uno político, creando la Ciudad del Vaticano como Estado soberano; otro financiero, por el que Italia paga una fuerte indemnización; y uno religioso, regulando la situación de la religión17.

En cuanto al cuadro que ofrece la realidad del Estado fascista, dejando de lado el aspecto teórico, se puede llegar a una conclusión que nos muestra la interdependencia entre Estado y Partido, más que la preeminencia de uno u otro término.

El Partido ha dotado de vida al nuevo Estado, proveyéndole de un gobierno que ha salido de él mismo; ejerce un riguroso control sobre el Estado; y además, tiene el máximo alcance con respecto a la vida nacional, es decir, se coloca en un plano eminentemente relevante, siendo de existencia imprescindible. Pero el Estado es una realidad evidente, fuera de la cual el fascismo nada concibe; dentro de su estructura debe comprenderse todo y, entonces, también el Partido.

El fascismo es antidemocrático, negando que el número, por el sólo hecho de ser número, pueda dirigir a la sociedad humana; niega que ese número pueda gobernar, por medio de una consulta periódica; afirma la desigualdad irremediable, fecunda y benéfica de los hombres, que no pueden volverse iguales por un hecho mecánico y extrínseco, tal como el sufragio universal, definiendo Mussolini los regímenes democráticos como «aquellos en los cuales se da al pueblo, de vez en cuando, la ilusión de ser soberano, cuando la soberanía verdadera y efectiva reside en otras fuerzas, a veces irresponsables y secretas».

Y para ir terminando, Aliada Italia con Alemania y Japón durante la Segunda Guerra Mundial, el pueblo italiano termina odiando al fascismo, al que identifica con los desastres de la guerra, y el 25 de julio de 1943 Mussolini es detenido. Devueltas al rey las prerrogativas constitucionales, encarga al mariscal Pietro Badoglio formar gabinete. Bombardeada Roma el 13 de agosto, es declarada ciudad abierta al día siguiente. Mientras tanto los alemanes se infiltran por todas partes y contra ellos se organizan fuerzas clandestinas de resistencia. Lo que sigue no es para ser descrito aquí. Finalmente se inician las negociaciones entre Aliados y resistentes de una parte, fascistas y alemanes de la otra. Oculto en un camión germano, Benito Mussolini huye de Milán el 27 de abril de 1945, pero es descubierto y detenido a orillas del lago Como. Una especie de tribunal popular le condena y ejecuta.

XVIII. Alemania [arriba] 

Adolfo Hitler había sido un agitador, jefe del partido nacionalsocialista (o nazi) que al principio tuvo pocos adeptos a su política. Era de humilde cuna y había luchado con valor en la Primera Guerra Mundial. Nacido en una villa austríaca cercana a Baviera, se creyó predestinado (así lo declara en su famoso libro Mein Kampf) para lograr el Anschluss o incorporación de Austria al Reich alemán.

Desdeñando la Constitución alemana de Weimar de 1919 y apoyándose en el partido, Hitler se ofrecía, a través de la revolución nacionalsocialista como el forjador de la nueva Alemania. Ante todas las interpretaciones acerca de las causas de crecimiento del partido nacionalsocialista está el simple hecho de que sus mandatos parlamentarios crecen paralelos a las cifras de paro y en 1932 se ha convertido en un partido de masas. Mas es cierto que encuentra un valioso aliado en aquellas antiguas derechas que se abandonan a la ilusión de encontrar en Hitler el guía que lleve a las masas a esas derechas tradicionales y constituya el contrapeso contra el comunismo.

En 1933, al convertirse en mayoría, el presidente Hindemburg designó a Hitler Canciller Alemán, entregándole la conducción del gobierno. El incendio del Reichstag (parlamento alemán) en el año 1933 (nunca aclarado respecto de sus autores, nazis o comunistas), dio pie a Hitler, canciller a la sazón, para tomar severas medidas represivas. En agosto de 1934 y después de la muerte de Paul von Beneckendorff und von Hindenburg, una ley aprobada por el Consejo de Ministros unificó los cargos de canciller y presidente del Reich alemán, y el pueblo consultado mediante un plebiscito lo consagró «Presidente de Alemania», proclamándolo Fûhrer, quedando de tal modo todo el poder en manos de Hitler, el ídolo popular del momento.

Desde un comienzo Hitler implantó la dictadura totalitaria. Abolió los partidos políticos convirtiendo en delito de traición a la patria la oposición a su movimiento, asumiendo el control de toda la vida nacional.

Postulados de su política fueron el racismo, mediante una cruel persecución antisemita; la supresión del régimen parlamentario; la lucha contra el marxismo; la entronización del Estado como único y absoluto poder; la reconstrucción de la Gran Alemania, dividida luego de la Primera Guerra Mundial.

En el camino de esas realizaciones, en 1934 el Fûhrer dispuso el rearme del país y en marzo de 1935 decretó el servicio militar obligatorio, lo que equivalía a la renuncia del Tratado de Versalles, que terminó con la Primera Guerra Mundial y que puso el germen para la Segunda con varias injustas medidas en contra de Alemania. A principios del mismo año se celebró el plebiscito del Sarre, que resultó favorable a la reincorporación a Alemania18. En Junio se firma el acuerdo naval con Inglaterra19. Cuando Italia emprende la conquista de Etiopía20, Alemania se pone de su lado y le da facilidades para salir de su aislamiento, lo cual determina el acercamiento de Italia a Alemania. En marzo de 1936 Hitler ocupa la Renania.21

En noviembre de 1937 se firma un acuerdo anticomunista con el Japón e Italia, acuerdo que en septiembre de 1940 se convierte en el famoso Pacto Tripartito. En marzo de 1938 Austria es a su vez invadida y anexada al Reich, lo que deja a Checoslovaquia en situación difícil, pues casi todas sus fronteras quedan envueltas por la Gran Alemania. Posteriormente, en 1939, los alemanes ocupan el país checo, procede a la constitución de los protectorados de Bohemia y Moravia y a la formación del Estado eslovaco independiente bajo los auspicios de Alemania, Finalmente, el primero de septiembre de 1939 estalla la que sería la Segunda Guerra Mundial. En los últimos días de abril de 1945, Hitler se suicida en compañía de su ya esposa Eva Braun.

Alemania había sido… Y, sin embargo, los años de paz precaria que siguieron vinieron a demostrar lo indispensable de su existencia y la conveniencia, para los países occidentales, de ayudar a la reconstitución del Estado alemán.

Hay que señalar que por su vertiente ideológica, y mucho más por la diabólica puesta en acción de que fue objeto, la doctrina nacional socialista puede tildarse como uno de los peores maquiavelismos de los últimos tiempos, haciendo renacer el Leviatan de Hobbes22 bajo el símbolo pagano de la cruz svástica.

XIX. Jacobinismo, nazismo, comunismo y Dios [arriba] 

A esta altura recordamos que informaba «ZENIT.org», que se había publicado el libro de Rosa Alberoni (esposa de Francesco Alberoni, uno de los sociólogos más famosos de Italia) «La expulsión de Cristo», en el que presenta los horrores creados por las ideologías que han querido rechazar a Dios en la historia, describiendo la profesora Alberoni el jacobinismo, el comunismo y el nazismo como tres consecuencias de esta animadversión, partiendo de la consideración de que la historia ha demostrado que luchar contra Dios para extirparlo del corazón de los hombres lleva a la humanidad atemorizada y empobrecida a opciones sin futuro. La profesora universitaria en Milán, también periodista (publica en «Il Corriere della Sera») y escritora, en una entrevista sostiene que la Ilustración y, sobre todo demagogos como Jean-Jacques Rousseau, han tenido por objetivo eliminar a Dios, negar a Cristo, legitimar la dictadura, anular a los individuos y difundir el paganismo, siendo constatación incontestable los campos de concentración y los dictadores como Robespierre, Stalin y Hitler (consecuencias de los modelos de sociedad propuestos por Rousseau y por Marx). Explica que en la historia de la expulsión de Cristo de Europa, el puesto más eminente es de Rousseau, el cabeza de los anticristos, quien con la idea del «buen salvaje», niega la Creación hecha por Dios y la Redención del hombre por Cristo, y rechaza todo progreso histórico, porque sería expresión de corrupción y degeneración, siendo que para él las causas primeras de la degeneración del «buen salvaje» son nada menos que el uso de la libertad y la familia. Agrega que en su obra el «Contrato social», el francés diseña una sociedad inhumana, donde los hombres «ceden», sin posibilidad de vuelta atrás, toda su humanidad al «Cuerpo soberano», que gobierna mediante una divinidad abstracta que es la «Voluntad General», la que dio legitimidad al totalitarismo, un modelo tomado como ejemplo por las peores dictaduras del siglo XX: comunismo y nazismo. Agrega que la Revolución francesa no fue sólo una guerra entre aristocracia y burguesía naciente, sino también una guerra contra el cristianismo, para apoyar las divinidades e ídolos de una nueva religión, llamada «de las luces», siempre con la intención de expulsar a Cristo y su mensaje revolucionario y redentor. Rousseau, Condorcet, Robespierre, negaron a Dios y expulsaron a Cristo, presentándonos primero un dios de los deístas, indeterminado, sin nombre, sin una historia sagrada, luego el dios de los masones, el Gran Arquitecto del Universo, la «Voluntad general», la «diosa razón» de los jacobinos, a quien incluso se le tributa culto público; todos dioses que tienen un solo adversario: Cristo. Sostiene que Jesús es el más grande revolucionario de la historia, porque proclama que todos los hombres son hermanos y por tanto iguales ante el Padre, eliminando las barreras de la dignidad humana, puestas desde los orígenes de la historia entre nobles y plebeyos, fuertes, sanos y guapos, y lisiados y marginados. Con su revelación, Jesús da a cada uno la certeza de que el Padre ama a todos los hijos del mismo modo. Añade que al Padre no le interesan las diferencias físicas, raciales, sociales, culturales de los propios hijos sino sólo la pureza de su corazón, su actuación en la tierra. Porque el suyo es un Reino del Espíritu, que es eterno, y no de la materia contingente. Explica que Jesús conquista primero el corazón y luego la mente de los hombres, saca de sus goznes a la antigua mentalidad pagana, revoluciona la esencia del ser humano y de su ser en el mundo. El adviento de Cristo ilumina el progreso terrestre con la esperanza: los creyentes tienen la esperanza de que venimos de Dios y a Dios volveremos. El paso por la tierra es una peregrinación, una prueba para reconquistar el Paraíso perdido. Cualquiera puede redimirse con sus propias acciones y con actos de amor. Pero incluso para quien no cree, el itinerario histórico está lleno de sentido porque sabe que lo que cumple y produce en el tiempo es útil para el porvenir. El cristianismo rompe los ciclos de la mentalidad pagana, rechaza el hado y con él la idea del carácter inevitable de la destrucción de las civilizaciones, y confía a la responsabilidad del hombre el propio porvenir, además de asegurarlo con la presencia constante de la Providencia. El cristianismo da un sentido y una meta a la vida terrena. Añade que no se puede de verdad expulsar a Cristo de la historia, pero a los cristianos, sí; que tenemos hoy otras civilizaciones que ven a las naciones que han construido una civilización cristiana desde hace dos mil años, sobre todo en Europa, como un territorio a conquistar; y que en consecuencia hace falta que los hijos de la civilización cristiana, creyentes y no creyentes, se despierten y defiendan la propia identidad, es decir la propia cultura y tradición, que está seriamente amenazada, pues si cedemos a la tentación del miedo y el relativismo, pronto acabaremos siendo esclavos, y muchos serán mártires como ya sucedió con el jacobinismo, el comunismo y el nazismo.

XX. Más sobre el siglo XX y algo sobre el actual [arriba] 

Como hemos visto, el siglo XX ha conocido los totalitarismos rojo y marrón, pero también las dos guerras mundiales, el fin del colonialismo político, las dictaduras de tipo consular23 (como las sudamericanas), la conclusión de la guerra fría, los procesos de integración, la globalización y otros avatares, algunos de los cuales trataremos a continuación.

XXI. Sobre la Iglesia y el Estado [arriba] 

Veamos las diversas concepciones sobre sus relaciones y, con los riesgos propios del caso, podemos esquematizarlas de la siguiente forma:

a) Iglesia subordinada al Estado.

El gobernante político es a la vez jefe de la Iglesia, ejercitando indistintamente el gobierno del Estado y de aquélla. Es el «césaropapismo» (porque el jefe del Estado es a la vez «César» y «Papa») o «bizantinismo» (ya que fueron los emperadores de Bizancio los que insinuaron este régimen), vigente por ejemplo en la Iglesia Ortodoxa Rusa bajo los zares y en Gran Bretaña cuando, en 1534, el Parlamento proclamó a Enrique VIII «único jefe supremo de la Iglesia de Inglaterra».

El «jurisdiccionalismo» y sus diversas especies («galicanismo», «episcopalismo», «regalismo», etc.) son una forma atenuada de «césaro-papismo», desde que sin pretender que el Estado incorpore a sí a la Iglesia ni que el jefe del Estado sea a la vez supremo jerarca de aquélla, propugnan que la sociedad política penetre en cuestiones propias de la autoridad eclesiástica. Así, el «regalismo» receptado, v. gr., en nuestra Constitución Nacional de 1853-60, en instituciones tales como el «patronato» y el «exequatur» (art. 86, incs. 8 y 9), las cuales han decaído a raíz del acuerdo firmado el 10 de Octubre de 1966, entre la Santa Sede y la República Argentina, aprobado por ley 17.032 y con las modificaciones introducidas en la reforma constitucional de 1994.

b) Estado subordinado a la lglesia.

Es el «hierocratismo» o «teocratismo», cuya concepción máxima condensa la teoría del «poder directo», conforme a la cual los príncipes actúan, en las cuestiones temporales, como delegados de la Iglesia; de ahí las órdenes dadas al poder político, la deposición de príncipes, etc.

Explica Maritain que los partidarios de la teoría del poder directo sobre lo temporal entendían atribuir a la Iglesia un alto dominio sobre la universalidad de las soberanías temporales en la misma línea de la promoción del bien temporal, de tal manera que los príncipes fuesen considerados, pura y simplemente, como sus ministros o delegados «in temporalibus» y dependieran directamente de su autoridad en ese orden mismo.

Hay otras posiciones, al margen de la extrema del «poder directo», que subordinan el Estado a la Iglesia, soliendo mencionarse entre ellas la forma moderada y moderna del «clericalismo» o «curialismo», caracterizado por la indebida intromisión del clero en asuntos temporales o la instrumentación política de la religión.

c) Separación entre Iglesia y Estado.

Su forma típica sostiene que ambas potestades se ignoran mutuamente, propugnando la completa no intervención estatal con respecto a toda religión sobrenatural. Mas esta fórmula, sostenida a veces de manera honrada y leal, ha servido también como instrumento para políticas persecutorias contra la religión, reinstalando las catacumbas o dando origen a la «iglesia del silencio».

d) Sistema de colaboración armónica.

Sostiene que Estado e Iglesia se distinguen por su naturaleza, su fin y sus medios, pero ambos son necesarios para el bien completo del hombre y guardan por tanto entre sí la relación de una cooperación ordenada.

Este sistema ha sido receptado en el artículo 2 de la Constitución Nacional actualmente vigente.

¿Un cambio?

Sobre la base de lo que escribiera S.S. León XIII, en el sentido que el sistema de separación puede ofrecer ventajas –como se produce en algunos países–, las que, si bien no pueden justificar el falso principio de la separación, ni autorizan a defenderlo, hacen sin embargo digno de tolerancia un estado de cosas que, prácticamente, no es el peor de todos, tal vez sea el momento para practicar aquel sistema entre nosotros, más cuando –como se ha expresado en el Concilio Vaticano II– la Iglesia «renunciará al ejercicio de determinados derechos legítimamente adquiridos tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio o las nuevas condiciones de vida exijan otra disposición».

Este sería un desarrollo del principio que afirma la autonomía del orden espiritual en relación al César, tomando conciencia del pluralismo religioso del mundo contemporáneo como también de los inconvenientes prácticos que puedan acarrear a la libertad religiosa y a la independencia de la Iglesia ciertos sistemas de preeminencia que, en la realidad, suelen conducir a una Iglesia teóricamente privilegiada y prácticamente avasallada, aunque sin propiciar en modo alguno el indiferentismo religioso ni, «a fortiori», la hostilidad hacia la fe y sus exigencias.

XXII. Estado y enseñanza [arriba] 

Sin perjuicio de lo que más adelante decimos sobre el neomarxismo, es de recordar que en materia de enseñanza las competencias del Estado, en suma, son:

a) Puede obligar a recibir el mínimo de enseñanza que él establezca en los planes de estudio, respetando el derecho individual de elegir de quién y dónde se recibirá la enseñanza, y la orientación espiritual de ella, habiéndose dicho que el derecho a la ignorancia no existe, ni más ni menos que el derecho a la vida tampoco incluye el derecho al suicidio, ni el derecho a la integridad corporal autoriza la mutilación caprichosa: libertad de enseñanza es compatible con enseñanza obligatoria, y al Estado corresponde asegurar que la enseñanza se dé, aunque no imponga el modo y la forma.

b) Puede reglamentar razonablemente las condiciones de reconocimiento de la enseñanza privada, y de los títulos y certificados que la acreditan; obligar a la enseñanza privada a ajustar sus planes de estudio a un plan mínimo y obligatorio en cuanto a duración, materias, etc., pero sin interferir en la orientación espiritual e ideológica de aquella enseñanza; averiguar razonablemente si realmente se enseña y si quien enseña ha aprendido lo necesario para hacerlo; y controlar que no se viole la moral, el orden y la seguridad.

Debe quedar claro que el mínimo de enseñanza que el Estado tiene competencia para imponer, así como los planes y asignaturas de estudio, han de dejar margen para que, en ejercicio de la libertad de cátedra, el desarrollo de la enseñanza se maneje con exención de orientaciones oficiales o políticas.

También es útil rememorar:

1) Que el «nazismo» transfirió al partido oficial la educación, y que ya desde 1934, siempre que en el ambiente de profesores y pedagogos se ventilaba la cuestión de la reforma escolar, se ponía de manifiesto la voluntad de adueñarse de la escuela para hacer de ella un instrumento de la ideología y del movimiento nacionalsocialista.

2) Que en el fascismo italiano la política educacional tendió a atribuir al Estado absoluta omnipotencia: de «balilla» –8 a 14 años– se pasaba a «vanguardista» –14 a 18 años– y de ahí a la milicia fascista.

3) Que el régimen soviético se inició pretendiendo emancipar al niño, suprimiendo la autoridad de los padres en el hogar y de los maestros en la escuela, reemplazándola por un «soviet» de alumnos que controlase a maestros y educandos; pero eso tuvo poco éxito y se fue volviendo a aquellas primitivas autoridades, aunque en definitiva en el comunismo soviético –como en los regímenes que más o menos de cerca lo han seguido o lo siguen– la presión gubernativa sobre la inteligencia alcanzó extremos inauditos.

XXIII. La educación sexual y el neomarxismo [arriba] 

Como consecuencia de los debates y discusiones que se están llevando a cabo sobre el aborto, se ha puesto de manifiesto la conveniencia de una buena educación sexual; y, por ejemplo, la Alianza Cristiana de Iglesias Evangélicas de la República Argentina (ACIERA) «en representación de más de 15 mil congregaciones evangélicas a lo largo de todo el territorio nacional, y conformada por millones de ciudadanos argentinos» ha consignado que «La prevención, la educación sexual, el acompañamiento a las mujeres embarazadas, y la mejora de la ley de adopción son propuestas alternativas, justas y solidarias que fortalecerán nuestra sociedad. (…) Al exponer esta temática lo hacemos con mucho cuidado porque sabemos que hay situaciones difíciles y dolorosas, de violencia, marginalidad, pobreza, falta de formación, soledad y abandono; pero nuestra más íntima convicción, es que el aborto nunca es la solución. Rogamos para que Dios nos ilumine e ilumine a nuestra sociedad para encontrar caminos de vida frente a tanto dolor».

Obviamente que en la regulación estatal de la educación sexual, debe actuarse con sabiduría y prudencia, pues como hemos contado en anterior oportunidad, hace tiempo que, buscando en apuntes que solemos guardar, encontramos uno tomado de un libro de Christa Meves, extracto que pasamos a transliterar.

Organizaciones neomarxistas, desde largo tiempo atrás, vienen sosteniendo que la capacidad para un trabajo revolucionario continuado depende sustancialmente de la superación de ciertos bloqueos del carácter, de las perturbaciones anímicas y de la penuria sexual, habiendo postulado que por eso es preciso establecer una educación sexual (que en el fondo es una educación política) practicando una influencia sobre el terreno experimental de la vida sexual, activando el potencial de transformación social que en ella hay escondido. Y la liberación de la sexualidad debe comenzar ya en la más tierna infancia, recomendándose para ello:

- Practicar el onanismo.

- Padres e hijos, entre sí, deben hacer la experiencia de que los intentos de practicar el coito unos con otros tiene que ser un fracaso por inadecuación mutua.

- Permitir y fomentar las prácticas sexuales en la edad escolar, para facilitar la capacidad de coito, y la información de los jóvenes sobre las prácticas de una sexualidad perversa, al objeto de poder contrastarlas con la propia vida sexual.

- Trato sexual «post pubertad», tanto en el ámbito privado como en el escolar, instaurando una enseñanza práctica de la sexualidad, y

- Absoluta libertad de circulación de los anticonceptivos y abortivos para las jóvenes.

Por cierto que lo que antecede sería un grave paso hacia la liberación neomarxista de la revolución cultural que, alentando un hedonismo sin restricciones, pretende pulverizar la familia, demoler el orden social, y seguir avanzando hacia la anarquía, meta final del «neomarxismo» para la construcción de un «paraíso terrenal». Recordemos que el «estatismo socialista» de un lado y la «revolución anarcosexual» del otro, son dos fases complementarias del mismo proceso revolucionario que busca, entre otras cosas, destruir a la familia, presentándola como una institución del pasado, ya superada, incapaz de educar, retirando a los niños desde su más temprana edad de la influencia de sus padres, mediante la educación masiva en la «nueva cultura», interviniendo en la educación de los aspectos fundamentales de su vida (tal el sexual), desde la escuela y sin la participación de los padres, procurando que, por ausencias de los padres ante compromisos laborales ineludibles, los niños queden bajo la influencia de la educación de los contravalores a través, por ejemplo, de la televisión.

XXIV. La ideología americana [arriba] 

Remover los obstáculos que mantienen sumidos en el subdesarrollo a muchos pueblos y organizar una comunidad política donde el hombre sea reconocido en su dignidad, han sido y siguen siendo los ejes de una política justa, la que hoy no se vislumbra en muchas partes.

Ahora bien, para las ideologías (o el idealismo), el espíritu humano goza de completa autonomía. La inteligencia no tiene por función contemplar el ser ni representarlo, le corresponde construir el objeto e inventarlo.

Ya no es en las cosas donde hay que buscar la verdad: ella está en nosotros mismos, contenida en las leyes de nuestra inteligencia, siendo la delicada flor de su perfecto funcionamiento; así, no es de extrañar que para Kant, por ejemplo, el mundo sería un gran sueño sobre el cual el pensamiento humano aplicaría sus formas.

Saturado de abstracciones, el idealista sigue su idea sin enterarse de lo que le rodea; siempre en busca de algún sistema ideal, es planificador por esencia.

En materia política, v. gr., el idealismo es despersonalización, desencarnación, desenraizamiento de los hombres concretos, y hasta terror para los recalcitrantes y, si es menester, la guillotina, los asesinatos en masa, los campos de concentración, etc., para los que se niegan a doblegarse de buen grado al idealismo planificador; y en tal sentido rememoramos una vez más que Carrier, el verdugo de Nantes en épocas de la Revolución de 1789, decía: «Convertiremos a Francia en un cementerio antes de dejar de regenerarla a nuestro modo» o, dicho de otra manera: perezca la Patria y mueran los hombres antes que nuestros principios, es decir, antes de aceptar el fracaso del plan abstracto, del «ideal» que habíamos concebido.

Y creemos interesante detenernos en la que ha sido denominada «ideología americana», dentro de la cual hay quienes sostienen que estaríamos inmersos.

La caída del comunismo fue fundamental en el paso a la «ideología americana», y también habría originado el «fin de la historia»24, lo
que no ha ocurrido. Aquélla ideología –pese a sus aspectos positivos, especialmente en su lugar de origen– no deja de plantear graves problemas, algunos de los cuales se han esbozado en los siguientes términos:

a) Es formadora de una mentalidad relativista, escéptica, negadora de la ley natural y que entrega a la tiranía del número toda la regulación de la vida humana.

b) Es «ideología», porque proclama la primacía de la inteligencia sobre la realidad: aquélla se preocupa de construir el orden político a partir de unas reglas descubiertas «a priori» y que deben imponerse.

c) Toda actividad intelectual es puesta al servicio de la producción de modelos propuestos por la imaginación a la voluntad de poder, que tratará de traducirlas en realidad.

d) Aparece la «información deformante», encargada de crear y sostener artificialmente la llamada «opinión pública», donde la información es el único lazo que puede reunir a los individuos, articularlos, para la conducta deseada por los gobernantes.

e) La destrucción de los lazos que unen al hombre a lo real, a las entidades naturales, empezando por la familia, genera individuos desarraigados, en los que disminuye el sentido familiar, religioso, patriótico, que enseñan la familia -escuela de educación políticay las comunidades intermedias.

f) El Estado termina siendo –en camino de destrucción o ya destruidos los cuerpos intermedios– policíaco, armado de un arsenal de leyes y reglamentos encargados de dar sentido a las conductas imprevisibles y aberrantes de los ciudadanos.

g) Así, la «ideología americana» puede conducir a la «omniestatalización»: puede centralizar toda la administración, absorber todas las funciones sociales, atender a todas las necesidades, dirigir toda la economía, ordenar la cultura en su plenitud y crear todo el derecho.

h) El poder económico, «la fortuna anónima y vagabunda», dirige tras las tablas los hilos de los gobiernos considerados democráticos.

Estados Unidos pretende ser el Imperio mundial, nodriza de hombres, cuya majestad debe perdurar hasta que el sol desaparezca. Esparce lo que cree son sus dones (v. gr., la formal democracia liberal y el capitalismo materialista) como el sol sus rayos. Intenta penetrar dondequiera que la naturaleza ha infundido vida y busca se piense que es una bendición ser gobernado (indirectamente) por él. Aspira a convertir en una ciudad lo que es el mundo y quiere que los conquistados compartan sus propias leyes. Entiende que -a diferencia de otros imperios, que se levantaron y se hundieronsus guerras han sido justas, su paz libre de soberbia, que a sus vastas riquezas se ha sumado la gloria y que lo que gobierna es menos de lo que merece gobernar.

Ante ello, critiquemos –como lo hiciera Agustín con el carácter romano– el materialismo, la crueldad y la inmoralidad. Evoquemos en nuestra ayuda nuestro antiguo coraje y fortaleza. Que nuestras heridas cicatricen y nuestros miembros se fortalezcan para enfrentar –con prudencia y con valor– al que pretende abarcar el mundo entero. Tengamos fe en que la Argentina emergerá triunfante; y no olvidemos que los cuerpos celestiales se ponen sólo para renovar su luz y que lo que no puede hundirse surge rápidamente a la superficie ...

XXV. El neomarxismo [arriba] 

Hemos reiterado que, contrariamente a lo que muchos creen, Mikhail Gorbachev, autor de «Perestroika» –o «Revolución»–, no anhelaba en modo alguno la supresión del marxismo-leninismo, sino su difusión y afianzamiento, planteándose con ese objeto subsanar aquellas disfunciones que habrían provocado la detención del desarrollo político y económico de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Afirmaba entonces Gorbachev que el socialismo «posee enormes posibilidades, todavía sin utilizar», dado que «los clásicos del marxismo-leninismo nos legaron una definición de los caracteres más esenciales del socialismo, no una imagen completa y detallada del mismo», aclarando que «Quienes alberguen la esperanza de que abandonemos el camino del socialismo van a quedar desengañados».

Así, el fracaso del denominado «socialismo real» en los países de Europa Central y Oriental, constituiría la confirmación de la previsión de Antonio Gramsci sobre la imposibilidad de construir una sociedad socialista sin haber logrado el consenso ampliamente mayoritario de la población, consenso que sólo se podría obtener actuando en el campo de la cultura para conseguir la hegemonía intelectual y moral del nuevo bloque emergente. Aquí encontramos el origen de lo que se ha dado en llamar «neomarxismo».

De origen socialista, en 1920 Gramsci se escindió de su partido con la «fracción comunista» que el 21 de enero de 1921 formó el Partido Comunista Italiano (PCI) como integrante de su «Comité Central». Viajó a Rusia donde vivió varios años, durante los cuales intimó con Lenín, pudo tratar a Trotsky y Stalin, conoció a quien sería su esposa y pasó a ser el hombre de confianza de la URSS para organizar el comunismo en Italia (debiendo destacarse que en aquella época los partidos comunistas que se creaban en distintos países eran considerados «secciones» del Partido Comunista de la URSS). Volvió a Italia en 1924 donde fue electo diputado por el Partido Comunista Italiano y en 1926 fue detenido, acusado de incitación al odio de clases, de instigación a la guerra civil y otros cargos. Dos años después fue condenado a 20 años de cárcel, donde murió en 1937.

Gramsci jamás publicó libro alguno. A partir de 1929, autorizado por sus guardianes, escribió más de cincuenta cuadernos que a su muerte se publicarían como «Quaderni del Carcere» y que, si bien contenían reflexiones sobre temas diversos, su línea de pensamiento la constituía «el papel de los intelectuales en la sociedad». Para el comunismo italiano, su obra representó la forma de introducir el materialismo histórico en un país de profunda raíz cultural cristiana. Es decir, es el teórico de la revolución cultural en occidente. Esos cuadernos fueron publicados en seis volúmenes –por primera vez en castellano– en nuestro país, entre 1948 y 1951.

Mientras que Marx subrayaba la importancia de las condiciones objetivas de la revolución, Gramsci desarrolló, en un periodo posterior y aprovechando la experiencia de la revolución soviética, la teoría del consenso como teoría subjetiva de la revolución socialista: sin el acuerdo de la sociedad, no se puede realizar con éxito la revolución.

Para Gramsci no se debía apuntar a los medios de producción como decía Marx, ni a los medios de poder político como decía Lenín, sino a los medios de comunicación, la cultura y la educación. Para ello era vital el control de los centros de difusión del pensamiento, tales como universidades, colegios, prensa, radio, (hoy, televisión), etc. Sostenía que un poder político que no tuviera una sociedad que le respondiera ideológicamente, estaba girando en el vacío, y que si se lograba que la mayoría aceptara la ideología socialista, la toma del poder político sería como recoger una fruta madura. Se trata de una estrategia sin tiempo, donde sus alianzas pueden desorientar, pueden cambiar, pero sus objetivos son invariables: suplir los valores sobre los que asienta la sociedad.

Gramsci asignó importancia a ganarse a los intelectuales tradicionales que, aunque no involucrados en la política, influyen en la propagación de las ideas. Decía que la sociedad comienza a resquebrajarse cuando aparecen teólogos, militares, profesores, periodistas, que empiezan a renegar de la sociedad a la cual pertenecen, es decir que traicionan a la misma, y aunque no se declaren partidarios de tendencias marxistas, se preparan para la nueva hegemonía que va adquiriendo cuerpo.

La obra de Gramsci y de sus continuadores queda estructurada por la finalidad de determinar un renacimiento del marxismo elevado a la creación de una cultura integral; y particularmente Gramsci habría cumplido esta tarea de acuerdo con la inspiración básica de Marx, no eliminando del marxismo el concepto central de práctica, sino proporcionando la más profunda concepción de ésta.

Lo cierto es que el «neomarxismo» ha hecho permanecer el pensamiento marxista, mas no con aquella vertiente stalinista que conocimos en la segunda mitad del siglo pasado, sino revestido de una forma más tenue, más atrayente, intelectualmente bien construida, que le da un nuevo carácter sugestivo.

La propuesta neomarxista –en contraposición al pensamiento leninista, que justifica la violencia política, el totalitarismo y la vía armada– propicia la penetración intelectual y espiritual, camino que puede ser lento, sofisticado y que requiere penetrar la coraza de la «superestructura» social y moral.

El desafío histórico de Lenin de crear una sociedad a partir de una voluntad política totalitaria –tanto en los medios como en los fines–, considerando las condiciones culturales, sociales, económicas y políticas de la sociedad de hoy, según el «neomarxismo» debe ser corregido en sus aspectos políticos y estatistas para lograr, mediante mecanismos formalmente democráticos, pacíficos y progresistas, la conquista plena del poder; ello con la intención de transformar el orden imperante en una forma totalitaria.

El neomarxismo pretende apropiarse de valores como la equidad, la igualdad, la tolerancia, la preservación del medio ambiente, los derechos humanos y de las minorías, etc., aunque busca alcanzarlos saltando el principio de subsidiariedad, propiciando nuevas formas de intervencionismo estatal en materias de propiedad, educación, salud, económicas, tributarias y previsionales, entre otras, restándole toda importancia a la libertad individual.

La ideología marxista, entonces, sobrevive y gobierna, sobre la base de la interpretación efectuada por Gramsci al marxismo, al que consideró como la doctrina de la salvación de la ilusión (o sea de la religión) y del engaño (el capitalismo). Visualizó la debilidad del marxismo leninismo de la toma violenta del poder, señalando que sólo una alternativa que apuntara a la ocupación cultural, al ejercicio del verdadero liderazgo al interior de la sociedad civil, podría tener éxito para alcanzar y desarrollar el poder, estrategia que operaría mejor en el modelo occidental capitalista que la cruel guerra de maniobras propiciada por el marxismo leninismo.

Manifiestamente anticlerical, Gramsci creía que la Iglesia, junto con la educación, constituía una de las dos instituciones culturales superiores de un país, desde que conformaban el «sentido común de la sociedad», esto es, el sentido valorativo de ella (lo que está bien y lo que está mal). Estaba convencido que todo progreso en el orden científico implicaba un retroceso en el campo de la fe, de allí su rechazo absoluto al sentido de trascendencia y su concepción de la inutilidad de las religiones, a las que consideraba utópicas. Pregonaba un «materialismo» basado en el deseo de encontrar en esta tierra y no en otro lugar el sentido de la vida, rechazando categóricamente el «más allá» u otra vida religiosa. Es decir, el «materialismo» como sinónimo de antiespiritualismo. Esta concepción de repudiar el espiritualismo o la cosmovisión religiosa de la existencia, se denomina «inmanencia», en contraposición a la «trascendencia».

Gramsci veía que sería imposible instaurar el comunismo en los países occidentales siguiendo la misma estrategia que Lenin había seguido en Rusia, debido a que el pueblo en estos lugares tenía tan fuertemente arraigadas sus creencias, costumbres y tradiciones, que no aceptarían jamás las ideas del materialismo dialéctico por la vía de la fuerza militar y del Estado.

De nada serviría tomar el poder del Estado y la educación por la fuerza, si el pueblo no colaboraba después con él, para el adoctrinamiento en el pensamiento materialista. Para lograr los objetivos marxistas en los países occidentales, especialmente latinos, habría que acabar primero con esas creencias, costumbres y tradiciones del pueblo. Obviamente, para ello sus dos obstáculos más importantes en los países latinos, los enemigos a vencer y destruir antes que nada, son las iglesias cristianas (especialmente la católica) y la familia; y para vencerlos, sería menester:

Acabar con las creencias, tradiciones y costumbres que hablen de la trascendencia del hombre, ridiculizándolas con mensajes cortos y accesibles y por todos los medios, haciéndolas aparecer como algo tonto, ridículo, pasado de moda. De este modo, se hará dudar a las gentes de sus convicciones más íntimas o, por lo menos, se los hará sentirse avergonzados de ellas.

Sobre la duda, sembrar nuevas ideas. No hablar de materialismo, pues los pueblos conocen el término y se pondrán en guardia. Hay que hablar de inmanencia, lo opuesto a la trascendencia y hacerle saber al mundo que eso, el hombre inmanente, el que piensa y vive sólo para el aquí y para el ahora, es lo moderno, lo actual.

Silenciar, a través de la calumnia, la crítica abierta, la burla, la ridiculización y el desprecio social, a todo el que se atreva a defender las ideas de un paso más allá de una vida trascendente.

Crear una nueva cultura en donde la trascendencia no halle lugar alguno.

Infiltrarse en la «superestructura», introduciéndose en las iglesias y en las instituciones educativas para reforzar desde ahí las ideas de lo que es moderno y actual (lo inmanente) y de lo que está pasado de moda y es ridículo (lo trascendente).

Erradicar de los programas educativos todo lo que hable de tradiciones familiares y de una vida eterna.

Conseguir, por cualquier medio (incluidos el soborno y el chantaje) a personajes disidentes que sean famosos dentro de la superestructura (iglesias, escuelas) para que sean ellos mismos los que ridiculicen sus propias Instituciones y difundan así las ideas neomarxistas. Del mismo modo, no importa cuál sea, conseguir que artistas, pensadores, periodistas y escritores ridiculicen la fe, las tradiciones y a todo aquél que se atreva a defenderlas.

Dueños ya de la sociedad política, se influirá coercitivamente, a través de las leyes y normas positivas, sobre la sociedad civil que ya piensa como neomarxista o ya no sabe ni qué piensa o, por lo menos, le da miedo decir lo que piensa.

El plan se cierra, desde el gobierno, con el pueblo concientizado para alcanzar el paraíso aquí en la tierra.

Transcribimos a continuación a Joaquín García-Huidobro, Carlos Massini Correas y Bernardino Bravo Lira: «Los políticos de Occidente no han percibido en general la real naturaleza del adversario que tienen por delante. Las respuestas ofrecidas se han dado en un plano incorrecto, pensando en un adversario dotado de la ideología marxista-leninista clásica, cuando en realidad se enfrentan a algo distinto y mucho más peligroso. Confiar en la ideología del bienestar económico, donde Lenin rendía sus batallas, ya no es suficiente para detener el avance del comunismo gramsciano. El gramscismo trabaja en el universo de la superestructura, el mundo de la sociedad civil –cultural si se quiere– en donde la respuesta debe ser a nivel ideológico y doctrinal y no sólo en el plano de las realizaciones económicas. Por su parte, la dedicación excluyente de los partidos no comunistas, centrada en el esfuerzo por el bienestar económico, ha dejado a los marxistas el campo libre en todos los lugares donde la cultura se va conformando y difundiendo. De esta manera, han caído en manos de orientadores marxistas escuelas, universidades, medios de comunicación y, en general, toda una serie de circuitos culturales con amplias influencias en la población. La tarea gramsciana ha sido particularmente fácil, tomando en cuenta la poca –y ninguna– resistencia ofrecida por las fuerzas tradicionales en su retirada hacia los centros donde se promueve el progreso material. Por lo demás, la retirada en el terreno cultural se ha visto agravada por la presencia de otras ideas y doctrinas, no comunistas ni socializantes, pero sí sólidamente inmanentistas. Frente a esto, los representantes de la cultura tradicional se han visto apabullados ante la presencia de un contrincante desproporcionadamente poderoso, lleno de recursos, apoyo económico e intelectual y asentado en una sólida base ideológica. La cultura gramsciana dispone de los medios y la intención de apoderarse de la sociedad civil, dominándola desde las modestas galerías de arte hasta los enormes complejos editoriales, en tanto su adversario se debate entre la subsistencia y el silencio provocados por el olvido».

XXVI. Katorga [arriba] 

Como hemos afirmado, el «gramscismo», también calificado como «neomarxismo», es continuación del comunismo. Y aunque podamos ser reiterativos, creemos es menester recordar lo que ocurrió en Rusia (y en forma análoga en otros países del dominio comunista), donde el Partido Comunista llegó al poder a consecuencia de un antiguo movimiento revolucionario secular, en el cual los altos ideales y humanitarios fines formaban el estimulante que incitaba al sacrificio de sí mismo y a la total entrega a las ideas políticas.

Durante noventa años, miles de revolucionarios, padres espirituales y adelantados de la revolución, atravesaron el difícil camino que conducía a las prisiones de la antigua Rusia y sufrieron las privaciones y dolencias de la vida en las cárceles, la crueldad de la «katorga» (o sistema penal según el cual los prisioneros eran enviados a campos remotos en las vastas áreas deshabitadas de Siberia y sometidos a un régimen de trabajos forzados) y del destierro perpetuo. Muchos jefes comunistas experimentaron en su propia carne los tenebrosos procedimientos del antiguo sistema de las prisiones rusas.

Los sentimientos humanitarios eran el elemento esencial para la propagación del movimiento revolucionario, en el que el bolchevismo significaba tan solo una parte; y en su condenación del antiguo derecho penal, el bolchevismo iba aún mucho más lejos que los demás partidos, exigiendo no sólo la reforma del derecho y del sistema penitenciario, sino que hasta pedía su completa supresión y el establecimiento de un nuevo sistema, afirmando que el antiguo derecho era inhumano, y no podría ser reformado, lo mismo que sería imposible mejorar lo que quedaba del antiguo Estado, que el viejo edificio tendría que ser demolido y habría que edificar en su sitio otro completamente nuevo.

Pero, como alguna vez se ha dicho suele ocurrir que la mayor parte de los sufrimientos del mundo brotan de la sima que se abre entre la teoría y la práctica, en Rusia (y sus países seguidores) la práctica se diferenció esencialmente de la teoría.

El nuevo sistema soviético era un gobierno minoritario. Para mantenerse en el poder y en los cargos públicos, tenía que luchar contra la mayoría del pueblo. Además, las medidas adoptadas para llevar a cabo el programa económico habían tropezado con la resistencia de la mayor parte de la población. De esta eterna lucha nació el fantasma de la crueldad, que surgía en abierta contradicción con los sentimientos –de no pocos revolucionarios– humanitarios y con los procedimientos liberales hacia los contraventores de la ley.

Entonces entró en funciones «el fuerte brazo de la justicia» contra «el hermano descarriado» de ayer. El nuevo sistema hubo de llevar a cabo –especialmente durante la guerra civil rusa25– una ininterrumpida lucha contra sus adversarios políticos, contra millones de labradores durante la introducción del sistema colectivo y contra diversos estratos de la población rusa en cada uno de los períodos de su desarrollo.

En aquel tiempo se decidió por el terror y se recurrió a los más rigurosos métodos de la violencia.

Y llegó el momento en que el comunismo cayó; pero él no acabó con la caída del Muro de Berlín en 1989, sino que se renovó para intentar penetrar hasta la cultura más formada, superviviendo en el neomarxismo.

Pues bien, la degradación de la cultura y los valores en nuestro tiempo, en la búsqueda de un pensamiento único y un «Nuevo Orden Mundial», forma parte –como hemos visto– de una inteligente estrategia diseñada por Antonio Gramsci (1891-1937) quien, teniendo presente que Lenin concibió la revolución como un «proceso de traspaso de poder» que puede ser realizado tanto de manera sangrienta como incruenta, propició realizar la revolución de modo invertido, es decir, «de arriba hacia abajo», desde la superestructura hacia la infraestructura.

Una revolución así entendida se realiza a través de la intervención y transformación ideológica de la cultura, y consiste en modificar de manera imperceptible el modo de pensar y sentir de las personas para, por extensión, terminar modificando final y totalmente el sistema social y político.

Mucha de la crisis cultural actual obedece en buena parte a la acción destructiva y semioculta de los «intelectuales orgánicos» a la Gramsci, estratégicamente situados, cuyo accionar se encuentra encaminado a la «mutación del sentido común» teísta y cristiano a fin de que devenga su opuesto (inmanencia, materialismo, relativismo, ideología de género, abortismo, etc.) como sistema sustentado en intereses políticos e ideológicos, ideología que tiene un trasfondo perverso, esto es, inyectar las mentes con tales ideas para tener la concentración del poder a través del Estado.

¿Se volverá así a una nueva «katorga», esta vez rodeados de la música triste de un futuro sin salida en la posición tal vez más difundida en la cultura contemporánea en general, con la abulia del alma esclava que se hunde en la resignación, en la inacción, pese a ser bien conscientes de que hay que huir de la desdicha en este neomarxismo que acepta erróneamente pesimista el foso entre lo que es y lo que debería ser, entre la pasión moral y la investigación esmerada?

XXVII. Género, familia y educación [arriba] 

Sin duda que es necesario insistir sobre este tema.

La «ideología de género», como parte del «neo-marxismo», encuentra en la destrucción de la familia un paso necesario para lograr su meta revolucionaria: la utópica sociedad comunista. Y reiteramos que, con la caída del «Muro de Berlín», lo único que se derrumbó fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, pero siguió el neo-marxismo, como materialismo histórico ateo, porque si bien el marxismo como régimen de Estado totalitario y como modelo económico se hizo trizas en la rancia Unión Soviética, nadie puede negar que vestido de intemperancia, renace en una cultura cada vez más poderosa en muchos ambientes, incluidos los nuestros.

Como recuerda Rafael Gambra, para Gramsci las ideas y creencias no son simple emanación pasajera de la economía, sino que poseen una realidad que constituye la cultura en que cada hombre y cada pueblo vive inmerso. Y la idea propulsora del pensamiento gramsciano es que la «Revolución» nunca se realizará verdaderamente mientras no se produzca, de un modo orgánico y dialéctico, dentro de lo que Gramsci llama una cultura. Esta es la que habrá que desmontar y sustituir al propio tiempo que se utiliza.

Quienes luchan por la vida y la familia conocen los peligros de la perspectiva de género, y saben a qué se refiere Gramsci cuando habla de desmontar y sustituir una cultura al mismo tiempo que se utiliza: en efecto, los promotores del género, proponen «des-construir» la familia y por extensión la sociedad, para luego rearmar la sociedad con parámetros marxistas.

El concepto «des-construcción» es considerado por los activistas de género, como la tarea de denunciar las ideas y el lenguaje hegemónico (es decir aceptados universalmente como naturales), con el fin de persuadir a la gente para que crea que sus percepciones de la realidad son construcciones sociales.

En el análisis que Gambra realiza sobre la obra de Gramsci y su marxismo cultural, señala que para el neomarxista una revolución violenta siempre será efímera. Esto se debe a que el hombre vive dentro de una cultura, que es un entramado de convicciones, sentimientos, emociones e ideas. No hay un sólo defensor del género que no pase por pacifista, por víctima o por defensor de todas las víctimas de ataques y discriminaciones que impone la injusta sociedad en la que viven. La agenda de lucha pasa por no violenta, pero en los hechos violenta las conciencias lo cual es mucho peor. Queda claro asimismo, que para Gramsci, todo es creación histórica (construcción cultural en código de género) y no naturaleza.

En este sentido, cabe recordar que las feministas de género consideran que el hombre y la mujer son construcciones sociales; que en realidad el ser humano nace sexualmente neutral y que luego es socializado en hombre o mujer. Esta socialización, dicen, afecta a la mujer negativa e injustamente. Por ello, las feministas proponen depurar la educación y los medios de comunicación de todo estereotipo y de toda imagen específica de género, para que los niños puedan crecer sin que se les exponga a trabajos sexo-específicos. Por eso hablan también de roles socialmente construidos cuando se refieren a las ocupaciones que una sociedad asigna a uno u otro sexo.

De aquí –sigue Gambra– el interés de Gramsci por el cristianismo, al que considera germen vital de una cultura histórica, que penetra la mente y la vida de los hombres, sus reacciones profundas. Será preciso, para que la revolución sea orgánica y «cultural», adaptarse a lo existente y, por la vía de la crítica y la autoconciencia, desmontar los valores últimos y crear así una cultura nueva. El ariete para esa transformación será el Partido, voluntad colectiva y disciplinada que tiende a hacerse universal. Su misión será la infiltración en la cultura vigente para transformarla en otra nueva materialista, al margen de la idea de Dios y de todo valor trascendente.

De acuerdo con Gambra el arma principal será la lingüística que penetre en el lenguaje coloquial, alterando el sentido de las palabras y sus connotaciones emocionales, hasta crear en quien habla una nueva actitud espiritual. Si se cambian los valores, se modifica el pensamiento y nace así una cultura distinta. Cómo no representarse inmediatamente al llegar a este punto, los términos interrupción del embarazo, salud sexual y reproductiva, anticoncepción de emergencia, pre embrión; así como los cambios aparentemente inocuos de la palabra amante o concubina/o por la palabra «compañero» o «pareja» y muchos más. El denominador común es que todos esos términos llevan al error y a la confusión a grandes masas de personas que, como neófitos en estos temas, dejan de llamar a las cosas por su nombre sin la más mínima capacidad crítica y aceptan sin más «lo que dice la tele».

Estos cambios en el lenguaje son posibles, si se dan cambios en la educación, pues la educación es una estrategia importante para cambiar los prejuicios sobre los roles del hombre y la mujer en la sociedad. La perspectiva del género debe integrarse en los programas. Deben eliminarse los estereotipos en los textos escolares y concienciar en este sentido a los maestros, para asegurar así que niñas y niños hagan una selección profesional informada, y no en base a tradiciones prejuiciadas sobre el género.

Después, que nadie se asombre si María Pía se casa con Ana Inés, o Ramón con Lorenzo, pues éste es el objetivo: el final de la familia biológica eliminará también la necesidad de la represión sexual. La homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales ya no se verán en la forma liberal como opciones alternas, fuera del alcance de la regulación estatal, en vez de esto, hasta las categorías de homosexualidad y heterosexualidad serán abandonadas: la misma institución de las relaciones sexuales, en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido, desaparecerá. La humanidad podría revertir finalmente a su sexualidad polimorfamente perversa natural.

Prosigue Gambra diciendo que el medio en que esta metamorfosis puede realizarse es el pluralismo ideológico de la democracia, que deja indefenso el medio cultural atacado, porque en ella sólo existen opiniones y todas son igualmente válidas. La labor se realizará actuando sobre los centros de irradiación cultural (universidades, foros públicos, medios de difusión, etc.) en los que, aparentando respetar su estructura y aún sus fines, se inoculará un criticismo que les lleve a su propia destrucción.

Si se logra infiltrar –como se está haciendo– la democracia y el pluralismo en la propia Iglesia (que tiene en esa cultura el mismo papel rector que el Partido en la marxista), el éxito será fácil. La democracia moderna será como una anestesia que imposibilitará toda reacción en el paciente, aun cuando esté informado del sistema por el que está siendo penetrada su mente.

Vaya si son conocidos los nefastos resultados de la implantación del pluralismo y la tolerancia como valores absolutos en nuestras sociedades: nada se puede criticar si es políticamente correcto; todo se debe criticar si es políticamente incorrecto. Nuestras endebles democracias se ven amenazadas día tras día por los personeros de la mentira y de la muerte, por el terrorismo ideológico y por sus principales aliadas, las mafias de la desinformación. El odio a la Iglesia, es capaz de unir en este pluralismo, al capitalismo liberal, con el marxismo cultural. Este odio se verifica también en diversas organizaciones pseudocatólicas, como las «Católicas por el Derecho a Decidir», de triste memoria.

Y termina Gambra: de aquí la revolución cultural, meta principal del actual marxismo, y movimientos como «Cristianos para el Socialismo» y otros semejantes que jalonan esto que se ha llamado la auto-demolición de la Iglesia. Es deber de todos los cristianos contribuir a evitar esa «autodemolizione» de la Iglesia cuya estabilidad gracias a Dios, no depende de la voluntad humana , tan buscada por el marxismo cultural que ahora se viste con ropaje de género.

XXVIII. «Mayo del 68» [arriba] 

Muchas cosas ocurrían e inquietaban en Mayo de 1968. Las universidades de Francia, controladas y dirigidas desde París, se habían convertido en ollas de presión de la inquietud de los estudiantes originariamente por causas edilicias y académicas. Además, estaban los problemas con causas políticas, como la guerra de Vietnam, la supresión de la libertad por gobiernos de extrema derecha, una nueva ideología de izquierda bajo la forma del maoísmo, con su credo de violencia civil provocado por los Guardias Rojos de China en la Revolución Cultural, etc.

Se estimaba entonces en Francia correcto para los estudiantes, los intelectuales o los obreros levantarse y precipitarse contra las barricadas del orden establecido en cualquier momento, lo que efectivamente ocurrió, siendo en opinión de algunos el lapso trascendental en el que la moralidad basada en la religión, el patriotismo y el respeto a la autoridad, quedó suplantada por la denominada moralidad liberal. Aunque este cambio no se llevó a cabo por completo en este único mes, el término «Mayo del 68» se usa aludiendo a este cambio de valores.

En torno a 1968 emergió una nueva generación de movimientos y de activistas, mucho más politizados y activos que los anteriores. Buena parte de las organizaciones que en los años siguientes jugaron un papel social y político destacado, nacieron en esos años.

Lo cierto es que un movimiento generado en la Universidad de Paris con principalmente una ideología marxista, se levantó influyendo también devastadoramente en millones de jóvenes a nivel mundial, sobre dos supuestos básicos: el fin del principio de autoridad y la superación de la moral «represora», movimiento en el que las ideas marcuseanas asentaron sus postulados en las bases del denominado «Mayo Francés» y su famoso «prohibido prohibir». Gramsci, a su vez, aunque ya fallecido en 1937, igualmente influye, si no como un leninista ortodoxo, como un teórico atento a las sugestiones de Lenin sobre el tiempo de la política y su inserción en la historia.

Marcusse y Gramsci constituyen la esencia de la estrategia comunista actual vigente. Bien se ha escrito que el menoscabo de la propiedad privada cambiada por el concepto comunista de propiedad social; la intervención estatal en asuntos estrictamente familiares y privados basada en el supuesto Estado de bienestar; la alteración del código moral transmitido al Occidente por generaciones reemplazado por lo que se denomina políticamente correcto, como despenalizar el aborto, liberar el consumo de drogas, tolerar las conductas más disolutas, desviadas y descarriadas, el copamiento de los medios de comunicación social para neutralizar las disidencias al pensamiento único; la subversión de los conceptos jurídicos tradicionales; el fomento de la anarquía y el pacifismo a ultranza, fueron conformando lo que actualmente se denomina marxismo cultural, cuyos máximos referentes e inspiradores fueron Marcuse y Gramsci, del cual ya hemos hablado.

Herbert Marcuse, representante del freudo-marxismo alemán de la década del treinta, exilado en los Estados Unidos, era un desconocido para los franceses hasta que se produjeron los hechos de mayo de 1968. Se habían organizado jornadas marcusianas y, luego de los acontecimientos, se formaron círculos de estudios, asambleas generales críticas, grupos de investigación, en los que las obras de Marcuse fueron estudiadas y difundidas con gran entusiasmo. Muchas de las consignas utilizadas -como la crítica de la sociedad de consumo, la represión, la rebelión sexual, la imaginación al poderconstituían planteamientos que Marcuse había hecho. Él retoma en todas sus obras el tema de no pactar con la sociedad industrial avanzada ni con la represión. Nada de reformismo sino ruptura, negación total. Rechazar todo lo que oliera a esa sociedad, ya que aceptar cualquier tópico sería soportar el engranaje del sistema y convertirse en su más cercano cómplice antes de ser su prisionero. Sólo el rechazo total y radical es una defensa eficaz, al mismo tiempo que se constituye en la condición primera para edificar luego, sobre las ruinas del sistema existente, la nueva sociedad.

Ahora bien, no dudamos en volver a afirmar que en no pocos países el neomarxismo ha impuesto su contenido al «Estado Social y Democrático de Derecho», pese a que, aparentemente, luego de la «guerra fría», quedó triunfante la concepción de la vida de las potencias occidentales, radicalmente incompatible con la doctrina revolucionaria y anticapitalista, concepción que hasta ahora no ha sabido dar respuestas acertadas al problema que supone la subsistencia de grandes zonas de miseria que sigue habiendo en el mundo, zonas que el comunismo ha trastornado encendiendo guerras fratricidas, como ha ocurrido en la región de los lagos de África Central y en otros países.

Así las cosas, sin duda que las economías libres y las comunidades políticas democráticas son elementos cruciales de la sociedad para hacer frente al neomarxismo, como creemos se debe, pero aceptando que la mejor forma de resistirlo es vivir la libertad política y económica, la que exige la conciencia informada por las verdades morales, siendo preciso sentar sus bases y límites, proporcionadas por una cultura moral pública convincente.

En consecuencia, estimamos que la primera y fundamental exigencia que se deriva del «Estado Social y Democrático de Derecho» para el derecho en estos inicios del siglo XXI, es edificar y preservar la sociedad en y desde la auténtica libertad, tan alejada del libertinaje, rescatando y desenvolviendo el concepto de que la libertad, instruida por la razón, está orientada por la verdad y encuentra su completa consumación en la bondad del perfeccionamiento humano. El acceso a la dignidad humana no se atraviesa disminuyendo el travesaño de la vida moral sino levantándolo hasta el punto más alto…

XXIX. El populismo [arriba] 

El historiador mexicano Enrique Krauze ha advertido contra el auge del populismo en nuestros días. A continuación, expondremos algunos de sus conceptos al respecto, expuestos en el diario El País.

Entiende por populismo a una forma de dominación donde un caudillo carismático llega al poder por la legítima vía de los votos y luego establece un contacto directo con sectores amplísimos de la población que termina por subvertir las instituciones de la democracia y las libertades.

El populismo no tiene una identidad ideológica. No hay un populismo de izquierdas y otro de derechas. Es el hechizo de ese líder carismático sobre un sector amplísimo del pueblo por encima de las leyes, las instituciones y las libertades propias de la democracia.

En el siglo XX el ejemplo más acabado fue el de Juan Domingo y Eva Perón, pero sus características específicas se eclipsaron porque fue un siglo de grandes dictadores de izquierdas y de derechas. Pero cuando cesaron las dictaduras puras y duras, lo que renació sorprendentemente fue el populismo.

Inciden muy poderosamente las redes sociales en esta actualización del populismo. Pero el primer brote populista del siglo XXI fue el de Hugo Chávez y todavía no había redes sociales. El hechizo de Chávez sobre el pueblo venezolano se realizó con su presencia a todo lo largo y ancho del país y, sobre todo, en la televisión. Lo que es fundamental es el uso del micrófono y de la imagen. Ahora en el siglo XXI es todo eso junto a las redes sociales, pero lo fundamental es la comunicación hipnótica de un líder con la gente. Y el líder promete el paraíso en la Tierra; no promete mejorar la sociedad. Va más allá. Promete redimirla. Toca resortes muy primitivos y profundos de los seres humanos como la aspiración religiosa, así que su atracción es tan antigua como la humanidad.

Fidel Castro, aunque no se le puede considerar un populista, al principio citaba a Jesús a cada paso. Los cubanos, y no solo ellos, lo veían como un redentor del continente. Bolívar y Martí hechos uno en Fidel. El populismo llega al mismo punto, como estamos viendo en Venezuela, pero más lento. Si las dictaduras estrangulan, el populismo desangra. Trump –dice Krauze– es el ejemplo paradigmático: el populista toma el micrófono, moviliza, divide a la sociedad entre buenos y malos y finalmente subvierte el orden democrático.

Ahora bien, en «Decálogo del populismo» que Enrique Krauze escribiera para el diario La Nación, asienta: «¿Por qué renace una y otra vez en Iberoamérica la mala yerba del populismo? Las razones son diversas y complejas, pero apunto dos. En primer lugar, porque sus raíces se hunden en una noción muy antigua de ´soberanía popular` que los neoescolásticos del siglo XVI y XVII propagaron en los dominios españoles, y que tuvo una influencia decisiva en las guerras de independencia desde Buenos Aires hasta México».

Ante ello creemos que, para evitar confusiones, se imponen las aclaraciones que pasamos a explicitar.

La neoescolástica española de los siglos XVI y XVII, como ideología de conjunto, aparece como un oasis en el pensamiento absolutista moderno, pues ninguno de sus expositores (que componen el llamado «siglo de oro» de España, entre ellos Francisco de Vitoria, Francisco Suárez y Juan de Mariana) imaginó un rey absoluto y menos tiránico, siendo la producción española ajena a toda tesis emparentada con la razón de Estado, al modo por ejemplo de Maquiavelo.

En la escuela hispana, teología, moral, derecho y política consuman una obra común de adoctrinamiento, con raíces en Platón, Séneca, Aristóteles, Erasmo, Agustín de Hipona y Tomás de Aquino.

Ahora bien, sólo nos ocuparemos aquí brevemente de la elaboración que Francisco Suárez realiza en torno del poder y de su origen, receptando la enseñanza paulina de que el primero deriva de Dios, mas interponiendo entre Dios y el gobernante a la comunidad.

En efecto, sostiene que el poder proviene de Dios, pero Dios no elige a quien adjudicarlo, radicando por tanto en la comunidad, la que puede, si así lo quiere o decide, transmitirlo al gobernante por ella determinado o conservarlo para sí (democracia directa).

Evidentemente palpita, entonces, una idea pactista en la transmisión del poder desde la comunidad al gobernante que ella escoge o consiente, siendo el consentimiento según Suárez condicionado, porque se basa en la obligación del gobernante de actuar con rectitud y con justicia, adecuándose a las leyes divina y natural y al bien común; y si así no fuese, para el neoescolástico que nos ocupa el gobernante se convierte en tirano, caso en el cual la comunidad revierte a sí el poder transmitido y puede deponer al gobernante injusto.

Además, también la comunidad, siendo depositaria del poder proveniente de Dios y que ha transmitido al gobernante, puede recuperarlo cuando el poder queda vacante en sus órganos legítimos.

Así las cosas, nos parece que la referencia de Enrique Krauze a la neoescolástica sólo sería viable en la última hipótesis. Ello así, porque las enseñanzas de la escuela española impartidas en las universidades de América, fundamentaron la tesis según la cual, en cautiverio francés el rey Fernando VII y desaparecida la Junta Central de Sevilla que actuaba en su nombre, la comunidad podía designar nuevos gobernantes en virtud de su propio poder retrovertido a causa de aquella vacancia.

No se debe asociar, entonces, la escuela española con el populismo como lo hace Krause.

XXX. El populismo y Laclau [arriba] 

Ernesto Laclau, nacido en Buenos Aires el 6 de octubre de 1935 y fallecido en Sevilla el 13 de abril del año 2014, fue un teórico político postmarxista, profesor de la Universidad de Essex, con varios doctorados honoris causa en nuestro país.

Nos ocuparemos de un aspecto de su pensamiento –sobre el populismo– por la gran influencia que ha tenido y tiene, especialmente en ciertos gobernantes y políticos latinoamericanos, haciéndolo también con las dos alternativas de cambio hacia la izquierda más ruidosas de la Europa contemporánea: la de «Syriza» en Grecia y la de «Podemos» en España.

Califiqué arriba como postmarxista al personaje en trato porque, inspirado éste por Antonio Gramsci, partía de una constatación: pese a lo que había propuesto Marx, la estructura social no se había vuelto más homogénea sino que, al contrario, en lugar de que la historia a través de la lucha de clases llevara a un enfrentamiento final entre burgueses y proletarios, la estructura social era cada vez más pluralista y diversa. En ese nuevo marco, con Chantal Mouffe –su compañera de pensamiento y de vida– redefinió al socialismo y propusieron la radicalización de la democracia. Para eso, lo central era la articulación política entre grupos diferentes que, a partir de una frontera entre un «nosotros» y un «ellos», se levantaran contra las distintas formas de subordinación, esto es, contra las de clase, pero también contra el sexismo, el racismo, la discriminación sexual. Para lograrlo, esos movimientos debían conjugar sus propuestas con la transformación del Estado.

Ahora bien, según Laclau, el populismo ha sido abordado por la teoría política generalmente como una categoría que hace referencia a un fenómeno político caracterizado por la vaguedad, la irracionalidad, el vacío ideológico y la transitoriedad. Con tal consideración, con rechazo moral y fuerte temor frente al desborde social que potencialmente pueden provocar las masas, afirma aquella teoría diceque se ha impuesto conceptualmente un modelo de racionalidad política que analiza el populismo en términos de anormalidad y desviación política.

En contraposición a dicho modelo, Laclau sostiene que el populismo no es un fenómeno político transitorio, sino un fenómeno siempre presente de estructuración de la vida política. Para él, la estructura social (entendiendo por tal la sociedad contemporánea, global y neoliberal) ofrece una amplia variedad de antagonismos que generan reclamos sobre algunos puntos (como los antes mentados).

Esas demandas pueden ser vistas como peticiones de inclusión al sistema, pero que si no encuentran respuestas satisfactorias se convierten en reclamos y se van acumulando. En principio, y mientras permanecen aisladas, son demandas democráticas. Sin embargo, al ir creciendo y encontrando una articulación similar, las demandas se extienden, se ponen en contacto con otras y se transforman en populares.

La pluralidad de antagonismos articulados configura un espacio compuesto por aquellos que se encuentran en posición de subordinación y han elaborado demandas no satisfechas. Allí opera un recurso elocuente que introduce una distinción en el espacio social que lo divide en dos campos: se identifica un «nosotros-pueblo» frente a un «ellos-poder».

Esa es, para Laclau, la base del populismo, el cual se constituye como tal con la elaboración de un sistema estable de sentidos colectivos capaces de movilizar a los grupos demandantes.

Y particular importancia tiene en Ernesto Laclau su actitud de sostener la no necesaria vinculación entre las nociones de derechos humanos y la del Estado democrático de derecho.

En efecto, afirma que «por un lado, tenemos la tradición liberal constituida por el gobierno de la ley, la defensa de los derechos humanos y el respeto a la libertad individual; por el otro, la tradición democrática, cuyas ideas principales son las de la igualdad, la identidad entre gobernantes y gobernados y la soberanía popular. No hay una relación necesaria entre esas dos tradiciones diferentes sino una articulación histórica contingente… el fracaso de la actual teoría democrática en abordar la cuestión de la ciudadanía es consecuencia del hecho de operar con una concepción del sujeto que percibe a los individuos como anteriores a la sociedad, portadores de derechos humanos…».

Ha escrito Carlos Ignacio Massini que Laclau defiende el carácter meramente eventual de la relación entre derechos humanos y democracia constitucional, es decir la posibilidad de gobiernos democráticos o «populares» sin la presencia de derechos humanos. Es más –agrega– para Laclau esto sería algo deseable en principio, ya que lo que asume como ideal en materia política es el elemento democrático, entendido como política populista, que puede tener carácter hegemónico y hasta totalitario sin que ello signifique una descalificación valorativa: «El hecho de que algunos movimientos populistas puedan ser totalitarios… es sin duda cierto… la visión de Gramsci de la hegemonía… es, sin embargo, profundamente democrática, porque implica la introducción de nuevos sujetos colectivos en la arena histórica».

Y, en fin, para Laclau todo sistema social está polarizado entre dos extremos: el populismo con un carácter valorativo positivo, por un lado, y el institucionalismo con una relación axiológica ostensiblemente negativa, por el otro; y que cuantos más procesos de cambio se den, habrá mayor predominio del elemento populista, que es precisamente lo ocurrido en los lugares citados «supra».

Se ha sostenido que la convergencia entre la teoría de Laclau y las experiencias populistas de Argentina, Ecuador, Bolivia y Venezuela son claras; pero de todas formas, el encuentro fue tardío: los desarrollos fueron paralelos en el tiempo. Desde una perspectiva laclausiana, luego de las crisis de principios de siglo, los líderes lograron articular, detrás de sí, movimientos dispersos con demandas insatisfechas acumuladas durante años. Desde ahí, crearon nuevas identidades políticas: el chavismo, el kirchnerismo, el evismo y el correísmo. En todos los casos, la centralidad del líder se dio ante el debilitamiento de las identidades partidarias de épocas anteriores. Laclau los apoyaba, pero siempre advertía que el populismo dependía de que el diálogo entre bases y líder se sostuviera, agregándose que en Grecia y España, las demandas insatisfechas de quienes viven la crisis, y salen a protestar en el espacio público –por sus casas, por trabajo, por salud–, no encuentran vías institucionales que solucionen sus reclamos. Tanto «Podemos» como «Syriza» intentan articularse con esos movimientos para cambiar –desde la sociedad civil y el Estado– la institucionalidad vigente. El adversario es la austeridad.

En una entrevista que Laclau concediera al diario «La Nación» de Buenos Aires, ante una pregunta contestó «Llegaron a decir que yo era el teórico del actual proyecto de la Argentina (el kirchnerista), que no es verdad en absoluto», «O sea que usted renuncia a ese título –según dice inventado– aun contra su vanidad...» le expresó el periodista, a lo que respondió «Bueno, yo no tengo vanidades al respecto, trabajo para la eternidad y mis vanidades son a otro nivel...».

XXXI. Política postmodernista [arriba] 

La política postmodernista toma una variedad de formas. En un extremo del espectro está la «anti-política», un rechazo cínico y desesperado de la creencia de que la política puede ser utilizada para cambiar la sociedad. En el otro extremo está el que sugiere que la manera de ampliar la libertad individual y crear cambio progresivo es concentrarse en el nivel local.

Aunque existe una falta de consenso alrededor de mucho de la política postmodernista, la generalidad de los que han considerado el tema concuerda en que los modernistas se encuentran en el lado izquierdo del espectro político. Y la mayoría de los primeros postmodernistas franceses surgieron de la tradición marxista de familias que apoyaban causas izquierdistas y otros fueron estalinistas, para referirnos al marxismo-leninismo que Stalin impuso en la URSS y que después fue utilizado por algunos estados basados en el modelo soviético (economía centralizada, estado unipartidista, etc.).

Para los postmodernistas, la política no está concentrada alrededor de partidos políticos, visiones utópicas, ni de un telos supremo (o aquello en virtud de lo cual se hace algo). Más bien, es una herramienta de experimentación que involucra una crítica radical de los sistemas existentes de poder en una sociedad, la identificación de grupos oprimidos, y el remedio para sacar a esos grupos identificados de la opresión, para alcanzar un sentido de justicia social.

Algunos postmodernistas, como Foucault, utilizan términos como izquierdismo y progresivismo para describir su enfoque de la política. Y Foucault, en vez de ver la política concentrada alrededor de grandes líderes individuales que tienen visiones utópicas del futuro, está más preocupado con desarrollar y describir una política que toma en cuenta las posibilidades transformativas dentro del presente. No parece haber creído necesario tener una posición política completamente desarrollada, ya que de alguna manera fue precisamente este sentimiento de tener que identificarse con una línea partidista a lo que él se oponía.

Foucault afirma que se lo ha ubicado en la mayoría de los cuadrados del tablero político (como anarquista, izquierdista, marxista, tecnócrata al servicio del Gaullismo, neoliberal, etc.), pero también que el izquierdismo es un término apropiado para resumir el enfoque postmodernista de la política.

Se ha explicado que la constelación de tendencias a la que se llama postmodernismo tiene sus orígenes en los escritos de un grupo de intelectuales franceses de los años 60, entre ellos Michel Foucault. Aquellos que desarrollaron el postmodernismo tendían a ser asociados con el radicalismo de los años 60.

Las revoluciones sexuales y feministas que comenzaron en los años sesenta estaban determinadas a corregir las injusticias perpetuadas por la cultura occidental, especialmente por el «puritano» Estados Unidos. Lo que estaba equivocado fue identificado como blanco, europeo, masculino, heterosexual, y judeocristiano.

Se ha observado que una de las razones por las que el postmodernismo se ha arraigado tan extensamente, es que es mucho más fácil ser crítico que presentar una visión positiva. En su deseo de derribar las estructuras socio-políticas que consideraban opresivas, radicales, o revolucionarias, los agitadores desarrollaron el concepto de la política de identidad, para corregir las injusticias sociales y políticas que consideraban que había perpetuado la civilización occidental. La política de identidad busca fomentar los intereses de grupos particulares de la sociedad que son percibidos como víctimas de injusticia social. La identidad del grupo oprimido da lugar a una base política, sobre la cual se pueden unir.

Por ejemplo, las feministas radicales identificaron a todas las mujeres como víctimas de la opresión masculina. Una vez que hubieron establecido su caso, lo que fuera necesario para liberar a las mujeres de la dominación masculina fue considerado políticamente correcto. Para ser revolucionarias, las teorías feministas deben ser herramientas políticas, estrategias para vencer la opresión en situaciones concretas. Entonces, el objetivo de la teoría feminista debe ser desarrollar teorías estratégicas –no teorías verdaderas, no teorías falsas, sino teorías estratégicas–. Ya que no existen teorías verdaderas, la manera revolucionaria es promover una teoría que estratégicamente logre lo que se necesita lograr para las feministas radicales, el objetivo supremo llegó a ser la igualdad de las mujeres con los hombres, lo cual significa, entre otras cosas, total libertad sexual. Para lograr esto, la teoría estratégica proclamó a los niños una carga, y al matrimonio una forma de esclavitud, contraproducentes para la realización personal de una mujer. El aborto fue declarado un derecho político y el único medio de las mujeres para la igualdad sexual con los hombres –ya que los hombres pueden tener relaciones sexuales sin las consecuencias del embarazo– las mujeres deben tener la misma libertad y derechos políticos.

Igualmente, los homosexuales fueron vistos como oprimidos por una mayoría heterosexual que había forzado sus costumbres sexuales puritanas en la sociedad. La teoría estratégica lanzó al mercado el estilo de vida homosexual como normal, moral, sano, a través de comedias de situaciones de la televisión sobre personajes homosexuales simpáticos, de películas de temas homosexuales, y de la educación pública, que le presentó atractivas familias homosexuales a niños muy pequeños.

De manera similar, los postmodernistas afirman que los europeos blancos dominaron a las personas de color durante cientos de años. La teoría estratégica afirmaba que los negros y otras minorías sufrieron una injusta desventaja en la admisión a la educación superior. El concepto de discriminación positiva, o acción afirmativa, fue desarrollado para garantizar que las minorías tuvieran acceso a la educación superior, a menudo a expensas de solicitantes blancos más calificados. De esta manera, los años de subordinación minoritaria bajo la opresión blanca son remediados y la justicia social es afirmada.

Las estrategias de la política de identidad han conseguido cambiar las creencias de un número creciente de personas a través de la sociedad occidental, demostrando el poder del enfoque postmodernista para moldear los términos del debate.

Para lograr su visión para el occidente, los postmodernistas deben desmantelar el sistema político y socio-económico presente, reemplazando las ideas fundamentales de libertad individual y el Estado de Derecho basado en el orden moral de Dios, con la política postmodernista y los conceptos de política de identidad y justicia social.

XXXII. La comunidad internacional [arriba] 

Juristas e historiadores suelen coincidir en que la evolución de la comunidad internacional tiene un concepto clave: es de su institucionalización, su tránsito de lo simple a lo complejo. La que emerge de la Paz de Westfalia26 es una sociedad de Estados meramente yuxtapuestos, que coexisten juntos sin ninguna forma de superestructura; y se suele comenzar la historia del derecho de gentes a partir de la aquella paz, punto de partida conveniente, porque a partir de ella comienza a generalizarse el sistema de Estados en Europa, y el Estado es el factor más importante en la formación y aplicación del derecho internacional.

El feudalismo –etapa anterior a Westfalia– era una organización de la sociedad basada en la tenencia de la tierra, en que los poderes de un Estado como los actuales se dispersaban entre diferentes instituciones. La autoridad civil no era exclusiva o suprema: a su lado, la Iglesia con el papa a la cabeza ejercía un poder que no siempre se limitaba a la esfera espiritual. Esa estructura piramidal del feudalismo culminaba en el papa y el emperador como jefes espiritual y temporal, respectivamente, de la cristiandad. Sin embargo, ya algunas entidades territoriales alcanzaron a formarse durante ese período.

En efecto, se ha sostenido que la pirámide feudal casi nunca se realizó plenamente y que dejó lugar para las relaciones en un pie de igualdad entre los que eran, a menudo, Estados independientes de hecho. Aun dentro del Imperio, las relaciones entre los príncipes feudales más poderosos, caballeros independientes y ciudades libres se regían por reglas indistinguibles, excepto en la forma, de las del derecho internacional y formaban un sistema de derecho cuasiinternacional.

La consolidación del poder monárquico en varias de las unidades territoriales que se formaron al desintegrarse el Imperio Romano por un lado, y la reforma religiosa por el otro, minaron las bases del sistema feudal, a tal punto que ni el papa ni el emperador fueron invitados a la celebración de la Paz de Westfalia.

Pero nosotros dejamos aquí esa temática y subiremos un escalón más alto de aquel en que se ubican juristas e historiadores.

Hoy nadie niega la existencia de la comunidad internacional que integra a los Estados o pueblos del mundo, donde éstos conviven y se influencian al igual que los hombres. Y esta comunidad, que abarca a todos los seres humanos y las sociedades políticas como tales, en definitiva también se funda en la común naturaleza de los hombres y su sociabilidad natural: «El impulso que ha conducido al hombre a construir el Estado –ha escrito Messineo– no se detiene, sino que, movido por las mismas causas, prosigue en la misma dirección, llevando a los Estados a entretejer relaciones de intercambio, en las cuales se actualiza la sociedad internacional. La naturaleza ha conseguido de esta suerte su apogeo en la obra de unificación del género humano: mediante los sucesivos peldaños de la socie-dad doméstica y civil, ha llegado a crear otra sociedad destinada a integrar al Estado, como las anteriores estaban destinadas a integrar las deficiencias de la persona humana. La sociedad internacional es, por consigte, una realidad objetiva ineliminable. Su fundamento se halla en aquella identidad de naturaleza específica, factor principal del impulso de asociación, que culminando en el Estado, lo rebasa, para extenderse hasta donde se extiende la humanidad».

Fue la denominada Escuela Española del Derecho de Gentes la que por primera vez formuló la noción de comunidad internacional; y ésta, que hoy se exhibe como obvia con la existencia de organizaciones mundiales (como la ONU), regionales (tal la OEA) y de tratados universales (los de navegación aérea por ejemplo), tiene el profundo fundamento pre señalado y no meros tratados internacionales.

XXXIII. El derecho internacional [arriba] 

La mentalidad positivista y relativista que lamentablemente irrumpió en la tradición cultural de Occidente, ha determinado una concepción según la cual las normas vigentes en el ámbito internacional –que ligan a miembros de distintos Estados y a los Estados mismos– no tienen otro fundamento de su vigencia que la voluntad de dichos Estados, manifestada en convenciones, tratados y usos internacionales.

Una de las consecuencias de tal concepción, es que el poder prime en las relaciones en la comunidad de los Estados, sometiendo los destinos de los más pequeños al juego de fuerzas y presiones que sobre ellos ejercen los más poderosos.

Así las cosas, resulta indubitable que la instauración de una auténtica sociedad de derecho en la comunidad internacional –a cuyo éxito va vinculado el futuro de la humanidad– requiere replantear la exigencia de un «ordo orbis» justo en el sentido material.

Urge reafirmar, entonces, que los tratados no agotan el derecho internacional, integrado también por principios de justicia; que las convenciones no constituyen la base última de aquel derecho, sino que se apoyan en normas trascendentes y objetivas; que también en estas materias resulta insoslayable referirse a la teoría clásica de la justicia y del derecho natural.

El derecho internacional no se basa sólo en un voluntarismo que lo hace incierto e inestable, sino que –como todo derecho– tiene fundamentos iusnaturalistas, principios reguladores anteriores y superiores a todo convenio.

Ante las falencias de la normativa positiva internacional, que carece de la garantía de una coactividad regularmente eficiente y justa, se hace más necesario en este sector del mundo jurídico patentizar aquellos principios, en cuya virtud los Estados son sujetos de derechos –activos y pasivos– frente a los otros y a la comunidad internacional, recordando que desde muy antiguo se investigó la vida internacional desde la perspectiva de la justicia (Cicerón, San Agustín, Santo Tomás, los teólogos juristas españoles como Vitoria, etc.).

En suma, el derecho positivo –interno o internacional–, aunque haya de llevar a cabo una obra extremadamente compleja y variada, siempre debe ser construido sobre el fundamento del derecho natural; el derecho positivo internacional, que reglamenta la política internacional, está subordinado al derecho natural internacional, es decir, al sector del derecho natural que rige las relaciones internacionales.

Una última reflexión: por cierto que las violaciones –internacionales- a esos imperativos esenciales que venimos refiriendo, nada prueban contra la ley natural, del mismo modo que –al decir de Maritain– un error de adición no prueba nada contra la aritmética, o que los errores de algunos pueblos primitivos, para los cuales las estrellas eran agujeros en la tienda que cubría el mundo, no prueban nada contra la astronomía.

XXXIV. Derecho natural internacional [arriba] 

Uno de los motivos por los cuales la ley natural recibe tal denominación consiste en que el hombre la conoce por las solas fuerzas naturales de la razón. Y el hombre, a través de la voz de la naturaleza, oye la voz misma de Dios, puesto que las leyes de orden y armonía que descubre la inteligencia humana son manifestaciones de su inteligencia y de su voluntad infinitas.

La reverencia de los hijos a los padres, la fidelidad matrimonial, el respeto a la persona y propiedad ajenas, pertenecen a la misma naturaleza del hombre y son principios del orden natural conocidos por las solas fuerzas naturales de la razón que expresan –según Maritain– la «normalidad del funcionamiento» de nuestra naturaleza.

Bueno es destacar aquí que la ley natural no se compone de arbitrarios «haz esto» y «no hagas aquello», con el objeto de fastidiarnos. Es cierto que la ley de marras prueba la fortaleza de nuestra fibra moral, pero no es éste su primordial objetivo. Dios, su autor, no es un ser caprichoso; no ha establecido sus preceptos como el que pone obstáculos en una carrera. Muy al contrario, la ley natural es expresión de su amor y sabiduría infinitos; es la manifestación de la divina sabiduría dirigida al hombre para que éste alcance su fin y su perfección.

La ley natural puede ser conocida –al menos en sus principios fundamentales– por todos los hombres en virtud de su razón, y con ellos conocemos nuestros principales deberes hacia Dios, hacia nuestro prójimo y hacia nosotros mismos.

Los Mandamientos bíblicos, en sí, son también ayudas que Dios proporciona a la memoria, habiéndose observado hace mucho tiempo que ellos engloban objetivamente principios esenciales del derecho natural. Es que en el monte Sinaí, Dios no impuso nuevas obligaciones a la humanidad –a excepción de destinar un día específico para Él–-, pues desde el primer ser humano la ley natural exigía al hombre la práctica de la justicia y demás deberes; Dios, por tanto, no hizo más que grabar en tablas de piedra lo que la ley natural exigía al hombre, aunque sin dar un tratado exhaustivo al respecto, limitándose a proporcionar principios como guías en que encuadrar los deberes de naturaleza similar.

Lo que antecede explica y justifica nuestras reiteradas referencias al derecho natural, sin avergonzarnos del aspecto religioso del derecho natural así entendido; continuaremos, por tanto, con esta postura, especialmente en torno a aquellos principios del derecho natural internacional que hemos de considerar en orden a nuestro objeto.

Todo el orden internacional ha de alzarse sobre la roca inconmovible de esa ley manifestada al hombre por el mismo Creador mediante el orden natural, sin que nada se pueda asentar sobre la movediza arena de normas efímeras inventadas por el utilitario egoísmo de las naciones.

La ley natural es para los pueblos la sólida base común de todo derecho y de todo deber, el lenguaje jurídico universal necesario para cualquier acuerdo, el fundamento de toda organización de Estados. Es que de la ley de marras deriva toda norma de ser, de obrar y de deber, asegurando su observancia la convivencia pacífica.

Y también ha de insistirse en el deber de practicar la caridad (o solidaridad) en el orden internacional. Es que la caridad da a la justicia su plenitud de significado, habiéndose dicho que entre las naciones, como entre las personas, no hay nada que dure sin verdadera amistad.

El derecho natural es el que conduce entonces al establecimiento en la comunidad internacional del orden por la justicia, perfeccionada ésta por la caridad, consolidando la paz y poniendo un fundamento seguro de la comunidad fraternal de los hombres y de los pueblos.

Convencidos estamos de que únicamente con la justicia –que constriñe a dar lo que es estrictamente debido– no han de resolverse nunca los grandes problemas de la humanidad. El amor al prójimo, señaladamente el amor a los compatriotas, impulsa al hombre no sólo a querer el bien de la humanidad entera, sino también a trabajar por él según sus fuerzas, sobre todo a colaborar en el remedio de las miserias más oprimentes; y esto urge al individuo, pero también a los pueblos en-teros y a sus dirigentes.

Apunta Corts Grau que «Cuando a Vitoria y a Suárez se les reconoce la paternidad del Derecho Internacional, huelga advertir que su construcción nada tiene que ver con los artificios del internacionalismo relativista, prendido en fórmulas externas. La Justicia se compenetra aquí con ‘el natural precepto de amor y misericordia que a todos se extiende, aunque sean extranjeros o de diversa nacionalidad’. Su idea de la comunidad de los pueblos no fragua al servicio de imperialismos o de predominios raciales, sino que estriba limpiamente en aquella unidad y universalidad humanas impuestas por la unidad de naturaleza, origen y destino, o dicho en términos cristianos y exactos, por la paternidad divina. Frente a los forcejeos nacionalistas, nuestros clásicos señalan la compenetración de lo nacional y lo internacional y advierten cómo los tratados no constituyen la base última del Derecho Internacional, sino que se apoyan en él...».

Resulta interesante señalar, en otra vertiente, que Alfred Verdross, adscripto inicialmente a la Escuela de Viena, repara en que la realidad del derecho internacional desborda la identificación kelseniana entre Estado y derecho.

XXXV. Derechos y deberes fundamentales del Estado [arriba] 

Como sujetos de la comunidad internacional, los Estados invisten derechos subjetivos fundados en el derecho natural que rige a aquélla: también los Estados tienen sus derechos fundamentales que –como podrá apreciarse «in-fra»– guardan un cierto paralelo con los denominados «derechos individuales» de la persona humana al ser también aquél una persona, pues si existe como realidad, es decir, como agrupamiento en vista de su fin, no se puede, sin contradicción, negarle una personalidad que está requerida por su naturaleza de ser real destinado a vivir en medio de otros seres reales y a comunicarse con ellos; no se puede, en suma, negarle el ser sujeto de derechos y de obligaciones.

Sobre estas verdades se ha insistido, especialmente en épocas recientes ante una realidad que exhibe que la codicia de las naciones grandes no suele respetar a las pequeñas, con la complicidad – consciente o inconsciente– de las doctrinas positivistas que alegan –por negar o desinteresarse del derecho natural– la «falta de fundamento jurídico» de los derechos que nos ocupan. Pero el derecho a la existencia, el derecho al respeto y al buen nombre, el derecho a una manera de ser y a una cultura propias, el derecho al propio desenvolvimiento, el derecho a la observancia de los tratados internacionales, y otros derechos equivalentes, son exigencias del derecho dictado por la naturaleza.

Ahora bien, se ha dicho que, en realidad, sólo existe un derecho fundamental: el derecho a la existencia –paralelo al derecho a la vida de la persona humana–, resultando indudable que él constituye la raíz o asiento de todos los demás derechos, siendo un a priori de toda construcción jurídica al respecto, del que dimanan por tanto, como corolarios necesarios, los otros derechos que se califican como fundamentales; así:

a) El derecho de conservación, que comprende no sólo el de defensa nacional, sino otros como el de neutralidad, a la seguridad y al desarrollo, etc..

b) El derecho de igualdad jurídica, reconocido por las Conferencias de la Paz de La Haya y solemnemente (aunque también muy teóricamente) por la Carta de la Organización de las Naciones Unidas.

c) El derecho de autodeterminación, en cuya virtud los Estados pueden regular su política interna e internacional sin interferencias extrañas.

d) El derecho al respeto, que incluye particularmente el derecho a la buena reputación y a la observancia de los acuerdos internacionales.

Por cierto que sería particularmente interesante –si no excediese los límites de este trabajo– observar la conformidad de los actos internacionales de las principales potencias con estos derechos e, incluso, las contradicciones que existen entre los mismos y las propias estructuras de la organización mundial precitada con un claro predominio de las grandes superpotencias, que uniendo al aval que significa el derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU el desproporcionado potencial bélico que poseen y su política claramente imperialista, sujetan a la mayoría de los otros Estados a los acuerdos, intereses comunes o equilibrios que entre ellas entretejen.

En cuanto a los deberes fundamentales de los Estados son, básicamente:

a) La promoción del bien común nacional, pues primeramente a través de ella podrá cada sociedad política cumplir con el punto que sigue.

b) La cooperación al bien internacional, sobre la base real de que el Estado no es un organismo aislado, sino una célula de la comunidad mundial.

Se trata, en suma, de coadyuvar al establecimiento y al mantenimiento de la paz, del orden internacional fundado en la justicia perfeccionada por la caridad, lo que implica –por tanto en primer término– respetar los derechos de los otros Estados y ayudar a los países en vías de desarrollo.

Pero es de rigor detenerse en la denominada jurisdicción reservada o doméstica de los Estados, a la que se tiende a mantener exenta de control e ingerencia por parte de la comunidad internacional, dado que hay asuntos que le interesan y de los cuales ésta no puede despreocuparse, aunque las cuestiones que atañen a esos asuntos se susciten dentro de un Estado. Así, la guerra entre dos o más Estados, la violación grave y sistemática de los derechos individuales por parte del gobierno de un Estado en relación con sus habitantes, etc., son materias que caen en jurisdicción internacional y en las cuales la comunidad internacional puede intervenir legítimamente, lo que supone abandonar las nociones de soberanía como poder absoluto, el principio absoluto de la no intervención y la visión del Estado como unidad política cerrada, combatiendo el egoísmo nacionalista, el belicismo, etc.

XXXVI. Realización del bien común internacional y «civitas maxima» [arriba] 

El bien común internacional, la paz, el orden justo entre las naciones, debe establecerse y mantenerse por consentimiento y ayuda activa de los Estados en relaciones de coexistencia y coordinación. Por ello, los gobiernos de las diferentes sociedades políticas son garantes del bien común del propio Estado y al mismo tiempo promotores del bien de todo el mundo.

Los gobiernos, como generadores del bien común internacional, deben especialmente procurar preparar una época en la que, por acuerdo de los Estados, pueda ser absolutamente prohibida cualquier guerra –que es, sin duda, sobre todo en nuestros días, una calamidad espantosa–, instalando una autoridad universal reconocida por todos y con medios eficientes para garantizar a todas las comunidades seguridad, cumplimiento de la justicia y, por ende, respeto de los derechos.

Aquí se imponen, a nuestro juicio, las siguientes acotaciones:

a) No se trata del establecimiento de una «civitas maxima» unificada con competen-cia ilimitada: así como el Estado no debe destruir ni absorber las asociaciones inter-medias que existen en su seno, tampoco la organización internacional propugnada implica la desaparición de los Estados.

En suma, el establecimiento de una autoridad internacional con potestades jurisdiccionales e, inclusive, coactivas, no implica un Estado mundial o «civitas maxima» que anule la pluralidad de Estados, que se justifica en razón de las diferencias nacionales y geográficas a las que deben adaptarse las instituciones.

La crítica general que se puede hacer a la «civitas máxima» es la que ya hicieron los teólogos españoles: la inconveniencia de gobernar un Estado mundial por razones de ineficiencia.

Pero además de esa razón, hay que considerar algo poco tenido en cuenta, como es el derecho a la peculiaridad, a la disimilitud, que tienen todos los hombres y, consiguientemente, los pueblos organizados.

Todos los hombres son iguales, dicen los racionalistas; y ello es cierto bajo un cierto aspecto, en tanto su naturaleza específica es idéntica. Pero en rigor, y concretamente, todos los hombres son desiguales, y, como enseñaba el Filósofo de Estagira, así como es injusto tratar desigualmente a los iguales, es también injusto tratar igualmente a los desiguales.

Los hombres no son iguales, lo cual es obvio, y por eso merecen un tratamiento proporcionado a sus peculiaridades (capacidades, necesidades y, sobre todo, méritos y deméritos), en la medida en que ello sea posible; esta es la razón de la justicia distributiva entendida como justicia que busca realizar una igualdad proporcional.

Y así como los hombres no son iguales, tampoco lo son los pueblos. Los pueblos, las naciones, los Estados, a lo largo de la historia y de sus respuestas a los obstáculos y estímulos de su ambiente natural, han ido dando nacimiento a sus circunstancias sociales, políticas, económicas, religiosas, etc., que son propias. Además, son propias –y deben serlo– las formas políticas que asumen para su organización; son distintas sus circunstancias materiales y, también, en mayor medida aún, las espirituales.

El Estado mun-dial unifica, arrasa, las desigualdades, fruto de cada tradición, o las combate poco a poco, con planes generales de educación y cultura, con medios masivos de comunicación social, etc. El Estado mundial es la negación más redonda y absoluta del principio de subsidiariedad, expuesto reiteradamente por los filósofos contemporáneos, que si bien suele exponerse res-pecto a las comunidades intraestatales, con mayor razón aún debe aplicarse al campo internacional.

El Estado mundial parece ser el fruto más depurado del abstractismo político racionalista, que dio nacimiento a las nuevas corrientes políticas revolucionarias, y que se caracteriza por desconocer las peculiaridades concretas de cada hombre y de cada comunidad. Por el contrario, cuando se defiende la multiplicidad de pueblos independientes, que realizan su destino de modos diversos y apropiados a sus peculiaridades, se defiende la libertad concreta de los hombres, entendida como cauce perfectivo y posibilitamiento efectivo del ejercicio de la libertad metafísica humana.

b) La creación de organismos adecuados para promover la paz es un remedio, pero no el único y suficiente para superar o prevenir la guerra.

En efecto, existiendo la organización internacional precedentemente referida, subsistiría no obstante el problema de la guerra ya que, si la actividad de policía no puede ser omnipresente ni aun en los Estados con mayores y más perfeccionados medios, difícil resulta que la organización internacional de marras pudiese proteger con óptima eficiencia la seguridad, habida cuenta de su ineludible incremento de complejidad (es más, ni la «civitas maxima» eliminaría por sí sola la violencia, que en ella podría asumir la forma de guerra civil o de acción policial por parte de la autoridad universal contra los perturbadores del orden).

En definitiva, para edificar la paz se requiere ante todo que se desarraiguen las causas de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras y que brotan de la envidia, de la desconfianza, de la soberbia y demás pasiones egoístas.

La paz supone concordia y sosiego, no sólo de hecho sino en la voluntad; sus raíces, antes de manifestarse en la comunidad universal, han de profundizar en la conciencia individual y en las diversas sociedades humanas. Por ello, hay que insistir en la necesidad de educar para la paz, formando las mentes de todos en nuevos sentimientos pacíficos, si es que se quiere impedir de manera eficaz el recurso de las armas.

Son principios orientadores que el bien común internacional –esto es, la paz, el orden justo entre las naciones– debe establecerse y mantenerse por consentimiento y ayuda activa de los Estados en relaciones de coexistencia y coordinación. Los gobiernos, como promotores del bien común internacional, deben especialmente pro-curar preparar una época en la que pueda ser absolutamente prohibida cualquier guerra, instalando una autoridad universal reconocida por todos y con medios eficientes para garantizar a todas las comunidades seguridad, cumplimiento de la justicia y, por ende, respeto de los derechos.

Mas no se trata del establecimiento de una «civitas maxima» unificada con competencia ilimitada: así como el Estado no debe destruir ni absorber las asociaciones intermedias que existen en su seno, tampoco la organización internacional propugnada implica la desaparición de los Estados, ni de las uniones de Estados a las que pueden conducir los procesos de integración regional.

En suma, el establecimiento de una autoridad internacional con potestades jurisdiccionales e, inclusive, coactivas, no implica un Estado mundial o «civitas maxima» que anule la pluralidad de Estados y los procesos de integración regional, que se justifican en razón de las diferencias a las que deben adaptarse las instituciones. La crítica general que se puede hacer a la «civitas maxima» es la que ya hicieron los teólogos españoles: la inconveniencia de gobernar un estado mundial por razones de ineficiencia. Y reiteradamente se ha expuesto que el Estado mundial es la negación más redonda y absoluta del principio de subsidiariedad, que si bien suele exponerse res-pecto a las comunidades intraestatales, con mayor razón aún debe aplicarse al campo internacional.

XXXVII. Las uniones regionales [arriba] 

Se ha escrito entre nosotros que se lo mire por donde se lo mire, el Mercosur agoniza y nadie se anima a resucitarlo o a firmarle el certificado de defunción.

Tal afirmación nos lleva a señalar que, efectivamente, desde este lugar podemos mirar al Mercosur en toda su miseria…; más a la vez advertimos que el largo brazo de la «globalización» alcanza – implacablemente, nos guste o no– la existencia de todos sus pueblos, lo que la rodea, sus perspectivas, sufriendo un rápido e irresistible cambio. Frente a ello, conciliando nuestro afecto por la América Ibérica con un gran patriotismo (lo que sólo es posible comprendiendo que una cierta unión de aquélla es indispensable para nuestra economía y nuestra seguridad), sus poblaciones no pueden encontrarse en una situación mediocre, siendo factores sin consecuencias de aquel movimiento del mundo, permaneciendo estáticas en un proceso que se intensifica con cada paso adelante que dan los Estados –en riqueza y poder– del «primer mundo».

Debemos levantarnos –con el Mercosur o con otro tipo de unión supranacional– hasta ser en muchos modos comunidades dirigentes, dado que es inevitable envolvernos en los problemas –en última instancia– del orbe, en sus convulsiones y en sus causas. No podemos escapar a esta responsabilidad, recordando que es el precio de la grandeza. No hay lugar para el descanso. Hemos de comenzar un viaje donde no puede haber pausas. Y encontraremos además ahora, en las comunidades políticas de Iberoamérica, muchos buenos compañeros, a quienes estamos unidos por lazos de sangre y de historia, por conceptos comunes de lo que es decente, por un acusado respeto por la justicia –especialmente por la denominada «justicia social»–, por la reverencia a la libertad personal.

Nuestro enemigo debe ser –por disfraces que lleve, cualquiera sea el idioma que hable– la explotación, interna o externa, siendo menester estemos siempre vigilantes y movilizados contra ella, yendo en todo juntos y, «hic et nunc», en los reinos de las ciencias prácticas, que buscan conocer para obrar. Podemos ser una de las fuentes de lo que puede convertirse algún día en río poderosamente fertilizante y enriquecedor. Y así creemos que nuestra adecuada integración regional «ad extra» no es simplemente una idea mesiánica de tecnócratas, sino una expresión del desarrollo de la economía y de la política en las sociedades de nuestro tiempo, siendo fundamental para la supervivencia y fortalecimiento de la unión regional, que nuestros Estados abandonen algunas rivalidades recíprocas para arribar a acuerdos capaces de orientar un bienestar común, dando sustento firme a los objetivos económicos, sin descuidar los relativos a cultura y educación, ciencia y técnica, información y comunicaciones, etc..

Si caminamos juntos, todo es posible, mientras que si estamos separados, todo fracasará. Es menester, por tanto, exhortar continuamente a la asociación fraternal de nuestros pueblos, sin propósitos subalternos de dominación o codicia, levantándonos al pleno nivel de nuestra oportunidad y de nuestra obligación. Debemos predicar continuamente la doctrina de que la región abre un amplísimo campo para la creación de instrumentos jurídicos apropiados para un mejor desarrollo de las actividades públicas en general, consultando los intereses nacionales en estas materias y en aplicación del principio de subsidiariedad.

Mas, entre otras cosas, es menester en los procesos de integración regional:

a) Que no sólo participen los gobiernos y las tecnoestructuras: la intervención comunitaria es imprescindible a los efectos de que el proceso no se estanque y fracase.

b) Que se reconozca la existencia de un interés que ha de englobar al interés estatal y que puede conducir a la transferencia del ejercicio de competencia a instituciones comunes. En virtud de lo que antecede, pensamos debemos ir haciendo juntos una unión supranacional, sea el Mercosur u otra que lo sustituya, sin malignidad contra nadie y buena voluntad hacia todos, en actitud de servicio, conciliando por el honor que pueden lograr los que sirven con firmeza las grandes causas, y en el convencimiento de que nuestra conducta será escrutada, fundamentalmente, por nuestra progenie.

XXXVIII. Pacíficos, no pacifistas [arriba] 

Mas en esto de evitar la guerra, debemos ser pacíficos, pero no pacifistas.

La caridad es la virtud que nos inclina a amar a nuestros semejantes con un amor no sólo afectivo (benevolencia), sino principalmente efectivo (beneficencia), por ellos mismos, sin pensar en una compensación futura de parte suya.

Los deberes de caridad están fundados en el amor natural que los hombres se deben profesar unos a otros, no tanto porque se trata de un medio indispensable para asegurarse una vida social tranquila y dichosa, como por razón de su semejanza en cuanto a la naturaleza y, por consiguiente, en cuanto al fin último que se ha de conseguir con los mismos medios.

Todo ser se ama naturalmente a sí mismo y, en consecuencia, por el mismo impulso ama todo aquello en que se halla de nuevo a sí mismo, a proporción que en ello se halla. Por esto la caridad nos inclina primeramente a amarnos a nosotros mismos y a Dios más que a nosotros –puesto que dependemos de Él más que de nosotros, y puesto que en Él se halla de un modo eminente todo cuanto somos y todo cuanto tenemos de bueno y amable–, y luego a nuestros semejantes, no tanto como a nosotros, pero sí de una manera semejante, en la medida en que, por los lazos de la sangre, del afecto o del reconocimiento, hallamos en ello algo de nosotros.

El precepto evangélico de amar al prójimo como a sí mismo no expresa otra cosa que esa ley; nos impone solamente el deber de amarle como a nosotros mismos, es decir, el querer para él la dicha eterna y los bienes espirituales o materiales que pueden ayudarnos a conseguirla.

Entre los antiguos la caridad apenas si rebasaba la tribu, la nación, excluyendo a los extranjeros y a los esclavos, cosa que todavía ocurre... El cristianismo es quien principalmente contribuyó a hacer universal la caridad.

Y hay grados en esta fraternidad humana universal, como los hay en la caridad para con el prójimo (próximo), según la medida en que nos es próximo, debiendo reinar en ella un orden racional.

Como es imposible amar igualmente a todos los hombres –sobre todo cuando se trata de testimoniarles este amor con la beneficencia material–, siendo sus intereses a menudo tan contrapuestos, se los amará prácticamente según la proporción en que son próximos a nosotros por la sangre, por el cariño o por otro lazo cualquiera; amor efectivo, más real, más benéfico y con frecuencia más difícil de practicar que el amor, vago e ineficaz hacia la humanidad en general con detrimento de los allegados, predicado por tanto utopista sanguinario.

Y en la guerra ordena la caridad no prorrumpir en lamentos pseudo humanitarios, cuyo más seguro efecto será debilitar la patria y dejar a sus defensores más expuestos a los ataques del adversario, quien, de esta suerte, podrá abrigar más esperanzas de vencer; sino que ordena desear la derrota del enemigo y, permisivamente, todos los males temporales que ella trae aparejados, condición de la victoria legítima de nuestros compatriotas que tenemos el derecho y el deber de desear y asegurar, «verbo et opere», por todos los medios conformes a la ley moral y al derecho de gentes.

Hay que tener claro que el amor no impedirá necesariamente al criminal perpetrar su crimen. El amor debe ser realista, tomando a la humanidad como es en concreto. El pacifismo hace el juego a la violencia. Hay una violencia justa, cuya denegación a quienes quieren utilizarla en servicio de la justicia, conduciría a consagrar la primacía de la fuerza erigida en algo absoluto.

XXXIX. La globalización [arriba] 

También conviene una breve referencia a la globalización, a la que se ha definido como un proceso dinámico consistente en la creciente interdependencia entre los distintos países del mundo a través de una serie de transformaciones de carácter global, en donde las fronteras cada vez son menos relevantes.

En tanto ideología propone el paso de unos sistemas políticoeconómicos nacionales a una economía mundial; pero del mismo modo que sería insensato rechazar esta mutación, es peligroso creer que garantiza por sí sola el crecimiento y, más aún, el desarrollo.

Bien se ha destacado que no sólo las economías siguen siendo ante todo nacionales27; que no sólo el mundo parece encaminarse hacia una cuadrilateralización28 más que hacia una globalización; que no sólo en el terreno de las comunicaciones de masas asistimos a una hegemonía norteamericana más que a la internacionalización, sino que, lo que es aún más importante, asistimos a la creación de redes financieras mundiales en lugar de a la creación de una economía mundial, lo que se refleja en que una cifra de aproximadamente el 2% de los movimientos de capital corresponde a intercambios de bienes y servicios.

Es de doctrina, en cambio, lo relativo al fin de la comunidad internacional. Y recordamos que una «doctrina», acepta las realidades del mundo inteligible y del sensible y material, sin separar a la razón de este último, que juega un papel de freno o corrector; y así, por ejemplo, hace comprender que en la organización humana hay algo que se impone universalmente y algo que puede variar según el tiempo, el lugar y las personas.

Ella ofrece «principios orientadores» de acuerdo con una recta concepción del hombre y de la sociedad, sin los cuales la construcción de esta última acabará maquinando contra el hombre; pero los aspectos técnicos los deberán resolver «prudentemente» los políticos y los expertos, atendiendo tanto a las circunstancias del lugar y de la época como a las reglas de la ciencia y de la técnica, cuya autonomía «legítima» ha sido reconocida siempre por la doctrina en trato.

Creemos importante anotar ahora las desventajas específicas de la «globalización económica» para contrarrestarlas, las que serían:

a. Aumento excesivo del consumismo

b. Posible desaparición de la diversidad biológica y cultural.

c. Se pone más énfasis en la economía financiera que en la economía real.

d. Su rechazo por grupos extremistas puede conducir al terrorismo.

e. Pensamiento único, que rechaza doctrinas sociales y políticas distintas de las ideologías «globalizadas».

f. Mayores desequilibrios económicos y concentración de la riqueza: los ricos son cada vez más ricos, los pobres son cada vez más pobres.

g. Mayor flexibilidad laboral, que se traduce en un empeoramiento de las condiciones de los trabajadores.

h. Daños al medio ambiente, al poderse mover sustancias o procesos dañinos a otros países, donde pueden no conocer realmente sus riesgos.

Como se ve, hay grandes peligros en la globalización económica y, para contrarrestarlos, se necesitan instituciones adecuadas. Por ejemplo, cuando las empresas de capital extranjero causan contaminación en los países en desarrollo, la solución no es impedir la inversión extranjera o cerrar esas empresas, sino diseñar soluciones puntuales y sobre todo organizar la sociedad, con ministerios, normas medioambientales y un aparato judicial eficaz que las imponga.

XL. Guerras civiles y guerras revolucionarias [arriba] 

Este tema se impone por lo sucedido no ha mucho en nuestro país, Chile, Uruguay y, antes, en España y Cuba, sin marginar las «Torres Gemelas», los sucesos del Medio Oriente, etc.; y seguiremos en su exposición en términos generales a René Coste, que comienza escribiendo que la guerra civil y la guerra revolucionaria, a pesar de sus profundas diferencias, se asemejan de tal manera en la época contemporánea, que puede vacilarse en situar ciertos conflictos límites en una categoría más bien que en la otra.

La guerra civil toma fácilmente el fin revolucionario y los métodos de la segunda, la cual, en cambio, por lo menos a partir de cierto estadio, se convierte en guerra civil –aunque conservando su carácter revolucionario–, incluso si ha sido enteramente importada dentro de una población. Por lo demás, la guerra revolucionaria ¿no se adapta a fines y a formas de gran diversidad?

La primera semejanza entre las dos categorías viene del carácter fratricida de la lucha: ya sea una u otra, es un enfrentamiento entre los habitantes de un mismo territorio con vistas a la posesión del poder político, o por lo menos de su orientación en un sentido determinado, que viene a ser prácticamente lo mismo. Puede darse que uno u otro de los dos campos, o los dos, estén apoyados o maniobrados por el extranjero (Estados, organizaciones políticas, grupos financieros), o incluso que sea el agente exterior (el perturbador externo) el que haya fomentado totalmente la insurrección. Puede ser también que una parte de los habitantes no sean originarios del territorio o únicamente de implantación reciente (como los franceses de Argelia). Pero todas éstas sólo son particularidades que no cambian el carácter esencial de la lucha. Tanto el perturbador externo como la población recientemente implantada se apoyan en una fracción activa de la población autóctona, sea para conquistarla enteramente, sea para conservar su adhesión, por lo menos aparente. Mientras dura la lucha, los miembros de la misma raza, del mismo pueblo –ya estén solos o mezclados con otros en el combate– se enfrentan violentamente, se odian y se matan.

Esta primera semejanza entraña una segunda: la importancia de los factores psíquicos. Puesto que en los dos casos se trata de conquistar o conservar la adhesión de la población, es necesario actuar a la vez sobre su psicología colectiva y sobre la psicología individual de sus miembros. El número y calidad de los combatientes, así como el volumen del apoyo material y moral que necesitan, depende de ello. Ahora bien, la adhesión no proviene únicamente ni en primer lugar del éxito de las armas. Es sobre todo función de una comunión ideológica y afectiva –innata o inducida– con uno de los dos campos. Cierto que los factores psíquicos juegan también gran papel en los conflictos internacionales de nuestro tiempo, particularmente en las guerras totales, que son necesariamente ideológicas, pero en ellos conservan las armas netamente su preponderancia, desde el comienzo hasta el final de las hostilidades. No sucede lo mismo en las guerras civiles y revolucionarias, sobre todo en estas últimas, donde está francamente invertida la proporción entre armas y factores psíquicos.

La guerra civil comienza con una insurrección, es decir, con una rebelión armada de una parte de la población contra el poder establecido.

Si la insurrección llega a alcanzar cierto volumen y se prolonga, engendra una guerra propiamente dicha, como en España en 1936.

Ahora bien, los teólogos se han ocupado sobre todo del derecho a la insurrección; y son muchas las personas que prefieren cerrar los ojos a los crímenes provocados por el desencadenamiento de las pasiones colectivas e individuales.

En realidad, las guerras civiles han sido uno de los factores determinantes del desarrollo de la historia: por su número, su crueldad y sus consecuencias, inmediatas y remotas.

Cuando los adversarios no están divididos por concepciones políticas ni por concepciones religiosas, sociales o económicas diferentes, sino que luchan únicamente por la posesión del poder, no afectan en general profundamente a la vida del país. La lucha se circunscribe entonces con frecuencia al círculo de un pequeño número de hombres armados, soldados regulares u hombres de influencia, apoyados por la clientela que depende directamente ya del poder establecido, ya de los factores de la insurrección: para ella la guerra no es sino un accidente, del que sólo desea la rápida desaparición.

No sucede lo mismo cuando la lucha por el poder es motivada por antagonismos –sociales o religiosos o unos y otros– que ponen en juego las concepciones básicas de la vida humana, produciéndose olas de fondo que levantan a las masas, induciéndolas a tomar partido, cada uno según sus propias convicciones o las de su ambiente.

Decía Cicerón que «genus belli crudelissimi», es decir, que la guerra civil es la más cruel de todas las guerras. Y San Agustín, en una apreciación global de las guerras civiles romanas, estimaba que «aquellas guerras civiles fueron más ásperas, según la confesión misma de los autores literarios, que todas las guerras contra el extranjero»; y colocándose en un punto de vista sociológico y observando –sin, en modo alguno, aprobarlo– el desencadenamiento de pasiones a que habían dado lugar, comprobaba con amargura que no podían menos de ser «llevadas adelante con crueldad y terminadas más cruelmente todavía». Al respecto ha escrito Wehberg que «Sobre todo en una guerra civil, las pasiones de los pueblos ¿no juegan un papel mucho más considerable que en una guerra internacional? Mientras que dos pueblos que no están excitados sistemáticamente el uno contra el otro por la propaganda comienzan y hacen una guerra las más de las veces sin odio, únicamente porque se sienten en la necesidad de defender la patria o invocan otras razones de orden nacional, los puntos de fricción entre los diferentes elementos de un solo y mismo pueblo son causa no pocas veces de un odio fanático y casi incomprensible entre las dos partes en litigio».

Dos ejemplos:

a) Los antagonismos religiosos nacidos de la reforma fueron los que dieron origen a las guerras civiles francesas del siglo XVI, donde católicos y protestantes se entregaron a una lucha en nombre de la diferente concepción del cristianismo que se formaba cada campo, pareciendo buenos a unos y a otros todos los medios: incendios de casas y cosechas, violaciones, asesinatos, conversiones forzadas.

b) La guerra civil española (1936 / 1939), debida a múltiples causas, aterrorizó a la opinión mundial por la dureza de los combates que en ella se desarrollaron y por los crímenes que se cometieron.

Señala Coste que tengan o no razón los insurrectos por lo que hace el principio de insurrección, en todo caso son hombres los que combaten y los que se combaten. Fuera de toda reglamentación de derecho positivo, las fracciones enemigas están obligadas a respetar las exigencias del derecho natural.

Los principios directivos del comportamiento humano en la guerra internacional son valederos en los conflictos internos: el respeto a la dignidad de la persona humana, la inmunidad de la población civil, la prohibición de los actos intrínsecamente malos, un derecho de necesidad razonable.

En cuanto al derecho positivo, es obvio que no puede bastar, precisamente porque es contestado por los insurrectos, por lo menos en algunos de sus puntos; por ello se hace necesario que la reglamentación y el control de este tipo de guerras venga del derecho internacional.

Las hipótesis de guerra revolucionaria pueden resumirse en tres categorías:

a) La guerra civil revolucionaria, que puede ser justa en caso de revolución o golpe de estado contra un régimen o gobierno tiránicos.

b) La guerra revolucionaria de liberación, que tiene por fin obtener la emancipación de un país, la que puede ser justa no sólo en base al derecho a la independencia, sino la título de defensa de los derechos de los hombres si las potencia colonial los violara gravemente.

c) La guerra revolucionaria de exportación, provocada deliberadamente por un Estado (o un grupo de presión política o económica) sobre un territorio controlado por otro Estado, la que debe ser condenada sin hesitación, pues es una agresión y una ingerencia ilegítima en los asuntos interiores de otro Estado.

XLI. El terrorismo [arriba] 

Como puede vincularse con las guerras civiles y revolucionarias, es menester nos ocupemos de él.

El terrorismo es el uso o amenaza de la violencia por grupos no gubernamentales o por unidades secretas o irregulares, con fines políticos, que se dirige contra víctimas individuales o grupos más amplios y cuyo alcance trasciende con frecuencia los límites nacionales.

Más que la realización de fines militares, el objetivo de los terroristas es la propagación del pánico en la comunidad sobre la que se dirige la violencia. En consecuencia, la comunidad se ve coaccionada a actuar de acuerdo con los deseos de los terroristas. El terrorismo extremo busca a menudo la desestabilización de un Estado causando el mayor caos posible, para posibilitar así una transformación radical del orden existente.

Se considera también una forma del terrorismo el «terrorismo de Estado», ejercido por un Estado contra sus propios súbditos o comunidades conquistadas. Implica el uso sistemático, por parte del gobierno de un Estado, de amenazas y represalias, considerado a menudo ilegal dentro incluso de su propia legislación, con el fin de imponer obediencia y una colaboración activa a la población.

Las formas más desarrolladas de terrorismo de Estado para las que el término fue inventado, han sido los sistemas empleados en el siglo XX bajo el fascismo y el comunismo, extendiéndose la práctica de terror desde el poder bajo regímenes militares, o militarizados en el seno de democracias formales.

El terrorismo de Estado monopoliza los medios de comunicación, exige no sólo obediencia sino a veces participación activa en las medidas policiales del Estado, y un aparato «de seguridad» y centros de detención (o campos de concentración) para castigar e incluso exterminar a los opositores y disidentes. Los dirigentes potenciales de la oposición son aislados, encarcelados, exiliados o asesinados, a veces hasta en el extranjero, como fue el caso del asesinato en México de Trotski por agentes de Stalin. Cierto es que los miembros de organismos de seguridad e información han utilizado –y utilizan– métodos ilegales tanto dentro como fuera del país de que se trate; mas lo que diferencia esos hechos ilegítimos del terrorismo de Estado, es la importancia de los episodios y la conformidad gubernativa. Se ha señalado que el sistema acaba destrozando a menudo a los elementos de su propia cúpula, como sucedió con el líder nazi Ernst Röhm, jefe de la Sección de Asalto (SA), y el jefe de la policía secreta soviética Lavrenti Beria, ambos ejecutados por las mismas organizaciones que ellos crearon o dirigieron.

Ahora bien, el terrorismo de Estado, como se ha visto, no es solamente el anticomunista; y así, por ejemplo, Lenin –que repudiaba el terrorismo individual como una forma de «izquierdismo infantil»– lo aplicó para uso interno de Rusia y para la exportación. Es más, todo terrorismo es un producto del relativismo moral, debiendo ponderarse especialmente en la génesis de los más modernos, la costumbre marxista de pensar con referencia a las clases y no a los individuos, no viendo por ende a las personas torturadas y asesinadas como seres humanos, sino como piezas de un ajedrez político, habiéndose expresado correctamente que los actores de estos crímenes organizados que insensibilizan y destrozan las conciencias, se deshumanizan tanto como las personas destruidas, convirtiéndose en almas muertas ...

Es menester pronunciarse claramente contra los crímenes y los excesos que acompañan frecuentemente al terrorismo, provenga de donde provenga. Se lee en el actual Catecismo de la Iglesia Católica: «Los secuestros y el tomar rehenes hacen que impere el terror y, mediante la amenaza, ejercen intolerables presiones sobre las víctimas. El terrorismo, que amenaza, hiere y mata sin discriminación es gravemente contrario a la justicia y a la caridad. La tortura, que usa de violencia física o moral, para arrancar confesiones, para castigar a los culpables, intimidar a los que se oponen, satisfacer el odio, es contraria al respeto de la persona y de la dignidad humana ... En tiempos pasados, se recurrió de modo ordinario a prácticas crueles por parte de autoridades legítimas para mantener la ley y el orden, con frecuencia sin protesta de los pastores de la Iglesia, que incluso adoptaron, en sus propios tribunales las prescripciones del derecho romano sobre la tortura. Junto a estos hechos lamentables, la Iglesia ha enseñado siempre el deber de clemencia y misericordia; prohibió a los clérigos derramar sangre. En tiempos recientes se ha hecho evidente que estas prácticas crueles no eran ni necesarias para el orden público ni conformes a los derechos legítimos de la persona humana. Al contrario, estas prácticas conducen a las peores degradaciones. Es preciso esforzarse por su abolición, y orar por las víctimas y sus verdugos».

 

 

Notas [arriba] 

1 En Antioquía, ciudad principal del Asia, se aplicó primeramente a los judíos convertidos el nombre de cristianos.
2 Recordamos que San Pablo devuelve a su amo a un fugitivo, pero ya bautizado, y le escribe: «No lo recibas ya como esclavo, sino como queridísimo hermano: si me miras como compañero, recíbelo como a mi mismo»
3 La sociedad feudal empezó a ordenarse bajo tres estamentos distintos, los denominados oratores, bellatores y laboratores. Cada uno de ellos estaba especializado en su función. Los oratores eran los que desempeñan las labores religiosas, es decir, el clero. Por otra parte, encontramos a los bellatores, grupo al que pertenece la élite militar. La guerra se había convertido en un arte que únicamente podía ser desempeñado por un pequeño porcentaje de la población, es decir, la nobleza. La participación en contiendas bélicas era monopolio de este estamento social, por lo que la guerra se llegó a convertir en una industria nobiliaria por excelencia. La misión de la aristocracia, en consecuencia, era velar por la seguridad de los otros dos estratos sociales. Esta función de la nobleza le reportaba sustanciosas ventajas, de índole social, ya que podía servir para adquirir fama y prestigio, así como de carácter económico, ya que habitualmente proporcionaba al vencedor un suculento botín. Finalmente encontramos a los laboratores, la inmensa mayoría de la población. Éstos eran los productores primarios, es decir, los que trabajaban para los otros dos estratos sociales. Los laboratores no podían llevar armas, realizar actividades militares, participar en juicios, ni ser ordenados sacerdotes.
4 El emperador del Sacro Imperio era el título otorgado al monarca electo y coronado del Sacro Imperio Romano Germánico. El primer emperador fue Carlomagno con su coronación el 25 de diciembre de 800.
5 La unidad del Imperio quedó muy debilitada en 1555, cuando por la Paz de Augsburgo se permitió a cada ciudad libre y a cada estado de Alemania la elección entre el luteranismo o el catolicismo. Por la Paz de Westfalia (1648), que puso fin a la guerra de los Treinta Años, el Imperio perdió lo que le quedaba de soberanía sobre los estados que lo formaban, y Francia se convirtió en la primera potencia de Europa. Como consecuencia de su bien fundado temor a que Napoleón I de Francia intentara apoderarse del título imperial, Francisco II de Austria, el último emperador, disolvió formalmente el Imperio el 6 de agosto de 1806 y estableció el Imperio Austriaco. El Sacro Imperio Romano Germánico equivale en la historiografía alemana al I Reich; el segundo Imperio Alemán (1871-1918) es también conocido como el II Reich; en tanto que el Imperio nazi constituiría el III Reich (1934- 1945).
6 Largo conflicto que sostuvieron los reyes de Francia e Inglaterra entre 1337 y 1453.
7 La guerra de las Dos Rosas fue una guerra civil que enfrentó intermitentemente a los miembros y partidarios de la Casa de Lancaster contra los de la Casa de York entre 1455 y 1487. Ambas familias pretendían el trono de Inglaterra, por origen común en la Casa de Plantagenet, como descendientes del rey Eduardo III.
8 Dinastía Tudor, reinó entre los años 1485 y 1603 en Inglaterra.
9 Se denomina Cisma de Oriente a la ruptura entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa que se materializó en el siglo XI y que se mantiene hasta el día de hoy.
10 Según Menéndez Pelayo, la rápida propagación del protestantismo en Alemania obedece «al odio inveterado de los pueblos del Norte contra Italia, a esa antipatía de razas, que explica gran parte de la historia de Europa».
11 En teología, la dulía es la veneración hacia los santos o hacia sus imágenes o reliquias. Según Santo Tomás, la dulía no es comparable con la latría o veneración a Dios en el sentido que una va dirigida hacia un par y la otra hacia un ser superior. Igualmente se diferencia la hiperdulía o veneración a la Santísima Virgen María.
12 Familia reinante en Escocia (1371-1714) y en toda Gran Bretaña (1603-1714)
13 La Iglesia anglicana no es fruto de una reforma sino de un problema político: la cuestión del divorcio de Enrique VIII. En 1534 Enrique VIII promulga el acta de supremacía, según el cual el rey tiene poder para intervenir en los asuntos de la Iglesia, y no el papa. Las diferencias entre la Iglesia Católica y la anglicana se producen con el tiempo, por las decisiones de distintos reyes.
14La Casa de Hannover fue la dinastía alemana reinante en Gran Bretaña desde 1714 hasta la fundación del Reino Unido en 1801, y desde entonces hasta 1901, fecha en la que murió Victoria I y ascendió al trono su hijo Eduardo VII, perteneciente a la dinastía SajoniaCoburgo-Gotha.
15 Los soviets eran asambleas de obreros, soldados y campesinos rusos que surgieron por primera vez durante la Revolución de 1905 en oposición al zarismo, constituyendo una fuerza fundamental durante la de 1917, que logró derribarlo. En diciembre de 1922, se formó la URSS, unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
16 Mencheviques y bolcheviques son dos tendencias que se definen como resultado de una escisión producida en el seno del partido social demócrata ruso, en Londres (1903), entre los mayoritarios o bolcheviques, que preconizan una política de terrorismo, mientras que la minoría, más moderada, es menchevique.
17 Según él, la religión católica es la del Estado, el matrimonio religioso tiene efectos civiles, las escuelas incluyen la enseñanza religiosa, el papa nombra a los obispos, el clero tiene derecho a sus antiguos bienes, etc.
18 Después de la Primera Guerra Mundial, el Tratado de Versalles puso a los territorios de la cuenca del Sarre (antes parte de Alemania) bajo la administración de la Sociedad de las Naciones durante un período de 15 años. Como compensación por la destrucción alemana de las minas de carbón en el norte de Francia y como parte de las reparaciones que Alemania debía pagar por la guerra, Francia recibió el control de las minas de carbón de la región del Sarre durante este período. Al cabo de los 15 años, debía celebrarse un plebiscito para determinar la situación definitiva del Sarre. Esta votación tuvo lugar el 13 de enero de 1935. Más del 90 por ciento de los votantes se declararon en favor de la reintegración inmediata del Sarre a Alemania, que se concretó el 1 de marzo de 1935.
19 El acuerdo fue un convenio pactado entre el Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y Alemania, por el cual se autorizaba la creación de una flota de guerra alemana, pero limitándola al 35% del tamaño de la Marina Real Británica. Dando fin a limitaciones impuestas por el Tratado de Versalles a Alemania, indujo a la crítica internacional y originó un distanciamiento entre franceses y británicos.
20 Tras un incidente fronterizo en diciembre de 1934, las relaciones entre Italia y Etiopía, que ya estaban tensas, se degradan rápidamente. Los esfuerzos de conciliación, iniciados los meses siguientes, por la Sociedad de las Naciones en particular, no dan resultados. En la noche del 2 al 3 de octubre de 1935, las fuerzas italianas de Eritrea invaden el territorio etíope. A principios de mayo de 1936, tras una lucha desigual, en la que el ejército italiano empleó armas químicas, Etiopía es conquistada y anexada al Reino de Italia.
21 En los tratados de paz de Versalles se había estipulado que Renania sería ocupada, militarmente, por unidades de los ejércitos inglés, francés y belga, durante cinco años, al cabo de los cuales dicha región volvería a ser alemana, si bien quedando como zona desmilitarizada.
22 En 1651 Tomás Hobbes publica El Leviatán, obra precursora del totalitarismo, tributaria del absolutismo laico de su época. El Estado de Hobbes asume también la jurisdicción espiritual, no habiendo autoridad espiritual o religiosa que pueda oponérsele. En el poder temporal queda absorbido entonces el poder espiritual, con lo que el absolutismo totalitario del hobbismo llega a su cima.
23 Como las sudamericanas. Así, Argentina fue gobernada por juntas militares integradas por los más altos representantes del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea. En estos casos, el presidente de la junta, primero entre iguales, suele asumir a menudo personalmente la jefatura del estado, pero luego va rotando.
24 Según lo que anunciara Fukuyama, estaríamos presenciando el término de la evolución ideológica en sí, y, por tanto, el fin de la historia en términos hegelianos; y si bien la victoria del liberalismo por ahora sólo se ha alcanzado en el ámbito de la conciencia, su futura concreción en el mundo material, afirmaba Fukuyama, será ciertamente inevitable.
25 Condensa «HistoriaSiglo20» que «El gobierno bolchevique había firmado el armisticio con los Imperios Centrales el 15 de diciembre de 1917. Siete días más tarde se iniciaron las negociaciones en las que Trotski y la delegación soviética trataron de maniobrar contra las duras exigencias territoriales alemanas. A la vez había surgido por las zonas periféricas del Imperio ruso una amplia y heterogénea oposición que, apoyada por las potencias de la Entente, trataba de derrumbar al gobierno bolchevique. Pronto formaría el Ejército Blanco que se iba a enfrentar al Ejército Rojo creado en enero de 1918. La necesidad de hacer frente a la guerra civil llevó a Lenin a decidirse a firmar las duras condiciones exigidas por las Potencias Centrales. Cuando los austro-alemanes lanzaron una ofensiva general en febrero y el frente ruso se colapsó, la delegación soviética se apresuró a firmar el durísimo Tratado de Brest-Litovsk en marzo de 1918. Lenin optaba por centrar todas sus fuerzas en el conflicto interno, lo que permitió a Alemania y a Austria-Hungría obtener grandes, aunque efímeras, ganancias territoriales.
Posteriormente, la guerra civil se confundirá con la intervención de las potencias aliadas en favor del Ejército Blanco y la guerra ruso-polaca (1920-1921). Para 1921, el gobierno bolchevique controlaba prácticamente el territorio del nuevo país que en 1922 recibirá el nombre de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas».
26 La Paz de Westfalia en 1648 finalizó la Guerra de los Treinta Años, que asoló Europa desde 1618, siendo la que creó el primer sistema internacional como tal, ayudando a que se acabara con las guerras de religión que se sucedían desde la reforma de Lutero a principios del siglo XVI. La paz fue firmada con dos tratados, el de Osnabrück el 15 de octubre de 1648 y el de Münster el 24 de octubre de 1648.
27Lo que es cierto sobre todo en los dos extremos del horizonte económico, Estados Unidos de América y China.
28Estados Unidos, Japón, la Unión Europea y/o Rusia.



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